MI AMISTOSA RELACIÓN CON UN SANTO

Los papas canonizados Juan XXIIi y Juan Pablo II

Hoy, 27 de abril del año 2014, serán canonizados en la Basílica de San Pedro, en El Vaticano, por el papa Francisco y en presencia del papa emérito Benedicto XVI, los ex papas Juan XXIII y Juan Pablo II. Benedicto XVI asistirá a la misa, pero no estará en al altar sino permanecerá con los cardenales y obispos. O sea que en esta ceremonia participarán un papa italiano (Juan XXIII), un papa polaco (Juan Pablo II), otro papa argentino el (Francisco) y el papa emérito alemán (Benedicto XVI). Se calcula que asistirán a la ceremonia cerca de dos millones de fieles, llenando la Plaza de San Pedro y la Vía o calle de la Conciliación que une a Roma con el Vaticano y será visto por televisión por muchos millones en todo el mundo.

Los dos candidatos a la canonización comparten una trayectoria inverosímil a la santidad: los dos pasaron de un comienzo muy humilde a dirigir la iglesia católica, apostólica y romana.

San Juan XXIII, denominado “el papa bueno”

Juan XXIII, cuyo nombre secular era Angelo Giuseppe Roncalli nació en Sotto il Monte, Bérgamo, Lombardía, Italia, el 25 de noviembre de 1881 y falleció en la Ciudad del Vaticano el 3 de junio de 1963. de junio de 1963. Fue el papa número 261 de la Iglesia católica, entre 1958 y 1963. Antes de convertirse en Papa, era uno de los 13 niños nacidos en el seno de una familia de campesinos italianos, agricultores de un pequeño pueblo en el norte del país , antes de ser enviado a estudiar para el sacerdocio a la edad de 11 años.

En el transcurso de su labor apostólica, ocupó varios cargos de relevancia en la Iglesia católica en el período de preguerra. Como obispo titular de Arcopoli y, más tarde, de Mesembria, desempeñó el cargo de visitador apostólico en Bulgaria desde 1925 y luego desde 1935, como Delegado Apostólico en la misma Bulgaria. Fue designado Delegado Apostólico en Turquía y Grecia desde 1935, cargo que desempeñó durante la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial. A finales de 1944 fue designado Nuncio Apostólico en Francia, donde permaneció hasta 1953. Fue creado Cardenal presbítero de S. Priscaen el consistorio de ese año, fue patriarca de Venecia hasta su elección como Sumo Pontífice en el cónclave de octubre de 1958. Su pontificado, relativamente breve, fue, sin embargo, sumamente intenso.

Sus encíclicas Mater et Magistra (Madre y Maestra, 1961) y Pacem in Terris (Paz en la Tierra, 1963), ésta última escrita en plena guerra fría luego de la llamada “crisis de los misiles” de octubre de 1962, se convirtieron en documentos señeros que marcaron el papel de la Iglesia católica en el mundo actual. Pero el punto culminante de su trabajo apostólico fue, sin dudas, su iniciativa personal, apenas tres meses después de su elección como pontífice, de convocar el Concilio Vaticano II que imprimiría una orientación pastoral renovada en la Iglesia católica del siglo XX. Con todo, al momento de su muerte acaecida el 3 de junio de 1963, apenas había transcurrido la primera de las etapas conciliares que finalmente alcanzarían el número de cuatro, sin haberse promulgado ningún documento y sería su sucesor, Pablo VI, quien enfatizaría las propósitos básicos del concilio y lo guiaría a través de las tres etapas conciliares siguientes hasta su final.

En Italia se recuerda a Juan XXIII con el cariñoso apelativo de “Il Papa Buono” (“el papa bueno”). Fue beatificado en el año 2000 por el papa Juan Pablo II, durante el “Gran Jubileo” de ese año. El 5 de julio de 2013 el papa Francisco firmó el decreto que autoriza la canonización de Juan XXIII, que se efectuará mañana, domingo 27 de abril del año 2014, conjuntamente con la canonización del papa Juan Pablo II.

Al papa Juan XXIII le conocí solo de lejos en una misa que celebró en la Basílica de San Pedro a la que asistí en compañía de mi madre, y me impresionó mucho la sencillez de su brillante homilía sobre los cambios que habría que hacer la Iglesia católica.

 San Juan Pablo II, denominado “el Papa viajero”

Juan Pablo II nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice, Polonia (no en Cracovia, como muchos creen), con el nombre secular de Karol Jozef Wojtyla y cuando fue nombrado papa adoptó el de Juan Pablo II (en latín Ioannes Paulus II) y falleció en 2 de abril de 2005 en la Ciudad del Vaticano. Fue el 264.º papa de la Iglesia católica y jefe de Estado del Vaticano desde el 16 de octubre de 1978 hasta su muerte.

