UN EXCELENTE REPORTAJE

En elPeriódico del domingo recién pasado se publicó esta portada y en las páginas interiores un excelente reportaje de las reporteras Marta Sandoval y Mirja Valdés titulado «El General que no quiso pelear»

Y en cinco páginas interiores hay un largo reportaje con el título indicado, encabezado por esta fotografía:

Esta fotografía fue tomada el día que el general Efraín Ríos Montt asumió la «presidencia de la República» de facto, después de haber separado del triunvirato que inicialmente integraban con él los coroneles Héctor Maldonado Schaad y Francisco Luis Martínez Gordillo Martínez, pero tan pronto se sintió con poder se desenbarazó de ellos. Como puede verse, la mayoría de los presentes sin militares en posición de firmes y haciendo el saludo militar en señal de obediencia. Los únicos militares que no están haciendo el saludo son quienes están en la primera fila, que son el general Óscar Humberto Mejía Víctores, seguido del general Efraín Ríos Montt, del general Héctor Mario López Fuentes, del coronel de aviación y abogado Manuel de Jesús Girón Tánchez, quien actuó como eminencia gris de los sucesivos gobiernos mientras desempeñaba el cargo de Secretario General de la Presidencia de la República mientras gobernaron Ríos Montt y de Mejía Víctores y permaneció en el cargo aún después de que Ríos Montt fue «destituído» por la Institución Armada por diversas razones, de las cuales la principal fue que éste se negaba a convocar a una Asamblea Nacional Constituyente para que redactara una nueva Carta Magna, para lo cual aducía que era demasiado pronto, porque trataba de emular al dictador chileno general Augusto Pinochet, pero sus conmilitones comprendían que era urgente volver a la constitucionalidad, llamar a elecciones y traspasarle la presidencia a un civil lo más pronto posible, porque los militares ya no podían seguir siportando todo el peso del gobierno sobre sus hombros. Lo cual, por cierto, me consta que también había sido la idea del general Romeo Lucas García, pero le fallaron los partidos políticos que le llevaron como candidato al general Ángel Aníbal Guevara, a pesar de que él les había pedido que postularan a un candidato civil. Otra de las razones para la destitución de Ríos Montt fue que constantemente cometía «extravagancias», y otra razón fue que todos los domingos por la noche solía poner en cadena a todas las difusoras de televisión y radio para salir acompañado de su esposa, la señora Teresa Sosa Ávila de Ríos, para pronunciar un sermón religioso o moral, predicando su cantaleta de «no miento, no abuso, no robo», por su calidad de «anciano» y pastor de la Iglesia pentecostal Verbo. Entre todos hay solamente tres personas con trajes de civil, de las cuales he podido identificar al ingeniero Leopoldo Sandoval, ministro de Agricultura, al Dr. Adolfo Castañeda Felice, ministro de Salud, y el tercero, con cabello blanco, situado a la derecha del grupo que me parece que es el licenciado Hernán Hurtado Aguilar o el Ricardo Sagastume Vidaurre, porque ambos fueron presidentes de la Corte Suprema de Justicia.

Voy a permitirme reproducir y glosar a continuación algunos párrafos de este excelente reportaje porque, aunque me parece bastante apegado a la verdad sobre lo que realmente ocurrió, hay ciertos datos que creo conveniente corregir y agregar otros. Sobre todo porque hay que tomar en consideración la famosa frase del célebre filósofo, poeta, periodista y escritor español Ramón de Campoamor: «En este mundo traidor nada es verdad ni mentira. Todo depende del cristal con que se mire». El reportaje dice así:

El General que no quiso pelear

«La historia es una telaraña tejida con hilos tan finos que el viento le cambia la forma a su antojo. El polvo le añade relieves, alguna mosca queda inevitablemente atrapada. La vida de Efraín Ríos Montt es una telaraña con demasiados hilos. ¿Quién era ese hombre que hablaba de Dios mientras el Ejército mataba? Intentamos tejer la telaraña de su vida con las agujas de aquellos que estuvieron cerca.

«Vio la columna de humo a lo lejos y supo que la pesadilla no había terminado. El día anterior Benjamín se levantó de buen humor, era día de mercado y el pueblo lucía más colores que de costumbre. Salió cerca de mediodía rumbo a la plaza; sus botas de hule se hundían en la tierra mojada y su sombrero le dibujaba pequeños círculos de sol en la frente. Se detuvo un momento en la casa de su hermana; afuera, sus cuatro sobrinos corrían detrás de las gallinas; un perro flaco se sacudía con fuerza. Llevaba apenas un rato cuando un vecino llegó exaltado: «Viene el Ejército», les informó. Benjamín se asustó, ya había oído lo que hacían los militares en otros pueblos. «Voy a ver», le dijo a su hermana, pero cuando iba saliendo una manita se aferró a su brazo, «¿Me puedo ir contigo?», le preguntó su sobrino de once años. Benjamín volvió la mirada a su hermana que dudaba… «bueno que se vaya», dijo, sin saber que con aquella decisión le estaba salvando la vida a su hijo mayor.

«Benjamín fue calle abajo y alcanzó a distinguir a un montón de hombres armados que entraban a las casas, buscando gente sin descanso. Detenían a todo el que pasaba cerca. El niño le apretó más fuerte la mano, una nube espesa se posó frente al sol, como si quisiera ocultarle lo que estaba por ocurrir. Benjamín tuvo miedo y solo atinó a esconderse con su sobrino en los matorrales. Se quedaron quietos, tratando incluso de no pensar, como si con sus pensamientos pudieran hacer ruido y delatarse. Y así inmóviles vieron cómo los militares fueron metiendo una a una a todas las mujeres del pueblo en la casa de la hermana de Benjamín. Vieron también cómo les arrebataban los bebés que llevaban atados a la espalda y los lanzaban a un campo baldío. Oyeron cómo gritaban mientras las violaban y escucharon en silencio cuando lanzaron una granada en la vivienda de techo de paja. Y así llegaron las llamas. Benjamín pensó en los niños lanzados al lodo y volvió la vista, empañada por las lágrimas, justo cuando un soldado tomaba a uno en brazos y le pedía permiso al teniente para llevárselo, como quien encuentra un conejito perdido, pero la respuesta fue negativa: «Esos mierdas se van a orinar en nuestras mochilas, échenlos en las casas», ordenó, y los soldados obedecieron de inmediato.

«Ese fue el día en el que todas las mujeres de Plan de Sánchez murieron. Los hombres ardían en otra casa, y los que lograron escapar se internaron en las montañas, cobijados por la noche. Benjamín tomó del brazo al niño, desde arriba el olor a carne quemada golpeaba su nariz y sus ojos vidriosos.

«En Rabinal, el pueblo más cercano, los televisores enviaban la imagen de un hombre de cabellera negra y bigote canoso: «¿Sabía usted, por ejemplo, que hay en este momento 5 mil soldados que están trabajando por la paz suya?», preguntaba a los televidentes. «Y yo se lo cuento porque me dijeron mire  ¿y en Guatemala están combatiendo a la subversión? Y yo me puse a pensar y dije, no la está combatiendo Guatemala, la están combatiendo los soldados. La subversión, caballero, no es solamente problema del Ejército, es un problema social de Guatemala, es un problema suyo», sentenciaba por la pantalla. Benjamín no podía escucharlo, estaba escondido tratando de pensar qué haría ahora que estaba solo; qué pasaría con la vida del niño. Benjamín no conocía a ese hombre que hablaba por la televisión, no podía siquiera imaginar que 28 años más tarde sus vidas se unirían irremediablemente.

Mi opinión: No voy a comentar los párrafos anteriores porque no me consta ni una cosa ni la otra, ni tengo información fidedigna de esos hechos, pero, francamente, me resisto a creer que los soldados –que son tan indígenas como las supuestas víctimas– hayan podido ser capaces de cometer semejantes atrocidades. Sin embargo, esa es la versión que han dado algunos sectores identificados con la izquierda, o con la subversión guerrillera. Pero los militares lo han negado siempre.