Fue criado en un pueblo industrial sucio en Polonia y criado por su padre, un soldado polaco, después de que su madre murió cuando él tenía sólo ocho años. Pasó sus años de formación primero bajo el régimen nazi y luego bajo gobiernos comunistas satélites de la URSS. 

Tras haber sido obispo auxiliar obispo desde 1958 y arzobispo de Cracovia desde 1962, se convirtió en el primer papa polaco de la historia, y en el primer papa no italiano desde 1523. Su pontificado de casi 27 años fue el tercero más largo en la historia de la Iglesia católica, después del de San Pedro, que se cree que entre 34 y 37 años, aunque su duración exacta es difícil de determinar, y el de Pío IX (Nono) durante 31 años.

Juan Pablo II fue aclamado como uno de los líderes más influyentes del siglo XX, recordado especialmente por ser uno de los principales símbolos del anticomunismo por su lucha contra la expansión del marxismo por lugares como Iberoamérica, donde combatió enérgicamente al movimiento conocido como la Teología de la Liberación, con la ayuda de quien fiera su mano derecha y a la postre su sucesor, el cardenal alemán Joseph Ratzinger, quien fue papa con el nombre de Clemente XVI y ahora es papa Emérito.

Al papa Juan Pablo II tuve oportunidad y la fortuna de conocer personalmente cuando yo desempeñaba el cargo de embajador de Guatemala en México, en ocasión de su primera visita a ese país, que comenzó el 26 de enero de 1979 con el propósito de presidir una reunión de la Conferencia Episcopal de América Latina (CELAM) que se celebraba en Puebla.

Pero el gobierno mexicano no podía autorizar su visita y que se les concediera la visa diplomática, porque su pasaporte y los de algunos de sus principales acompañantes eran diplomáticos y por entonces México y el Vaticano no tenían relación diplomática. Además, la Constitución de 1917 prohibía que los ministros de cualquier religión pudiesen usar en las calles sus atuendos religiosos y que los sacerdotes católicos realizaran un acto religioso fuera del perímetro de los templos, como consecuencia del artículo 130 de la Constitución de 1917 que se emitió tras la llamada “Guerra de los Cristeros” y la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público que modernizó las relaciones Estado-Iglesia pero prohibía toda manifestación pública de la iglesia católica y los mandatos constitucionales, haciéndose la reforma del artículo 130 de la Constitución, después de la “Guerra de los Cristeros”, durante la cual el gobierno anticlerical del presidente Plutarco Elías Calles persiguió a los cristianos.

Pocos días antes de que el gobierno del presidente José López Portillo autorizara que el papa Juan Pablo II pudiese visitar México, a pesar de ser el Jefe del Estado Vaticano con el que no tenía relaciones diplomáticas, yo ya había entablado una cordial amistad personal con el ilustre mandatario mexicano, a quien había conocido varios años antes durante un almuerzo en casa de mi inolvidable amigo el inolvidable periodista José (“Pepe”) Pagés Llergo cuando López Portillo era Secretario (Ministro) de Hacienda y Crédito Público, durante el gobierno de su amigo íntimo de la adolescencia, licenciado Luis Echeverría Álvarez, y continué cultivando su amistad cuando vino a Guatemala como presidente electo y su secretario de prensa era mi viejo amigo el periodista Rodolfo (Güero) Landeros, quien también había sido su jefe de campaña y al venir me buscó para pedirme que organizara un almuerzo con los principales periodistas del país para presentarles al presidente electo José López Portillo. 

Una tarde que nos reunimos en la residencia presidencial de Los Pinos me dijo que estaba muy preocupado y cuando le pregunté por qué me dijo: “¡Es que Wojtyla quiere venir a México!” Y yo, ignorante de los impedimentos legales que existían allá le contesté: “¡Pues qué bueno! ¡Te felicito!”. Entonces me explicó la situación y me dijo; “Y si no autorizo que venga Juan Pablo II doña Refugio me va a matar!” (refiriéndose a su madre, doña Refugio Pacheco, que era sumamente católica) “Te encargo que si se te ocurre alguna idea para ayudarme a resolver el problema, que me la digas, pero tiene que ser pronto”, me dijo al despedirnos. Cuando regresé a la residencia de la embajada se me ocurrió una idea y llamé por teléfono a Los Pinos y le dije al general Godínez, Jefe del Estado Mayor Presidencial, que le dijera al presidente que ya tenía una idea. Pocos minutos más tarde me llamó directamente el presidente López Portillo y me invitó a desayunar la mañana siguiente. Cuando nos sentamos a desayunar no perdió tiempo y me preguntó qué era lo que se me había ocurrido que pudiera ayudarle a resolver esa situación. A lo que le respondí que esa misma tarde iba a volar a Guatemala para informar de esa situación al presidente de la República, general Fernando Romeo Lucas García, para que envíe una comisión al Vaticano para invitar al papa a venir a Guatemala en caso de que no pueda venir a México.

López Portillo se mostró sorprendido y preguntó: “¿Y eso en que me va a ayudar?” y le respondí que estaba seguro que tan pronto se enteraran los mexicanos de que el papa iba a visitar Guatemala en vista de no poder entrar a México, iban a hacer todo tipo de manifestaciones privadas y públicas para pedirle que se autorizara la visita de Juan Pablo II. “¿Tú lo crees realmente?”, me preguntó. Y le respondí con convencimiento: “¡Te lo prometo!”

En efecto, esa misma tarde viajé a Guatemala y llamé a Casa Presidencial para hablar con mi amigo el presidente Romeo Lucas García y le pedí que me invitara a cenar esa noche para informarle de ese problema y le sugerí enviar al Vaticano una delegación para invitar al papa a venir a Guatemala en vista de que probablemente no podría entrar a México, y el general Lucas García de inmediato conformó una delegación de lujo integrada por los ex presidentes y generales Miguel Ydígoras Fuentes, Carlos Manuel Arana Osorio y Kjell Eugenio Laugerud García, y el ministro de Relaciones Exteriores, ingeniero Rafael Eduardo Castillo Valdés, el Arzobispo de Guatemala, cardenal Mario Casariego, el obispo auxiliar Mario Martínez de Lejarza y el empresario Raúl García Granados, su primo y hombre de la absoluta confianza. Y tan pronto la embajada de México en Roma se enteró de la visita de dicha delegación, informó a la Cancillería mexicana y en cuestión de horas se empezaron a mover los engranajes necesarios hasta que unos senadores y diputados visitaran al presidente López Portillo para decirle que era justo y necesario hacer lo que fuese necesario para  que Juan Pablo II pusiese venir a México y desarrollar sus actividades públicas sin ningún tipo de restricciones. ¡Y así se hizo!

Como he dicho, durante ese tiempo México y el Vaticano no tenían relaciones diplomáticas y no había un Nuncio Apostólico sino solamente un Delegado Apostólico que era era monseñor Gerolamo Prigione, quien pocos años antes había sido Nuncio Apostólico y por ende Decano del Cuerpo Diplomático en Guatemala durante el gobierno del licenciado Julio César Montenegro, mientras que yo ejercía el periodismo y era corresponsal del programa noticioso de Jacobo Zabludovsky titulado “24 Horas” que transmitía Televisa. Entonces tuve una buena relación con Prigione, hasta el vil asesinato por los guerrilleros del embajador de Alemania, conde Karl von Spretti y los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado en el país le hicieron un grosero desplante de frialdad al presidente Julio César Méndez Montenegro cuando éste se presentó en Funerales Reforma a expresar su condolencia a la familia de von Spretti y los embajadores no le saludaron, como si él hubiese tenido la culpa, y le dieron la espalda. Yo publiqué una dura crítica contra los embajadores insolentes, encabezados por el Nuncio, monseñor Prigione. Pero cuando llegué a México como embajador de Guatemala, me llamó por teléfono para saludarme e invitarme a almorzar ese mimo día. Prigione ya se había enterado de mis gestiones para ayudar a resolver el problema de la visita a México de Juan Pablo II y estaba muy agradecido y lo había reportado a la Secretaría de Estado del Vaticano.

Pocos días mas tarde, Prigione me llamó por teléfono para invitarme a almorzar para presentarme a monseñor Agostino Casaroli, quien poco días más tarde fue elevado al rango de cardenal y desempeñó el cargo de Secretario de Estado del Vaticano desde 1979 hasta 1990, y a monseñor Giuseppe Caprio, quien ya era Jefe de la Prefectura de la Administración de la Sante Sede, lo que equivale a decir que era el Secretario del Tesoro y pronto fue elevado a cardenal. 

En 1947, monseñor Caprio fue enviado a encabezar la nunciatura apostólica en China, donde trabajó hasta 1951, año en el que fue expulsado por los comunistas, después de haber tenido que pasar tres meses sin poder abandonar su domicilio. Entonces el papa Pablo VI le encomendó el delicado encargo de ser sustituto de la Secretaría de Estado, el 14 de junio de 1977, y el 30 de abril de 1979 Juan Pablo II le puso al frente de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, y el 30 de junio de ese mismo año le ascendió a cardenal. De 1981 hasta 1990 fue presidente de la Prefectura para los Asuntos Económicos de la Santa Sede, y de 1988 hasta 1995 fue el gran maestro de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén.

Ambos personajes me expresaron su agradecimiento por lo que les había informado monseñor Prigione que yo había hecho para contribuir a resolver el problema de la visita a México del papa Juan Pablo II y me expresaron que Su Santidad estaba enterado de mi gestión y les había pedido que me la agradecieran.