Hubo una vez un niño

«En el patio de tierra un niño jugaba a ser soldado, alineaba a sus hermanos y les daba órdenes para marchar. Era una docena de chicos que crecían arropados por la dulzura del padre y educados con el rigor de la madre. José Efraín, el tercero, aprendió a jugar a militar cuando vio a un pelotón del ejército desfilando en su pueblo, Huehuetenango, y desde entonces supo que iba a ser General.

«Su padre, Antonio Hermógenes, era dueño de la abarrotería La Comodidad, conocida por sus precios económicos y porque su dueño era incapaz de negarle el crédito a quien no podía pagar. Al final fueron tantos los morosos que la tienda entró en crisis y la única solución fue venderla. Los nuevos dueños decidieron contratar a Antonio como dependiente y entonces la vida de la familia Ríos Montt dio un giro completo: pasó de ser el dueño a ser el empleado.

«Despuntaban los años treinta y José Efraín se extasiaba escuchando a su abuela cantar: «del abismo Él me sacó librándome del mal». La anciana era una cristiana devota que intentaba acercar a sus nietos a la iglesia. A Efraín le pagaba medio centavo por leerle la Biblia y un centavo por acompañarla al servicio religioso, aunque en realidad el dinero no era necesario, al niño le gustaba ir. Los padres de Efraín, sin embargo, tuvieron que casarse por la iglesia católica porque uno de sus hijos, Mario, quería ser sacerdote. Si sus padres no estaban casados no le permitían ingresar y así la familia se acercó más al catolicismo.»

Mi comentario: se refieren al actual monseñor Mario Ríos Montt, hermano menor del general. Pero ya para entonces Efraín Ríos Montt era un ferviente católico que se confesaba y comulgaba constantemente. Y era un amigo entrañable del obispo auxiliar metropolitano Mario Casariego, al extremo que fue padrino de sus dos hijos: Homero Adolfo y Enrique. Continuemos:

«En casa, Efraín vivía entre contradicciones: su madre era estricta y severa; y su padre suave y dulce. La madre los castigaba y el padre les daba caramelos. La abuela hablaba del servicio y su  madre de la misa.

“Siendo adolescente le llegó la hora de cumplir su sueño de ser militar, pero se topó con un muro: su visión. Como padecía de astigmatismo no podía ingresar en la Escuela Politécnica. Efraín era, por sobre todo, un chico astuto e inteligente, así que: aprendió de memoria las letras del cartel para el examen y las recitó durante la prueba. Sus compañeros lo recuerdan como un muchacho aplicado y obediente. En un baile de cadetes conoció a Teresa, la que sería su compañera por el resto de la vida y la madre de sus tres hijos.»

Mi comentario: los tres hijos del general Ríos Montt con su esposa, la señora Teresa Sosa Ávila –hermana de dos altos oficiales del Ejército, Manuel y Enrique–, fueron Adolfo Homero, Enrique y Zury Maité. Pero volviendo al párrafo anterior: Ríos Montt no fue admitido en la Escuela Politécnica por un problema en sus ojos y se enroló en un cuartel como policía militar. Pero la diferencia entre militares «de línea» y militares «de escuela» terminó después de la Revolución del 20 de octubre de 1944, porque en el triunvirato revolucionario había un «militar de línea», el mayor Francisco Javier Arana, y un «militar de escuela», el capitán Jacobo Árbenz Guzmán y decidieron que en adelante los «de linea» que quisieran integrarse a la Escuela Politécnica podrían hacerlo si llenaban ciertos requisitos. Y Ríos Montt lo hizo, así como el general David Cancinos, quien con los años llegó a ser sumamente poderoso elemento de la G-2 o Inteligencia Militar y desempeñó el importante cargo de Inspector General del Ejército. Ambicionaba llegar a ser presidente de la República, pero fue asesinado por un comando guerrillero en venganza por el anterior asesinato del carismático dirigente del partido Frente Unido de la Revolución (FUR) licenciado Manuel Colom Argueta. Continuemos:

«Al graduarse trabajó como instructor y más tarde llegó a ser director de la Escuela Politécnica.

El director de la escuela

«Luis Augusto Turcios Lima llegó con un encargo especial para César Montes: «Abrile un expediente al loco Ríos Montt, a ese tipo hay que tenerle cuidado». «¿El loco Ríos Montt?», le preguntó Montes. Turcios Lima le contó entonces de sus días en la Escuela Politécnica bajo el mando del General: «Le gustaba hacer sufrir a los demás», empezó el relato, «cuando estábamos en formación nos gritaba ¡firmes! Y luego daba una orden en voz tan baja que nadie la oía; como no hacíamos nada, nos mandaba a correr con la mochila y el fusil al hombro, bajo el sol y por horas. Lo veíamos reírse, feliz de vernos sufrir». César Montes se hizo una idea, que confirmaría después, del General: un tipo sádico e insensible.

Mi comentario: no está de más recordar que el mencionado Luis Augusto Turcios Lima llegó a ser posteriormente uno de los principales cabecillas de las facciones guerrilleras, y que César Montes era su lugarteniente. Esta opinión sobre el comportamiento del general Ríos Montt, como arbitrario y sádico director de la Escuela Politécnica, ya es ampliamente conocida, pero así como hay algunos ex cadetes de ese tiempo que la comparten, hay otros que, por el contrario, le recuerdan como un director comprensivo que trataba de estar siempre al corriente de los problemas de sus alumnos, como puede verse a continuación con la opinión de uno de ellos. Pero los ex cadetes de esos tiempos coinciden en recordar que les obligaba a rezar el rosario y todos los jueves les hacía confesarse y comulgar. De hecho, el capellán de la Politécnica, monseñor Mario Casariego y Acevedo, obispo auxiliar metropolitano –que más tarde llegó a ser Arzobispo y fue elevado por el Vaticano al rango de Cardenal– solía comentar con gracia que en la Politécnica a veces no se sabía quién era el director y quién era el capellán. Pero esa estrecha amistad, casi fraternal, entre el arzobispo y el general, terminó de golpe cuando Casariego no quiso pronunciarse a favor de que se le entregara la presidencia después de las elecciones de 1974, en las que, supuestamente, había ganado por mayoría absoluta. Pero el gobierno afirmaba que había sido mayoría relativa y, de acuerdo a la Constitución vigente, en ese caso tenía que haber una elección de segundo grado en el Congreso de la República, donde había mayoría de diputados afines al gobierno, y fueron escogidos para presidente y vicepresidente el general Kjell Eugenio Laugerud García y el licenciado Mario Sandoval Alarcón, respectivamente.  Sigamos:

«El capitán Rodolfo Muñoz Piloña, sin embargo, tiene otros recuerdos de su director: Ríos Montt era un hombre tan preocupado por el bienestar de los cadetes que llegaba a la cocina para cerciorarse de que tuvieran buena comida. «El director solía ser un señorón que estaba lejos, en una oficina y que solo veíamos cuando entraba o salía», recuerda, «hasta que llegó Ríos Montt, él nos aparecía hasta en la sopa. Nos impresionó porque era un hombre con un discurso muy motivador».

«Cada jueves se reunía con todos los alumnos y el mensaje era más o menos el mismo: «En la bolsa derecha tienen que cargar un b1-100 y en la izquierda un Nuevo Testamento», les aconsejaba. El b1-100 era el folleto con las reglas para cadetes y las escrituras las sugería porque era, por ese entonces, un católico devoto».

Mi comentario: tuvo razón Ramón de Campoamor porque siempre hay diferentes opiniones sobre un mismo tema, dependiendo de quién las dice. Pero hay que tomar en consideración que el mencionado capitán Muñoz Piloña fue uno de los principales autores del golpe de Estado que originalmente tenía el propósito de exigir que se repitieran las elecciones que consideraban fraudulentas –pero en verdad había ganado el general Ángel Aníbal Guevara– y terminó por derrocar al gobierno del general Romeo Lucas García porque éste se negó a aceptar las caprichosas condiciones que le imponían los jóvenes oficiales de la zona militar Mariscal Zavala. Sigamos:

«En 1972, Ríos Montt ascendió a general y después  jefe del Estado Mayor del Ejército, empezaba así a acariciar el poder, pero lo acarició poco, llevaba apenas unos meses en el cargo cuando lo enviaron a Washington como profesor. Casi 90 días estuvo fuera de su país, pero volvió tentado por el poder que a lo lejos le guiñaba el ojo.»

Mi comentario: eso no fue exactamente en esa forma. La verdad es que cuando Ríos Montt desempeñaba el cargo de Inspector General del Ejército, el presidente de la República, general Carlos Manuel Arana Osorio, le confió la misión de ir a apaciguar a los campesinos de Sansirisay, en el oriente del país, porque se sabía que algunos de ellos estaban protestando porque acusaban a las autoridades de no respetar los títulos supletorios de la propiedad de sus tierras que les habían sido concedidos desde el tiempo de la colonia. Pero él no fue a «apaciguar», sino a reprimir. Esa misma noche apareció en la televisión con su uniforme de campaña, conocido popularmente como «chipilín», como si estuviera preparado para ir a la guerra; y, en efecto, su accionar fue excesivamente represivo, por lo que pronto fue retirado de la zona. Y el propio presidente Arana, acompañado solamente de su ministro de Gobernación, que entonces era el licenciado Roberto Herrera Ibargüen, sin escolta de ninguna clase, ni guardaespaldas, decidió ir personalmente a Sansirisay a parlamentar con los campesinos. Yo tenía entonces un noticiero de televisión (canal 11) que se llamaba «Tele Radar» y le encontré de casualidad en una ceremonia durante la mañana, y me dijo que iba a hacer ese viaje; y, con ese «modo» tan particular que le caracterizaba, me retó a que le acompañara para filmar lo que fuese a suceder. «Ya que usted siempre anda investigando lo que pasa y lo publica en su programa de televisión, lo invito a que me acompañe a Sansirisay a donde voy a parlamentar con los campesinos», me dijo. Yo acepté el reto y abordamos un avión militar que nos llevó a Chiquimula, y después fuimos por carretera a Sansirisay, donde vimos una fila impresionantemente larga de campesinos a ambos lados de la carretera, y al final estaba quien les dirigía montado a caballo. Sin titubear en lo más mínimo, el presidente Arana caminó lentamente entre las dos largas filas de campesinos hasta llegar al hombre que estaba a caballo, quien desmontó para saludar de mano al mandatario y le espetó valientemente: «Tus soldados vinieron a matar a muchos campesinos y no vamos a dejar que nos sigan matando sin oponer resistencia». Arana le respondió: «Por eso he venido a hablar con ustedes. Porque debe terminar esta violencia. Todos somos guatemaltecos y debemos entendernos pacíficamente de acuerdo con la ley». Y agregó: «Si los títulos de propiedad supletorios de estas tierras están vigentes habrá que respetarlos y yo me comprometo a ver que así se hará». Acompañaba al dirigente campesino el joven abogado Víctor Hugo Rodríguez, quien les había venido representando en sus reclamos, y al oír las palabras del presidente Arana intervino: «Pues eso es lo que hemos venido tratando de que se respete, general, pero el general Ríos Montt no quiso escuchar razones, sino vino decidido a reprender a los campesinos y hubo muchos muertos». Arana le escuchó y le invitó a ir a almorzar con nosotros en la casa del alcalde, donde ya estaba todo preparado. Y al llegar a esa casa nos sentamos alrededor de una larga mesa el presidente de la República, el ministro de Gobernación, el alcalde del lugar, el abogado Rodríguez, el dirigente campesino, mi camarógrafo y yo. La conversación fue relativamente cordial, salvo porque varias veces el abogado de los campesinos reclamó valientemente que se estaban cometiendo graves abusos de poder contra sus representados. No cabe duda que este joven abogado chiquimulteco era excesivamente atrevido. Arana solamente le escuchaba en silencio y pocas veces le respondió algo. Pero al día siguiente fue asesinado en su bufete en Chiquimula. Le dispararon desde la calle por la ventana y lo mataron. Nunca se supo si se investigó el crimen, mucho menos quién lo había cometido.

Víctor Hugo Rodríguez había formado parte de la dirección del valiente semanario revolucionario El Estudiante, que tuvo gran circulación durante un año del gobierno «liberacionista» del coronel Carlos Castillo Armas. Los otros directores eran Jorge Mario García Laguardia, Antonio Fernández Izaguirre y Mario Castañeda Paiz. Los dos últimos se radicalizaron posteriormente y se unieron a la guerrilla, donde murieron. Pocos días después del trágico episodio de Sansirisay y el vil asesinato del licenciado Rodríguez, el general Ríos Montt fue enviado a la Escuela Militar Panamericana de Washington, D.C., donde permaneció cerca de tres me meses hasta que llegaron a convencerle de regresar para ser candidato presidencial unos políticos de oposición de una coalición del partido Democracia Cristiana Guatemalteca (DCG) y el partido en formación Frente Unido de la Revolución (FUR), de tendencia social demócrata, en formación desde 1962, bajo el liderazgo de los licenciados Manuel Colom Argueta, Héctor Zachrisson Deschamps («Bimbo»), Francisco Villagrán Kramer, Adolfo («Fito») Mijangos y Jorge Mario García Laguardia, y el candidato a Vicepresidente era el social demócrata fue el licenciado Alberto Fuentes Mohr. Ese partido venían tratando de inscribirlo con el nombre de Unidad Revolucionaria Democrática (URD), cuando gobernaba el país el general e ingeniero Ydígoras Fuentes, pero no lograron llenar todos los requisitos legales (que eran excesivos), después trataron de inscribirlo como Frente Unido de la Revolución Democrática (FURD) y, finalmente, fue inscrito como Frente Unido de la Revolución (FUR) durante el gobierno del general Lucas García, pero al día siguiente de la inscripción fue cobardemente asesinado el licenciado Manuel Colom Argueta y trascendió que había sido por órdenes del general David Cancinos, a espaldas del presidente Lucas, quien era amigo de Colom Argueta y autorizó la inscripción de su partido, porque Cancinos aspiraba a ser el sucesor del general Lucas.  Sigamos

El presidente defraudado

«El partido había repartido a su gente por todo el país. Tenían informantes, cerca de muchas de las mesas de votación. Cuando conseguían datos llamaban de prisa al «centro de cómputo», que en realidad era una casa donde se habían reunido los directivos de la Democracia Cristiana para ir tomando nota de los resultados. A las diez de la noche estaban ya seguros del triunfo. Ríos Montt esperaba en su casa, con su esposa y sus hijos, atentos a la televisión que daba señales de que pronto se mudarían a Casa Presidencial.

«La idea de llevar a Ríos Montt a las elecciones nació en el partido a finales de 1973, querían abrir una fisura en el Ejército, rajar los pesados muros que cubrían el poder para llevar a un hombre que fuera capaz de derribarlo y acabar con las dictaduras. Ese hombre, coincidieron, sería Ríos Montt. «Queríamos alguien de alto rango, que tuviera pensamiento social y principalmente que no estuviera comprometido con la cúpula militar», recuerda  Alfonso Cabrera, así que tras días de reflexión decidieron enviar una delegación a Washington para convencer al General de aceptar la candidatura. A finales de agosto Ríos Montt ya había renunciado a su cargo y volvía dispuesto a alcanzar el poder.

Mi comentario: de nuevo invoco a Ramón de Campoamor ante la información que mi estimado amigo Alfonso Cabrera Hidalgo, antiguo alto dirigente del partido Democracia Cristiana Guatemalteca proporcionó a las inquietas reporteras. La idea de lanzar la candidatura presidencial de un militar (y en este caso particular la del general Efraín Ríos Montt) fue propuesta en un panfleto que publicó Danilo Barillas, uno de los dirigentes de la D.C., en vista de que parecía que era la única forma posible para que los civiles pudiesen acceder al poder. A Colom Argueta la idea no le gustaba, porque creía que él podría ganar una elección presidencial. Pero le convencieron de integrar la coalición que lanzó la candidatura presidencial del general Ríos Montt y vicepresidencial del licenciado Alberto Fuentes Mohr, a pesar de que su partido todavía no estaba inscrito y le prometían que lo inscribirían cuando ganaran. Y no dudo que hayan creído y aún  crean que ganaron las elecciones con mayoría absoluta. Pero en aquel entonces se dijo oficialmente que había sido por mayoría relativa y tenía que hacerse otra elección de segunda vuelta en el Congreso de la República, donde la mayoría de diputados eran afines al gobierno y escogieron a quienes habían quedado en segundo lugar, el general Kjell Eugenio Laugerud García y el licenciado Mario Sandoval Alarcón, alias «el Mico», máximo dirigente del partido anticomunista Movimiento de Liberación Nacional (MLN) como Vicepresidente. Pero es mucha ingenuidad eso que dice Alfonso, de que lo postularon porque querían que alguien de alto rango y que tuviera «pensamiento social» y principalmente que no estuviera comprometido con la cúpula militar. Sigamos:

«El 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende era derrocado en Chile y en Guatemala el General daba su primera conferencia de prensa como candidato a la presidencia. Habló de un cambio, prometió ocuparse de la pobreza y presentó a su compañero de fórmula, Alberto Fuentes Mohr, y su coalición El Frente Nacional de Oposición, integrado por la Democracia Cristiana (DC) y el Frente Unido de la Revolución (FUR).