Por eso, la primera noche que Juan Pablo II recibió en la Delegación Apostólica a todos los embajadores acreditados en México, acompañados de sus esposas, sorpresivamente rompió el protocolo al preguntar en voz alta al entrar: “¿Quién es el embajador de Guatemala?”, lo cual fue indebido porque en la diplomacia existen las precedencias y luego se acercó a saludarnos con extrema cordialidad a mi amada esposa Anabella y a mí. Nos tenía tomados de las manos firmemente cuando ví que el fotógrafo del Cuerpo Diplomático se acercó para sacarnos una foto. Y con puro ánimus jodiendi le dije: “¡Cuidado Su Santidad porque nos van a sacar una foto y puede llegar a ser motivo de escándalo!” A lo que el papa me respondió con la pregunta: “Y escándalo por qué?” Entonces le dije que Anabella y yo no estábamos unidos por la iglesia y por eso cada vez que queríamos comulgar en la misa teníamos que esperar que terminara para que un cura amigo nos diera la comunión en la sacristía, como ladrones, fuera de la vista de los fieles porque está reglamentado que los divorciados no pueden recibir la comunión públicamente. Entonces el papa nos apretó aún más las manos y nos dijo: “¿Que no están unidos por la iglesia? ¡Pues ahora lo están!” Anabella no cabía de la felicidad, como podrán ver ustedes en esta foto.

“¿Que no están unidos por la Iglesia? ¡Pues ahora lo están!”, nos dijo Juan Pablo II tomándonos fuertemente de las manos a mi amada esposa Anabella y a mí.

Al día siguiente muy temprano recibí una llamada telefónica en mi residencia de mi amigo el cardenal Mario Casariego, Arzobispo de Guatemala, quien me pidió que lo recibiera porque tenía urgencia de hablarme personalmente. Yo le invité a desayunar pero él me dijo que le bastaba con una taza de té de camomila (manzanilla) y pocos minutos más tarde se presentó en la residencia y me explicó su problema, que consistía en que un día antes de viajar a México había ido a despedirse del presidente Lucas García y le había preguntado si deseaba que le diera al papa un mensaje de su parte. Sospecho que lo hizo para ver si Lucas le daba viáticos. Pero Lucas era muy desconfiado y le respondió que iba a enviar a México al canciller Castillo Valdés con un mensaje personal para el papa y que para ello solo le pedía que consiguiera una cita con Su Santidad. A mí no se me informo nada sobre el particular y fue una sorpresa cuando me enteré. Era evidente que el presidente Lucas no sabía que el papa no tenía ni un minuto libre, al grado que ni siquiera había podido recibir a todos los gobernadores de los estados de México. Y cuando monseñor Casariego solicitó la audiencia, Prigione y Caprio le acusaron de que él negociaba con las audiencias del papa, lo cual indignó tanto a Casariego que a partir de ese día no asistió a ninguna de las actividades de Juan Pablo II. Para eso vino a hablarme, para pedirme que llamara al presidente Lucas para decirle que había que abortar el viaje del canciller Castillo Valdés porque no había conseguido la audiencia con el papa. A lo que le respondí que lamentaba no poder complacerle pero que no veía por qué si la cancillería no me había informado nada sobre el viaje de Castillo Valdés, ahora iba yo a ser el portavoz de una mala noticia. Y le sugerí que llamara por teléfono al obispo Mario Martínez de Lejarza, quien tenía buena amistad con Raúl García Granados, para que éste fuese quien le dijera al presidente Lucas que abortara el viaje del canciller. Así fue, pero resulta que Castillo Valdés se encontraba en la República Dominicana reunido con los otros cancilleres de Centroamérica y le había parecido muy fácil invitarles a ir a México con él a saludar a Juan Pablo II. Y lo peor es que ya estaban volando hacia México. A todo esto, todos los hoteles estaban llenos y era prácticamente imposible conseguir una reservación. Por otra parte, los cancilleres centroamericanos no podían llegar a México sin ponerlo en el conocimiento del canciller de México, mi buen amigo licenciado Santiago Roel. Hacerlo sin avisarle sería una descortesía, sobre todo porque en muchas oportunidades me había pedido que invitara al canciller Castillo Valdés, pero éste nunca había aceptado. 

Inmediatamente después de que el arzobispo Casariego hizo esa llamada telefónica, me llamó por teléfono el presidente Lucas y me dijo: “Perdoname por pedirte esto, pero es indispensable que hagás lo que sea necesario para conseguir que el papa reciba a Castillo Valdés con sus acompañantes porque ya van volando desde República Dominicana. Le expliqué que me iba a ser muy difícil pero le prometí que lo intentaría. Y él me dijo: “Yo te conozco y se que lo vas a conseguir”.