«La campaña fue ardua y económica. Cada uno de los simpatizantes tenía que llevar su carro y donar su tiempo. Cabrera, era el encargado del sonido y su camioneta el automóvil de los jóvenes. En Huehuetenango, Ríos Montt pidió cambiarse de transporte, «yo me quiero ir en su carro patojo, porque se ve que es bien alegre» le dijo a Alfonso y desde entonces pasaron largas horas de carretera juntos. Hablaban de los problemas del país, de cómo cambiar una nación que se encaminaba al abismo. A veces el candidato no estaba de acuerdo con lo que le decían y argumentaba, pero tras una pequeña discusión casi siempre cambiaba de opinión: «Saludo uno, saludo dos y lo que ustedes digan», respondía. Y esa frase se hizo famosa en la campaña; era articulador, dispuesto a doblar su brazo cuando hiciera falta.

Comento: sinceramente, yo no creo que un hombre tan inteligente y un político tan hábil y experimentado como Alfonso Cabrera Hidalgo haya podido creer que era verdad que el general Ríos Montt iba a aceptar con un «saludo uno, saludo dos lo que ellos le ordenaran». ¡Sería demasiado ingénuo de parte de un político tan astuto como él! Pero sigamos:

«El 3 de marzo se fue la luz en todo el país. Ríos Montt y su familia esperaban a oscuras los resultados. En el centro de cómputo del partido ya había fiesta, a las 11 de la noche tenían la certeza de que habían ganado. Pero la luz volvió y con ella la televisión, que aseguraba lo contrario. Ríos Montt perdió. El grito de «fraude» se contagió de garganta en garganta.

Comento: insisto en que mientras el llamado Frente Nacional de Oposición, integrado por el partido Democracia Cristiana Guatemalteca y el partido en formación Frente Unido de la Revolución (FUR) creían que habían ganado la elección con mayoría absoluta, las autoridades electorales informaron que no se había producido mayoría absoluta, sino solo mayoría relativa y, de acuerdo a la Constitución de la República, se tendría que ir al Congreso a una elección de segundo grado. Y así fue.

«Los líderes del partido le pidieron que peleara. Pero él dijo no. El General no quiso pelear. Alfonso le reclamó. “General, ganamos», le dijo, «hay que defender nuestro triunfo». Ríos Montt bajó la mirada y le dijo que su decisión estaba tomada: no harían nada. «Me han advertido que si reclamo van a matar a nuestras familias. Yo no quiero una sangría», le aseguró. Alfonso y sus compañeros no se quedaron conformes. «El General pensó que con no pelear iba a dar un mensaje que iba a atenuar la violencia de los adversarios, pero lo deben haber tomado como un signo de debilidad y nos cayeron a golpes», cuenta Cabrera. «Nos mataron a más de 500 dirigentes de la DC», agrega.

«El general Kjell Laugerud fue nombrado presidente y Ríos Montt enviado a Madrid como agregado militar. Mientras más lejos, mejor.

El que servía para servir

«Una calurosa tarde de marzo de 1981 el pastor Jim Degollan sudaba en el púlpito, la gente abarrotaba la iglesia y el calor era cada vez más intenso. «Efraín, abra las ventanas por favor», pidió, y de entre los fieles salió un hombre de bigote espeso; la gente volvió la mirada y el pastor se apresuró a informarles: «Para los que no lo sabían, Efraín es el encargado de mantenimiento del templo, cualquier cosa que vean que hace falta se comunican con él», dijo. Su esposa se sonrojó, pero él se mostró contento con la propuesta del pastor; «para servirles», exclamo sonriente. Días más tarde uno de sus hijos lo encontró barriendo el pórtico del templo y hubo quien se sorprendió de ver a un general inclinado limpiando el suelo. «El que no sirve para servir, no sirve», decía él.

«Cuando le arrebataron las elecciones se marchó frustrado a España. El nuevo gobierno le dio un premio de consolación, un puesto en la embajada. En Madrid lidiaba con la frustración, con ese temblor en el cuerpo que le dejó el hecho de haber acariciado el poder, de haber sentido cómo se escapaba y le dejaba abrazando el aire. Se sentía, quizá, en un abismo negro, y es posible que recordara entonces la voz de su abuela: «del abismo negro Él me sacó» y que recordara también el sitio cálido y seguro que tenía a su lado, en la iglesia.

Comento: insisto en Madrid el general Ríos Montt cayó en una terrible depresión y se dedicó a la bebida. Algunos dijeron que como «premio de consolación» allá el embajador de Guatemala, doctor Armando Sandoval Alarcón (hermano de el «Mico»), le había entregado de parte del gobierno un giro por un millón de dólares para que viajara por toda Europa con su familia, pero esto jamás se ha comprobado. Como dice la gente sencilla del campo, «a lo mejor… puede ser… lo más probable… es que posiblemente… pero quién sabe». El caso es que él ya no quería saber nada de monseñor Casariego, ni tampoco de la Iglesia católica. Y entonces entró en contacto con los primeros fundadores de la Iglesia Verbo, de quienes se dijo que habían formado esa Iglesia por inspiración de la cannabis índica o de algún otro psicotrópico. Pero eso tampoco me consta. Sigamos:

«En 1977 no soporta más el exilio y decide volver. «De Guatemala solo saldré muerto», dijo. En ese entonces Alfred Kaltschmitt, Álvaro Contreras, Francisco Bianchi y otros devotos evangélicos se reunían cada semana para hablar de la Biblia. Una tarde recibieron a un invitado especial, se trataba de Efraín Ríos Montt, el que fuera candidato presidencial. Desde entonces fue creciendo en la Iglesia Verbo, mostrándose cada vez más interesado por la religión. Más tarde le nombraron director del Colegio Verbo. Cuentan que al principio tuvieron que pedirle que hablara más bajo, porque asustaba a los alumnos con su tono fuerte, «he sido jefe militar toda mi vida y algunas cosas me son difíciles de cambiar», dijo. Su entrega a la Iglesia, según los que estuvieron cerca de él en esos días, fue total. Vivía para servir a su congregación.

«Lo recuerdan como un hombre siempre abierto a escuchar consejos, muchas veces incapaz de tomar una decisión sin consultarla con los «ancianos» de la iglesia. En octubre de 1981 se acercaron a él unos políticos con un proyecto: formar una coalición de partidos y postularlo como candidato a la presidencia. Ríos Montt no respondió de inmediato, en cambio pidió unos días para pensarlo. La decisión correcta le llegaría, pensó, en un retiro de ayuno al que le acompañaron los hermanos de la iglesia. En medio de la oración Bianchi tuvo una revelación: «El Señor abrirá otra puerta para ti», le dijo, «ésta no es la que conviene». Los demás pastores estaban de acuerdo, no valía la pena que volviera a la política en ese momento. Sin embargo, Ríos Montt dudaba. Esa tarde salieron a jugar voleibol y en un salto se torció un tobillo, volvió con la pierna enyesada: «Creo que el Señor te está diciendo que no vayas por los caminos de la política», le dijo medio en broma uno de los religiosos. Bianchi tenía razón, otra puerta se abriría, una puerta sin campaña y sin votos.

El elegido

«Quizá Efraín Ríos Montt no podía imaginar que de un momento a otro sus pensamientos volarían a sitios tan dispares. Desde temprano tenía en mente los preparativos para la reunión con padres de familia esa tarde, pero cuando mediaba el día su cabeza se debatía en algo más trascendental: ponerse al frente del Gobierno. Pasar de dirigir un colegio a dirigir todo un país.

«Efraín Ríos Montt estaba en su oficina del colegio, preparando la reunión con padres de familia, cuando la secretaria llegó alarmada: llamó un señor diciendo que vendrá por sus hijos porque hubo golpe. El General se sorprendió. Se sorprendió más cuando a los pocos minutos regresó la mujer, más alterada: «Están diciendo en la radio que lo quieren a usted, que vaya al parque central». Apenas había acabado de digerir la noticia cuando recibió una llamada telefónica. Aquel 23 de marzo partiría su vida en dos.

Comento: en efecto, Ríos Montt se encontraba en la escuela de la Iglesia Verbo cuando le fueron a decir que lo estaban llamando por la radio los jóvenes golpistas, pero él no deseaba acudir. Sin embargo, varios meses antes del 23 de marzo Ríos Montt asistía a reuniones conspirativas que tenían lugar en la casa de uno de sus cuñados, el coronel Enrique Sosa Ávila. Otro de los principales complotistas fue el bachiller Lionel Sisniega Otero, y se decía que Ríos Montt era el «asesor militar» del licenciado Sandoval Alarcón. Y ahí se hablaba de dar un golpe de Estado al general Lucas. Sigamos:

«Mientras tanto, en el Portal del Comercio una improvisada barricada albergaba a los jóvenes que acababan de arrebatarle el poder a Fernando Romeo Lucas García. Dentro, Rodolfo Muñoz Piloña, el líder del movimiento, se tronaba los dedos… ¿por qué tardaba tanto? Cuando entró uno de sus oficiales, Rodolfo se emocionó pensando que llegaba el nuevo presidente, pero traía malas noticias: «Mi capitán doy parte de que el General Ríos Montt no quiere venir». Rodolfo se desplomó en la silla: «Híjole, que complicada se me puso la cosa», soltó entre suspiros. Lo más duro, pensó, ya había pasado, vencieron a Lucas, pero en realidad sus problemas apenas empezaban. Los jóvenes oficiales lo habían escogido a él sin dudar. Primero porque  Ríos Montt ya había ganado una elección, y por lo tanto debía tener un plan de gobierno armado, gente dispuesta a ayudarle e ideas ampliamente debatidas. Además había sido su director en la Escuela Politécnica y lo consideraban un líder dentro de la institución, pero también un líder hacia afuera, respetado por la población. Pero Ríos Montt no llegaba.

Comento: después de haber llamado muchas veces por «La Voz de Guatemala» (TGW) al general Ríos Montt, los jóvenes golpistas comenzaron a llamar al «camarón», como le decían al general Óscar Humberto Mejía Víctores, porque se ponía colorado cuando bebía, pero éste tampoco quiso acudir. Después llamaron al general Héctor Mario López Fuentes, Inspector General del Ejército, pero éste tampoco acudió. Hoy ambos están siendo perseguidos y enjuiciados por haber cumplido con su deber militar de impedir que la guerrilla subversiva comunista se adueñara de Guatemala. Pero entonces apareció finalmente el general Ríos Montt. Sigamos:

«En el colegio, Ríos Montt recibió la llamada perplejo. Ya se había acostumbrado a su vida como docente y saltar de dirigir un colegio a dirigir un país, así de golpe y sin campaña, no estaba en sus planes. Le dijo al oficial que le diera diez minutos, que devolvería la llamada, y buscó consejo. En el colegio oraron, pidieron a Dios sabiduría, hasta que el General se decidió: «Siento temor, pero también me siento en paz», dijo. Después arrancó su camioneta Volkswagen roja y buscó el cuartel de mando. En el cuartel no estaba claro qué iba a pasar. Cuando Muñoz Piloña empezó a perder las esperanzas, reunió a todos  los oficiales: «Muchá, el General Ríos no viene, ¿qué hacemos?»

«Alguien sugirió un nombre pero otros no estuvieron de acuerdo, se escuchó otro nombre y algún capitán recordó que ese no era de confiar y así fueron saliendo candidatos que inmediatamente eran descartados. Hasta que uno de ellos, viendo fijamente a Muñoz, propuso:

Mi capitán, ¿quién tiene el mando?

Yo lo tengo, respondió Muñoz. –Entonces para qué nos hacemos bolas, usted se queda. Usted va a ser el nuevo gobernante.

Ya estoy metido en una camisa muy grande, para meterme en una camisa más grande que no voy a poder llenar -dijo-, una cosa es una operación militar y otra gobernar un país.

«Minutos después entró por fin el general Ríos Montt. Cuando lo vio Muñoz Piloña sintió que todos los músculos del cuerpo se destensaban, le emocionó tanto que quiso abrazarlo. El General caminó firme hacia él y se le plantó. Rodolfo golpeó los talones y se llevó una mano a la frente: –Mi General, doy parte de que hay un golpe de Estado y usted es el próximo gobernante de Guatemala.

-¿Quién va a mandar?, preguntó el General

Usted, mi General, respondió Muñoz.

¿Quién va a mandar?, el General repitió la pregunta, esta vez elevando la voz.

-¡Usted, mi General!, confirmó Muñoz.

-¿Quién va a mandar?, dijo por tercera vez.

Mi General, si yo no quisiera que usted mandara no lo hubiera llamado. Usted va a mandar, le aseguró. Ríos Montt suavizó la expresión. Muñoz Piloña comprendió que Guatemala ya tenía un nuevo presidente.

El que mandó

«El 23 de marzo de 1982 a las 9:30 de la noche casi todos los guatemaltecos estaban atentos a la televisión. Un hombre con uniforme militar y voz enérgica aseguraba que las cosas iban a cambiar:

“Estoy confiado en Dios mi Señor y mi Rey, de que me ilumine, porque solamente Él pone y solamente Él quita autoridad», dijo, «estoy confiado en mi Dios para que yo no defraude a la oficialidad, ni mucho menos a un pueblo, a un pueblo que no ha sido respetado, a un pueblo que ha sido abofeteado». Su voz inspiraba a muchos, les hacía sentir seguros. La llegada de Ríos Montt fue recibida con emoción, con una esperanza cuyo sabor ya habían olvidado los guatemaltecos.

«En los días siguientes la prensa internacional celebraba al nuevo gobierno. El Wall Street Journal dijo el 14 de abril: «Las muertes se han reducido drásticamente. Docenas de policías han sido destituidos en una campaña de despistolización».

«La violencia la vamos a combatir con comprensión, con paz, con amor, porque sabemos de los grandes desequilibrios sociales», decía Ríos Montt en uno de sus primeros discursos como mandatario. “Nosotros les vamos a decir desde ya que los amamos, porque en una u otra forma ustedes subversivos nos han dado un entendimiento nuevo».

«Ríos Montt tenía nuevas ideas para acabar con la subversión: «quitarle el agua al pez». Mao comparaba el agua del pez con las comunidades que proporcionaban alimentos y ayuda a la guerrilla. Si lograba que la gente no ayudara a los subversivos, entonces el pez se ahogaba. Para quitarle el agua al pez el General ideó programas como «Fusiles y Frijoles», que pretendía proveer alimentos para paliar las necesidades básicas de la gente, además propuso un cambio completo de mentalidad en los soldados, para que pasaran de enemigos a amigos de la población. Creó un reglamento de 14 puntos que, entre otras cosas, les obligaba a no tomar ni un alfiler de las aldeas, a ser corteses y mostrar «especial cariño» por los niños y los ancianos. Los soldados debían convertirse en verdaderos guardianes de la población.

«El General parecía preocupado por los cientos de guatemaltecos que habían tenido que huir a las montañas y por los miles que vivían en las aldeas, a merced de la guerra. Alfred Kaltschmitt, que por ese entonces trabajaba en una ONG de ayuda a refugiados, recuerda que a los pocos días de haber asumido el poder, citó a todos los representantes de ONG que trabajaban en el área de conflicto y a todos los comandantes de zonas militares. «Mi gobierno va a parar las atrocidades, vamos a eliminar los abusos», dijo. Después advirtió a todos los militares que debían velar porque sus subalternos no cometieran abusos y pidió a los representantes de ONG que cualquier problema que vieran lo reportaran.