No hay peor lucha que la que no se hace, y había que intentarlo y, sin perder tiempo fui a la Delegación Apostólica a hablar con los monseñores Prigione, Caprio y Casaroli para pedirles que me concedieran una audiencia con el papa para los cancilleres. Y para explicarles en qué había consistido el mal entendido con monseñor Casariego. Al principio se negaban a concederme la audiencia, hasta que recurrí al golpe bajo de decirles que se recordaran que ese canciller a quien ahora se negaban a que le recibiera el papa era el mismo que había llegado al Vaticano a invitar al papa a venir a Guatemala cuando aún no había permiso para venir a México. Casaroli, que era un viejo zorro redomado, se sonrió y me dijo: “¡Ese es chantaje, embajador!”. A lo cual le contesté sin inmutarme: “Llámelo como quiera monseñor, pero es la verdad”. Solo entonces accedieron a concedernos la audiencia al día siguiente a las 7 y 30 de la mañana, pero con la condición de que únicamente yo les acompañase. Lo cual también les discutí diciéndoles que yo no podría impedir que los embajadores de los demás países centroamericanos no acompañaran a sus cancilleres. A lo cual también accedieron.

Entonces me quedaban todavía otros dos problemas: cómo explicar la situación al canciller Santiago Roel y luego conseguir reservaciones para los cancilleres en los hoteles. ¡Vaya problema! Primero me fui a ver al canciller mexicano para decirle que  en verdad los cancilleres tenían el deseo de almorzar con él, y por mi medio le solicitaban que les concediera el gusto de invitarle. Roel se puso feliz y contento y no solo me dijo que el almuerzo sería por su cuenta, sino que él iba a resolver el problema de las reservaciones en los hoteles. Y sin mucho problema consiguió varias suites en el hotel Presidente Chapultepec. Y además me dijo que iba a mandar al aeropuerto una escolta de motoristas de la Policía para recibirles. Y organizó una “comida” (como llaman al almuerzo los mexicanos) con los cancilleres para el día siguiente, después de nuestra visita al papa.

Después de haberles dejado instalados en el hotel Presidente, les pedí que por favor estuviesen preparados a más tardar a las 6 y 30 de la mañana porque yo pasaría a esa hora por ellos y sus respectivos embajadores para llegar a la Delegación Apostólica a la hora señalada. Cuando llegamos a la Delegación Apostólica, a las 7 y 15 de a mañana, salía el famoso tenor Pedro Vargas y nos saludamos cordialmente.

Al entrar a la Delegación Apostólica, después de saludar a Juan Pablo II me hicieron pasar a mí antes a una pequeña habitación para dar a Su Santidad un somero perfil de cada uno de ellos. Al hablar del canciller de Guatemala me preguntó: “¿Este es el mormón?” y yo no supe que contestarle porque no sabía que Castillo Valdés fuese mormón. Entonces me contó que cuando fue a invitarle para visitar Guatemala le exolicó que no es católico, sino mormón. Al llegar al canciller de Nicaragua, el papa me preguntó: “¿Este es canciller de Somoza?” Y le respondí que sí, y me preguntó: “Pero ¿Somoza va a caer?” y también le dije que sí. Entonces me preguntó: “¿Pero los sandinistas son comunistas?” y le respondí que sí y me dijo que Violeta Chamorro le había dicho que no eran comunistas. Entonces le dije que yo había sido amigo del esposo de Violeta, el periodista Pedro Joaquín Chamorro, y recordaba que él siempre le decía que no hablara de los temas que ignoraba porque no sabía nada de nada. Juan Pablo II solo respondió con la pregunta: “¿La Violeta no sabe nada de nada?”

Cuando llegamos Su Santidad me saludó primero con extrema cordialidad, con lo cual volvió a romper el protocolo porque debió saludar de acuerdo a la jerarquía. Nótese que detrás llevo un sobre de manila conteniendo la fotografía que nos tomaron a Anabella y a mi con el papa el día anterior. A un lado del papa está monseñor Gerolamo Prigione y al otro lado la cabeza de monseñor Caprio. A mi lado izquierdo los embajadores de El Salvador y de Nicaragua y el licenciado Edgar Sarceño Morgan, quien entonces era Jefe del Servicio Diplomático del ministerio de Relaciones Exteriores de Guatemala.  

El papa Juan Pablo II reunido con los cancilleres de Centroamérica encabezados por el de Guatemala, Rafael Eduardo Castillo Valdés. A su lado está el canciller de Costa Rica que después llegó a ser presidente Rafael Ángel Calderón Fournier, quien posteriormente fue acusado de haberse guardado un cheque millonario donado por el gobierno de Taiwán y guardó un tiempo de prisión domiciliaria.

Le mostré la foto que nos habían tomado la noche anterior y le pedí que me la firmara como autógrafo. Esto parece que molestó a Prigione por la cara que tiene y porque me dijo: “Oye Giorgio, los papas no firman autógrafos”. Pero Juan Pablo II dijo: “Yo no soy Robert Redford pero también firmo autógrafos. Denme un bolígrafo por favor”. Y buscó donde apoyarse para escribir.