«Parte del «amor» a los subversivos del que hablaba en sus primeros discursos fue una amnistía que proporcionó en mayo. Les ofreció a todos los que estuvieran en combate que dejaran las armas y a cambio no les encarcelaría. Cientos de personas que apoyaban a la guerrilla aceptaron la oferta y la subversión fue perdiendo fuerza. «La amnistía produjo un drenaje impresionante de la base de poblaciones de soporte a la guerrilla» cuenta Alfred Kaltschmitt, «la guerrilla siempre había utilizado e incorporado a la población civil siguiendo el patrón vietnamita. Esta población en resistencia, que de hecho era combatiente, sufrió muchas bajas durante la guerra. Y no dudaron en aprovechar esa amnistía cuando les llegó el rumor de que estaban ‘ayudando, no matando’. Esa sola acción fue el comienzo de la derrota de la guerrilla». En el campo de refugiados, Kaltschmitt recibía cientos de indígenas con desnutrición severa, que llegaban en busca de ayuda. La ONG que él dirigía se ocupaba primero de devolverles la salud y más tarde de reubicarlos en aldeas con agua potable e infraestructura mínima para que pudieran continuar con sus vidas. El general, dice Kaltschmitt, siempre estuvo muy interesado en su trabajo.

«También se interesó por el trabajo que hacía Harris Whitbeck con población en riesgo en Chimaltenango. El General le pidió que coordinara ad honorem la ayuda que enviarían a las áreas de conflicto. «Estuve trabajando con él un año, un mes y un día», recuerda Whitbeck, «y siempre me apoyó en lo que estaba haciendo», asegura.

«Los primeros meses, el aire era distinto, las esperanzas volaban por todas partes. Pero los hechos son monstruos gigantes que se comen a las esperanzas pequeñas. Solo un mes después de haber llegado al poder, Ríos Montt eliminó la Constitución y disolvió el Congreso. En junio declaró estado de sitio, suspendió las garantías y creó los Tribunales de Fuero Especial.

Comento: ¿Cómo está eso de que «los primeros meses el aire era distinto y las esperanzas volaban por todas partes»? ¡No frieguen! Aquella era una vulgar dictadura arbitraria que, aparentemente, dirigía el general Ríos Montt, pero compartía el poder un pequeño grupo de oficiales jóvenes que le rodeaban y se hacían llamar «La Juntita», integrada por el antes mencionado capitán Muñoz Piloña, el mayor Víctor Manuel Argueta Villalta (casado con una hija de uno de los hermanos Sosa Ávila), el teniente coronel Arturo Sánchez (hijo del coronel José Ángel Sánchez, ex ministro de la Defensa de Árbenz), el teniente coronel Mario Enríquez (que después fue ministro de la Defensa en el gobierno de Ramiro Deleón Carpio), teniente Mauro Jacinto Carrillo, el capitán Aguilar Meléndez y el subteniente Mauricio López Bonilla, actual ministro de Gobernación (héroe de la Operación antiguerrillera Xibalbá, junto con el teniente Jorge Martínez Cantoral). Cuando los dirigentes demócratascristianos Vinicio Cerezo Arévalo, Alfonso Cabrera Hidalgo y Roberto Carpio Nicolle se acercaron para «darle su apoyo», Ríos Montt declaró que no quería que se acercaran los «politiqueros», y se rodeó de los «pastores» de la Iglesia Verbo. A Francisco Bianchi Castillo le nombró Secretario de la Presidencia, a Hugo Contreras (no Álvaro como dice el reportaje) le nombró Secretario de Relaciones Públicas de la Presidencia. Al bachiller Sisniega Otero no sólo no le dio el lugar que le correspondía por haber participado en la conspiración, sino que le persiguió, así como también al licenciado Danilo Roca, quienes tuvieron que esconderse. Pero se hizo asesorar de otros políticos muy inteligentes, bien preparados y hábiles, como el ingeniero Jorge Serrano Elías (que años más tarde fue presidente de la República pero trató de convertirse en dictador siguiendo los pasos de Fujimori y fue defenestrado por la Corte de Constitucionalidad y el Congreso de la República), quien se hizo cargo del Consejo de Estado y el licenciado Juan José Rodil Peralta (varios años más tarde fue presidente de la Corte Suprema de Justicia y Organismo Judicial), quien le aconsejó lo de los tristemente famosos «Tribunales de fuero Especial» que sentenciaron a muerte a varias personas. Al extremo que ni siquiera porque se lo pidió el papa Juan Pablo II antes de su visita a Guatemala les perdonó la vida a unos jóvenes maleantes a quienes fusiló.

«Se deshizo, también, de sus dos colegas de gobierno. Era una mañana cualquiera. El coronel Francisco Luis Gordillo Martínez iba a un desayuno de trabajo en Casa Presidencial, pero al llegar descubrió que aquel día cambiaría su vida. En uno de los pasillos estaba el general Horacio Maldonado Shaad, con el rostro descompuesto y un papel en la mano: «Mirá, me pidieron que firme mi renuncia», le dijo y fue entonces cuando supo que para él también todo había acabado. Al final de pasillo estaba Ríos Montt, impávido: «Me lo están pidiendo los oficiales», se disculpó y en poco tiempo unos hombres armados les dieron la última señal, debían abandonar el gobierno de inmediato.

«El domingo siguiente Ríos Montt habló brevemente de la decisión en su mensaje televisivo. «En reunión de comandantes», dijo, «se definió la necesidad de mantener una unidad: en lugar de un triunviro, uno». Y eso fue todo.

Comento: lo que realmente quería era convertirse en único dictador.

Armas para todos

«El día que tomó el poder, el General gritó por la televisión: «Las armas solo el Ejército, las armas solo el Ejército, por favor todos los señores civiles que están armados que quiten ya las ametralladoras de su techo y entréguenlas, quiten las pistolas de su cinto y pónganse un machete para trabajar.» Cambió de opinión bastante rápido, y en menos de diez meses en lugar de pedir que los civiles entregaran sus armas, él mismo se las daba. Fue, incluso, a limosnear basura bélica en Estados Unidos. El 5 de diciembre, en su discurso dominical, contó entusiasmado que se había reunido con el presidente Reagan y que le había pedido «unos fusiles de desecho. Regálemelos porque quiero armar a la defensa civil. Lo que tuviera, le insistí, de desecho, no queremos armamento sofisticado», contó en la televisión.

«La defensa civil se armó, según Marc Drouin, con unos 800 mil hombres, en su mayoría indígenas. La Comisión de Esclarecimiento Histórico recoge decenas de testimonios de campesinos que huyeron a las montañas porque no querían tomar las armas, y de muchos otros que las tomaron a la fuerza. Decía Chéjov que cuando un arma aparece en una historia, inevitablemente tiene que ser disparada. Y en la Historia de Guatemala se disparó, y mucho.

«A los guerrilleros les llegaba información de las nuevas medidas del General. César Montes recuerda el relato que un infiltrado en Casa Presidencial había escuchado:

-General, pero a los que usted está armando son indígenas -le comentó uno de sus oficiales allegados- y los guerrilleros también son indígenas, ¿no ha pensado que eso puede ser un problema?

Mejor, así se matan entre ellos -le respondió el Presidente.

«El infiltrado le aseguró a Montes que aquella conversación fue verídica, pero claro está, nunca pudo probarlo, porque ante las cámaras lo que el General hablaba no era más que aprecio y cariño por los pueblos mayas. Hablaba de la “guatemalidad», instaba a la gente a sentirse orgullosa de sus raíces: «Sea digno, sea nacionalista, sea guatemalteco, siéntase satisfecho con las raíces maya-quichés, ¿o prefiere las raíces rusas? (…) Guatemala tiene más de un 65 por ciento de indígenas a quienes se les ha marginado, hemos pasado 490 años de espaldas a una realidad social», decía.

«En el mismo momento en que él pronunciaba esas palabras, decenas de campesinos indígenas se internaban en las montañas, huyendo del Ejército. En la aldea Pexlá, de Nebaj, vivía María Terraza Cedillo; su bebé tenía apenas 2 meses cuando el Ejército llegó a masacrar a muchos de sus vecinos. La madre huyó para tratar de salvar la vida de su hija, pero no lo logró. Las dos murieron de hambre y frío. Sus nombres son solo 2 en una larga lista de casos que aparecen en el Informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico. «En lugar de más francés, inglés o alemán les invito a practicar ixil, quiché, mam» pregonaba el General en la televisión. El sociólogo David Stoll estima que cerca del 15 por ciento de la población ixil murió como resultado de la campaña contrainsurgente. La Comisión informó que entre el 70 y el 90 por ciento de las comunidades ixiles de Quiché fueron destruidas total o parcialmente. Practicar ixil no sería tan fácil si sus hablantes estaban cayendo a decenas.

«En esos años se crearon los planes Sofía 82 y Victoria, que fueron golpes duros para la guerrilla. «La política oficial desde arriba era amnistía, asistencia y protección a la población civil», recuerda Kaltschmitt, «eso está en los documentos de Sofía 82 y en innumerables mensajes cifrados de los comandantes que capturaban a civiles en zonas de combate y comunicaban que serían reubicados y atendidos», agrega. Uno de esos mensajes, escrito en Nebaj, cuenta que se logró recuperar «39 familias compuestas por 31 hombres, 30 mujeres y 81 niños que hacen un total de 142 personas las cuales colaboraban decididamente con los grupos subversivos». El comandante que escribió esto, al parecer, creía que 81 niños «colaboraban decididamente» con la guerrilla. En Sofía 82, dice: «debe respetarse la vida de mujeres y niños hasta donde sea posible». Kaltschmitt hace una acotación: «Hay que entender que la guerrilla no era un ejército regular, se componía de familias enteras, hombres, mujeres y niños combatientes. En este contexto es imposible evitar las bajas, la naturaleza misma de la guerra es cruel y violenta. Y de ahí que sea perfectamente factible que, tanto de parte de algunos comandantes de la guerrilla y de oficiales del Ejército se cometieran atrocidades, pero esto fue dentro de un ámbito discrecional de un momento táctico, motivado por pasiones y venganzas en el fragor de las batallas. No era una política oficial». Lo mismo dice Whitbeck: «No digo que no hubo gente muerta, era una guerra, pero puedo asegurar desde donde yo estaba, pegado al General, que su política no era matar gente».

Comento: ¡puede ser! Sinceramente, yo no creo que el general Ríos Montt se haya propuesto cometer algún genocidio. Pero no se debe olvidar que era una guerra fratricida y que en las guerras mueren muchas personas… de ambos bandos.

«Quizá su política no era matar gente, pero bajo su mando mucha gente murió. El investigador Marc Drouin cuenta que el plan Victoria 82 «preveía un incremento en el número de tropas desplegadas en el altiplano y las tierras bajas del norte: organizadas en 30 compañías de fusileros, 5 mil 310 tropas adicionales serían redistribuidas entre unidades militares existentes». Dentro de una movilización generalizada, se desplegarían además tres nuevas fuerzas de tarea. De acuerdo con Robert Carmack, de 15 mil a 20 mil soldados ocuparon solo el departamento de Quiché. Resulta interesante que más de la mitad de las 626 masacres documentas por la  CEH y atribuidas al Ejército se perpetraron en aquel departamento. Si las estimaciones de Jennifer Schirmer son correctas, el número de víctimas aumentó de manera significativa: de 800 muertes mensuales a finales del régimen de Lucas García, a más de 6 mil mensuales bajo el gobierno de Ríos Montt.

«Yo voy a estimular muchísimo el sindicalismo», dijo el General en su discurso del 30 de abril. El 16 de octubre miembros del Ejército fueron en busca de los dirigentes de una asociación creada por los trabajadores de las fincas El Hato y Las Ánimas, Quetzaltenango. Primero buscaron al presidente, Emilio León Gómez, y le dejaron en el cuerpo más de 30 balazos. Después corrieron  a casa del vicepresidente, pero no lo encontraron. En la vivienda solo estaban su esposa y su hijita de 2 años. A la niña le dispararon en la cabeza, el cuerpecito cayó en brazos de su madre, después la mataron a ella también. Las contradicciones entre lo que decía y lo que pasaba empezaban a notarse. No se sabía si Ríos Montt era un sanguinario, o un incompetente. Si era capaz de ordenar los peores crímenes, o incapaz de pararlos.

«Él, en la televisión, reconoció, quizá de forma vaga, que no podía hacer mayor cosa. El 10 de abril de 1983 dijo: «Quiero pedirles perdón porque yo soy el responsable de todo lo que pasa y lo que permito que pase. Pero escúcheme, ¿qué puedo hacer, por ejemplo, cuando no he podido lograr que un agente de aduanas me entienda? Él puede desobedecerme y continuar mintiendo, robando y abusando. ¿Qué puedo hacer con un sargento segundo que no entiende mis órdenes de no matar, y para que entienda que existe un procedimiento legal que debe seguirse?»

«¿Quién va a mandar?» Preguntó tres veces cuando le entregaron el poder. Y las tres veces le respondieron que él.

«Muñoz Piloña lo tiene claro: «Siempre mandó él. Claro que nosotros ejercíamos presión, pero una presión ínfima, yo era capitán primero, ¿qué le podía decir a un general?».

«Si yo no puedo controlar al Ejército, ¿entonces qué estoy haciendo aquí?», le dijo a la periodista Pamela Yates en junio de 1982.  Quién mandó en verdad, es una pregunta que de momento no tiene respuesta.

Dios pone, Dios quita

«Las líneas telefónicas se cortaron en toda la ciudad. El 8 de agosto de 1983 era difícil comunicarse en Guatemala. En Casa Presidencial todos estaban intranquilos, sabían, que Óscar Humberto Mejía Víctores había convocado a todos los comandantes del Ejército. «General, están en la Guardia de Honor, hay que rodearlos y capturarlos», le propuso  alguno de sus allegados a Ríos Montt. «General, esto va a ser un golpe», le aseguró otro. Pero el General no quería  pelear.

«Ese día tenía previsto visitar un portaaviones estadounidense que estaba atracado en Puerto Quetzal. La cita era a las diez de la mañana, a las nueve y media debía estar en el aeropuerto para que le trasladaran en helicóptero. Pero a las nueve empezó a notar que los rumores de golpe eran más fuertes y pensó que era preciso hacer algo. Pidió a su conductor que se desviara antes de llegar al aeropuerto y se detuviera un momento en la Guardia de Honor. Pensaba frenar un golpe de Estado en media hora y llegar a tiempo a su cita con los estadounidenses. No lo consiguió. Los oficiales estaban reunidos y no tuvieron empacho en decirle que efectivamente querían pedirle su renuncia. El General, otra vez, no peleó.

Comento: a esa reunión de comandantes asistieron todos, con excepción del coronel Alejandro Gramajo, que no quiso participar (pero en el primer gobierno civil, presidido por el licenciado Cerezo Arévalo, de la Democracia Cristiana Guatemalteca, fue ministro de la Defensa), y el motivo del disgusto de la jerarquía militar era que los oficiales de la llamada «Juntita» habían roto la jerarquía y se daba el caso que tenientes, subtenientes, capitanes y mayores, mandaban a sus jerárquicamente superiores. Cuando se lo dijeron a Ríos Montt él prometió enmendar ese error tan pronto regresara del portaviones estadounidense. Pero los comandantes siguieron discutiendo la situación y llegaron a la conclusión que era necesario substituirle para demostrar que la Institución Armada era la que mandaba y para que salieran del gobierno los oficiales de la «Juntita». Cuando Ríos Montt regresó y llegó al Palacio Nacional, le fue informado que había sido sustituído por el ministro de la Defensa, general Óscar Humberto Mejía Víctores, quien de inmediato dejó de usar el término de «presidente de facto» que le gustaba emplear a Ríos Montt, para llamarse «jefe de Estado de facto». Y durante su gestión se convocó sin pérdida de tiempo a la Asamblea Nacional Constituyente para que se redactara una nueva Constitución de la República. Su principal asesor político fue el licenciado Fernando Andrade Díaz-Durán, a quien por eso se le llamaba en los círculos palaciegos «El monje negro».