Entonces yo le di un bolígrafo de oro que me habían regalado para mi cumpleaños, pero fue tanta mi emoción que lo dejé olvidado. Véase la cara de disgusto de Prigione. El que está enfrente es el fotógrafo Felice, oficial de Vaticano.

Como no encontró una mesa cercana se fue a escribir de pie su autógrafo contra la pared. No se si ustedes habían visto antes a algún papa escribiendo apoyado en la pared. ¡Así era su sencillez!

Antes de devolverme la fotografía ya firmada me dijo que gracias a que yo le había pedido su autógrafo él había firmado un autógrafo por primera vez desde que era papa, a pesar de que no ser artista de cine.

Al despedirnos, el papa lo hizo con suma cordialidad, como podrán ver. En esta foto si se le puede ver un poco de la cara a monseñor Giuseppe Caprio.

Después de esa vez nos vimos en varias misas que él celebró en México y cada vez que nos veía nos invitaba a la comunión a Anabella y a mí, no a escondidas como teníamos que hacer en Guatemala, como ladrones, escondidos en las sacristías, Y en una de las últimas ocasiones nos invitó a que fuésemos al Vaticano, y le prometimos que lo haríamos tan pronto nos fuese posible.

En resumen, la primera visita de Juan Pablo II fue apoteósica. El pueblo mexicano se volcó a recibirle y él se supo ganar el afecto de los mexicanos. No en vano México se convirtió en uno de sus más queridos países, y lo visitó cinco veces. Las cinco visitas fueron muy exitosas. Vean este YouTube de su primera visita. Se ganó al pueblo mexicano cuando declaró: “!Sois para el papa amigo y compañero!” Les sugiero que lo vean.

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Un año más tarde fuimos al Vaticano para saludarle, como le habíamos prometido. Y nos impresionó mucho la gran cordialidad con que nos recibió, como lo demuestran estas fotografías tomadas por Felice, el fotógrafo del Vaticano, fotos que el papa nos mandó a regalar después.

Un año más tarde fuimos a visitarle al Vaticano, como le habíamos prometido, y vean el cordial apretón de mano cuando le saludamos en el atrio de la Basílica de San Pedro, que parece haber sorprendido mucho a la esposa del embajador de Estados Unidos de América quien, de acuerdo al estricto protocolo que se observa, estaba vestida de negro, con mantilla negra en la cabeza y una falda hasta los pies, como pueden ver en estas fotos. En su mirada reflejó su sorpresa al ver el afecto de Su Santidad hacia nosotros.

En cambio, mi amada Anabella fue vestida de blanco y de corto, porque mientras estaba bajándole el ruedo a su vestifo negro y yo bebía un Martini en nuestra terraza de la habitación del Hotel Cavallieri Hilton, se me ocurrió llamar por teléfono al cardenal Casarli, quien tenía un excelente sentido de humor, y con ánimus jodiendi le dije que le preguntara al papa si le molestaría mucho que “la dulcísima Anabella” –como él la llamaba– llegase vestida de blanco y de falda corta, porque vestida de negro se veía muy flaca, Por lo que Anabella me regañó diciéndome: “¡No jodás! ¡No seas tan corchero!”. Pero a los pocos minutos el cardenal Casaroli me llamó para decirme entre risas: “Dice Su Santidad que si las reinas católicas de España y de Bélgica pueden ir a verle vestidas de blanco y de corto, también puede hacerlo le dulcísima Anabella”. Y por eso fue que llegó vestida de blanco, con falda corta y con mantilla blanca. Como las reinas católicas de España y de Bélgica, como dijo Juan Pablo II.

Estuvo platicando con nosotros durante más de 15 minutos, mientras la inmensa muchedumbre probablemente se preguntaba quiénes éramos para merecer tanto afecto y que nos dedicara tanto tiempo. Por consideración a ellos traté de cortar nuestra plática.

Su saludo no pudo ser más cordial y afectuoso

Juan Pablo II no había olvidado que yo le había dicho que Violeta Chamorro no sabe nada de nada y me dijo: “¿Así que la Violeta Chamorro no sabe nada de nada, pero es presidenta de Nicaragua?” A lo que le respondí que su difunto esposo, el periodista Pedro Joaquín Chamorro, había sido amigo mío y recuerdo que una vezque visitaron Guatemala para recibir un premio de parte de la Asociación de Periodistas de Guatemala (APG), por su lucha por la libertad de prensa (lo que le costó la vida) solía decirle a Violeta cuando opinaba sobre temas que no conocía “¡Callate! ¡Vos no sabes nada de nada!”.

Otro cordial apretón de manos al despedirnos y la promesa de volver a llegar a visitarle otra vez. En esta plática me manifestó su preocupación por el comunismo en Nicaragua.

Cuando se produjo en Guatemala el golpe de Estado contra el presidente Lucas García, y el general Efraín Ríos Montt se declaró presidente de factode inmediato yo presenté mi renuncia. Y como mi amada Anabella ya se estaba sintiendo muy mal por causa del mal de Hodgekins que le había descubierto aquí el doctor Rodolfo Herrera Llerandi, pero él era cirujano y la operó para tratar de extirparle el tumor, pero éste estaba situado en la región del mediastino, entre el corazón y uno de los pulmones. Y como no pudieron hacer nada en la operación, fue sometida a radiación de cobalto, y al médico que lo hizo se le pasó la mano y, aunque ella logró sobrevivir nueve años más, al cabo de ese tiempo le afectó el corazón y uno de los pulmones y le costaba respirar, Por lo que después de dejar la embajada decidí llevarla al hospital Metodista de Houston, para consultar un muy famoso cardiocirujano. Y cuando éste vio las radiografías del torax me dijo frente a ella que no iba a vivir más de un años y que si tenía que cumplirle alguna promesa que le hubiese hecho que lo hiciera sin perder tiempo porque tenía quemada por el cobalto la punta del corazón y uno de los pulmones. Sin inmutarse, mi amada Anabella se frotó las manos y me dijo: “¡Las islas griegas! Me has prometido llevarme a las islas griegas”. Por lo que vendí a mi amigo Cantinflas el automóvil que había comprado para traerlo con franquicia diplomática Guatemala. Y organicé las cosas para llevarla a hacer un crucero por el Mediterraneo y después otro crucero por el mar Egeo para conocer las islas griegas. Después del crucero por el mar Egeo regresamos a pasar unos días en las islas que más nos habían gustado. Pero cuando estábamos en Santorini me dijo que ya se sentía muy mal y quería regresar a Guatemala para ver a nuestros hijos Rodrigo y Alejandro y a sus papás. Pero que si fuese posible le gustaría pasar por Roma para despedirse de Juan Pablo II.

En ese momento llamé al Secretario de Estado, Cardenal Casoroli, para informarle que Anabella ya estaba cerca de su muerte pero antes de regresar a Guatemala tenía el deseo de despedirse de Juan Pablo II y Casaroli me dijo que si llegábamos al día siguiente podría situarnos en un lugar privilegiado, en primera fila, para la audiencia pública de Su Santidad del día siguiente. Y agregó que tenía curiosidad de saber si Juan Pablo II nos iba a reconocer a pesar de ver constantemente a tanta gente.

 En efecto, el cardenal Casaroli se las agenció para colocarnos en primera fila. Observen el lugar privilegiado que nos dio, tan cerca de la tribuna del papa. 

Al pasar frente a nosotros reconoció a Anabella y le preguntó. “¿Tu eres Anabella?” Y la tomó de la mano muy afectuosamente, como pueden ver. Con ninguna otra persona se detuvo a platicar como lo hizo con nosotros.

También a mí me tomó de la mano y me preguntó intrigado: “¿Y bueno, a tí ya te quitaron la chamba?” Me pareció increíble que recordara la palabra “chamba” que no conocía la última vez que habíamos hablado y me preguntó su significado. 

Se quedó platicando con nosotros unos cinco minutos, ante el asombro de las demás personas que nos rodeaban. Y en todo el tiempo no le soltó la mano a mi amada Anabella.

¡Qué memoria tan prodigiosa, que se haya recordado de la palabra “chamba” cuando le visitamos antes la vez anterior yo le había dicho que no dijera que yo era “un gran diplomático” porque había muchos envidiosos en Guatemala que me iban a quitar la chamba. Entonces me miró con extrañeza y me preguntó: “¿Chamba? ¿Qué significa chamba?” y yo le expliqué que así llamábamos al empleo. ¡Y lo recordó después de varios años!

Al día siguiente tendríamos que haber salido hacia la costa Amalfitana para hospedarnos en el romántico hotel San Pietro di Positano, uno de los hoteles más bellos del mundo. Pero cuando regresamos al hotel Cavallieri encontrñe un mensaje del Cardenal Casaroli para decirnos que el papa nos invitaba el día siguiente a almorzar y que un automóvil del protocolo del Vaticano iba a recogernos en el hotel a las 12 de la mañana.

Reconozco que la noticia me fue muy grata, pero le dije a Anabella que ya nos habíamos fregado porque que íbamos a tener que exponernos a perder la reservación en el hotel San Pietro di Positano, que me había costado tanto conseguir porque era temporada alta de turismo. Y le dije a Anabella: “¡Ya nos jodimos porque vamos a tener que ir a almorzar al Vaticano con Juan Pablo II!”, a lo que ella me contestó: “¿Nos fregamos? ¡Yo prefiero ir a almorzar con el papa que ir a conocer ese hotel!”

En efecto, a la mañana siguiente llegó por nosotros un carro del protocolo del Vaticano, pero cuando entramos a la Ciudad dek Vaticano observé que había seguido de largo y le pregunté al funcionario que nos acompañaba a dónde nos dirigíamos y me dijo: “Es que Su Santidad les va a recibir en su palacio de descanso en Castelgandolfo y vamos hacia el helipuerto porque van a ir en helicóptero”. Y así fue. El piloto del helicóptero primero sobrevoló sobre la Ciudad de Roma para que gozáramos el soberbio espectáculo de las siete colinas. Y en quince o veinte minutos llegamos al palacio de Castelgandolfo. Donde ya nos estaba esperando el papa. Lo primero que hizo fue decirle a Anabella que no se preocupara porque la muerte no es traumática. Y agregó que que el ya había sentido la muerte cuando el atentado. Y Anabella le contestó; “No Su Santidad, yo no estoy asustada por saber que pronto voy a morir. Porque yo también ya he sentido la muerte dos veces, cuando dí a luz a nuestro hijo Alejandro y tuve plascenta previa y la presión arterial la tuve tan baja que el anestesista se negaba a darme la anestesia, Pero gracias a Dios todo salió bien con la operación de cesárea. Y la segunda vez fue cuando comí hongos alucinogenos con la shamana María Sabina”, El papa se mostró muy asombrado y preguntó: “¿Comiste hongos alucinógenos con María Sabina? ¡Cuéntame de ello!”  Entonces yo le dije que yo había comido varias veces hongos alucinógenos con María Sabina en Huatla de Jiménez, en las montañas de Oaxaca. Y se mostró muy interesado y nos llevó a una pequeña biblioteca donde tenía por lo menos una docena de libros en varios idiomas sobre María Sabina. Y nos dijo que siempre le habían llamado mucho la atención los alucinógenos, pero sobre todo María Sabina. Entonces le conté que yo había comido también peyote en el desierto de San Luis Potosí. Y me hizo muy contarle detalladamente esas experiencias que compartí con el antropólogo y escritor Carlos Castaneda, quien más tarde escribió más de una docena de libros que fueron best sellers, comenzando con “Las Enseñanzas de don Juan”, y él me dijo que también lo había leído y me preguntó más datos sobre Carlos Castaneda.

Otra cosa muy interesante fue que está establecido como regla que los papas no reciben juntos a las parejas de divorciados, como nos recibió juntos varias veces Juan Pablo II. ¡Y encima de eso nos invitó a almorzar en Castelgandolfo! ¡Qué privilegio! El cardenal Mario Casariego se asombró mucho de que así hubiese sido y me aseguró que no había conocido ningún caso igual.

Por cierto que cuando el entonces presidente de México Vicente Fox llegó al Vaticano a visitarle acompañado de su segunda esposa, Marta Sahagún, y ambos eran divorciados, les recibió por separado. Y hoy, para la ceremonia de su canonización, en representación oficial de México llegó al Vaticano la esposa del presidente Peña Nieto, la bella actriz Angélica Rivera, conocida como “La Gaviota” por un personaje que representó en una telenovela. Y ella también es divorciada. Por cierto que a esa ceremonia asistió también la controversial vicepresidenta de Guatemala, Roxana Baldetti.

Después pasamos a almorzar y platicamos extensamente sobre diferentes temas, pero volvió a lo que comenzó a hablarle a Anabella sobre no preocuparse por la muerte y terminó diciéndole: “Vas a ver que nos vamos a volver a ver cuando yo visite Guatemala” y Anabella le contestó: “No su Santidad, cuando usted llegue a Guatemala yo ya voy a estar muerta”. Y fue una sabia profecía porque Juan Pablo II llegó a Guatemala en su primera visita el 5 de marzo de 1983, durante la tarde de la mañana que enterramos a mi amada Anabella. Tuvimos que enterrarla por la mañana porque el gobierno había bloqueado las calles aledañas al aeropuerto para que el general Efraín Ríos Montt presidente de facto, recibiera al papa. Ocasión en la que el ingeniero Jorge Serrano Elías, entonces presidente del Consejo de Estado, le sacudió la mano como si fuese su igual.

El presidente de facto, general Efraín Ríos Montt y su esposa recibieron en el aeropuerto a Juan Pablo II en su primera visita a Guatemala, el 5 de marzo de 1983 durante la tarde del día que enterramos a mi amada esposa Anabella, quien solo  tenía 33 años de edad. Detrás del papa puede verse al Cardenal Agostino Casaroli, Secretario de Estado del Vaticano, y al cardenal Mario Casariego, Arzobispo metropolitano de Guatemala. Ríos Montt fue frío pero respetuoso.

Les he contado todo esto para decir lo impactante que ha sido en mi vida el haber conocido en persona a un hombre tan importante y a la vez tan sencillo como el papa Juan Pablo II que hoy ha sido canonizado santo. Así que puedo presumir de que he sido amigo de un santo. ¡Cosas de la vida! Voy a morir agradecido de todas las satisfacciones y privilegios que me ha dado la vida.

Twitter: @jorgepalmieri