«Su imagen internacional ya se había opacado. Los titulares de prensa que en un principio lo alababan se habían transformado en acusaciones. El Washington Post escribió en julio: «Ríos Montt se quiere perpetuar en el poder. (…) En Quiché y Huehuetenango, vecinos  entrevistados han declarado que el Ejército ataca a los pueblos matando a las mujeres, niños y hombres desarmados, sospechosos de colaborar con la guerrilla». The New York Times dijo en octubre: «En Guatemala los subversivos más peligrosos son los que usan uniforme militar». A los pueblos llegaron más fusiles que frijoles.

«Ríos Montt salió en paz, desoyendo a aquellos que le instaban a pelear. Muñoz Piloña recuerda que un capitán se acercó al General el día del golpe, llevaba un maletín lleno de explosivos: «Mi general aquí volamos todo pero usted no entrega el poder. Salga de aquí que vamos a morir por usted». El General lo calmó: «Si ellos no quieren que esté aquí, me voy», dijo y se fue.

Volvió al sitio donde antes había curado sus heridas: la iglesia. El pastor lo recibió como un héroe, «los héroes están cubiertos de medallas», le dijo Ríos Montt, «yo solo quiero estar cubierto por la sangre de Cristo».

El líder del Frente Republicano

«Dos veces acarició el poder. Una de ellas pudo incluso abrazarlo, tenerlo a su lado por 504 días, pero eso, para un hombre como Ríos Montt, era poco. En 1990, 5 años después de que le expulsaran de la presidencia, volvió a intentarlo. Le apoyó la Plataforma 90, una coalición de 5 pequeños partidos. Su vicepresidente sería Harris Withbeck, pero esta vez no llegó muy lejos, la Corte de Constitucionalidad le impidió presentarse como candidato por la prohibición de 1986 para cualquiera que hubiese participado en un golpe. «Si lo dejan correr gana en la primera vuelta, eso es indudable», piensa Juan Callejas, uno de los fundadores del Frente Republicano Guatemalteco (FRG).

Comento: ¡babosadas! El señor Callejas está muy equivocado porque fue un decidido partidario de él y era miembro de la Iglesia Verbo. Años más tarde tuvo más chance que él de ganar la presidencia de la República la señora Sandra Torres Casanova («ex de Colom»).

«En la siguiente contienda optó por una nueva estrategia: lanzarse como diputado y postular a un allegado. «Él quería tener el poder de cualquier manera,  y en virtud de que no podía correr pensó en poner a un personaje que creía que podía controlar», cuenta Callejas. En el partido la simpatía estaba de lado de Francisco Bianchi, el que fuera el consejero del General. Pero Ríos Montt tenía otros planes, un diputado joven y carismático: Alfonso Portillo. El nombramiento de Portillo causó descontentó entre los fundadores del partido: «Traicionó las ideas y traicionó a su gente por la ambición de poder», dijo Callejas. «Creo que él se dio cuenta de que Bianchi no iba a ser manejable nunca, en cambio Portillo sí», piensa.

Comento: fueron unos ingénuos o unos tontos si creyeron que Alfonso Portillo se iba a dejar manejar.

«Logró su objetivo en 1999, Portillo ganó las elecciones y él la Presidencia del Congreso. Su primer cargo ganado de forma legítima. Aun así no fue suficiente. En la siguiente contienda peleó por que le permitieran postularse como candidato presidencial. No ganó, obtuvo un tercer lugar. Pero extrañamente los sitios donde la guerra fue más cruel le apoyaron. En Nebaj obtuvo 6 mil 600 votos, mientras que la Unidad Revolucionaria Nacionl Guatemalteca (URNG) solo 800. En Rabinal, el municipio donde vivía Benjamín, también ganó, obtuvo 2 mil 704 votos, la URNG 314. Esa fue su última participación en la vida pública. Hasta ahora, que vuelve al foco de las miradas involuntariamente.

Comento: cuando eso ocurrió, lo cual me pareció inaudito, yo tuve oportunidad de cambiar impresiones con un amigo que había sido viejo dirigente del Partido Revolucionario en Sololá, que para entonces vivía en el Quiché y le dije que me parecía una vergüenza que Ríos Montt hubiese obtenido tantos votos donde había matado a tantas personas. Y éste, sin inmutarse, me miró fijamente a los ojos y me respondió: «Preste mucha atención don Jorge, oiga bien lo que le voy a decir y trate de comprenderlo. Es que no votaron por él las personas a quienes mató, sino las personas que quedaron vivas gracias a que él mató a los guerrilleros. Porque debe comprender que los guerrilleros fueron tan insoportables para los campesinos como lo eran los soldados. Por eso los que emigraron a México no lo hicieron para huír de¡ Ejército, sino para huír de ambos». Dicho ésto me dio una palmada en la espalda y agregó: «No debe olvidar que no todos los campesinos estaban de acuerdo con la guerrilla y, por el contrario, hubo muchos que se oponían, pero por eso fue que los guerrilleros mataron a tantos campesinos a quienes acusaban de colaborar con el Ejército solo porque se negaban a colaborar con ellos.» Y antes de salir de mi casa insistió: «No sea usted de los que creen que solo los soldados mataron campesinos, porque también los huerrilleros hicieron lo mismo. Pero hay gentes que han hecho de los guerrilleros una especie de héroes y créame que no lo fueron para todos». A lo cual yo agrego que cuando era embajador en México y se supo que miles de guatemaltecos campesinos habían emigrado sorpresivamente a México, yo volé a uno de los lugares en Chiapas donde había más de ellos y todos con los que hablé me dijeron que estaban huyendo no solo de los soldados, ni solo de los guerrilleros, sino del conflicto armado.

El anciano en el banquillo

«La madrugada del 19 de julio de 1982, Benjamín bajó temblando de las montañas. Le seguía su sobrino, con la piel erizada y los gritos de su madre y sus hermanos todavía clavados en los oídos. Cuando llegaron su casa todavía ardía. Poco a poco se fueron acercando otros sobrevivientes, no entendían qué había pasado, por qué casi todos los habitantes de la aldea estaban muertos. No quedaba ni una sola mujer viva. Benjamín buscó a su madre, a su esposa, a sus hermanas, a sus sobrinas. Solo halló sus cuerpos torturados. Al poco tiempo llegó el comisionado militar y les dijo que el Ejército ordenaba enterrar los cuerpos de inmediato y callarse la boca. «Si no lo hacemos dice que van a venir a acabar con los quedan vivos» les informó. Así Benjamín y su sobrino enterraron a toda su familia, en silencio, aprisa, con miedo. El niño de 11 años no comprendía porqué su madre ya nunca le acariciaría la frente antes de dormir, porqué no podría jugar con sus hermanos ni siquiera una última vez, porqué su abuela no le contaría otra historia.

«Benjamín y el niño se fueron a vivir a una aldea cercana. Con el tiempo lograron reponerse, Benjamín se volvió a casar y tuvo tres hijos. El niño emigró a la ciudad y ahora trabaja como guardia de seguridad privada. Y trataron de olvidar el miedo y el dolor. Pero no pudieron. Ahora Benjamín es presidente de la Asociación Justicia y Reconciliación que demandó a Efraín Ríos Montt por la masacre de Plan de Sánchez y otras 11 aldeas. Le imputan más de mil muertes.  Su proceso está abierto, actualmente tiene arresto domiciliario y sus abogados pelean porque se le deje en libertad.

«Muchas cosas cambiaron después de los 504 días que el General estuvo en el poder. Cambió, por ejemplo, la forma de recaudar impuestos, llegó el IVA y la economía tuvo un subidón. Cambió también la guerra, la insurgencia quedó diezmada. Cambió la mentalidad de muchos guatemaltecos que se sumaron al estandarte del no robo, no miento y no abuso. Pero quizá lo que más cambió durante su gobierno fue un pedazo de tierra en Petén. Un sitio donde había niños corriendo entre los maizales y mujeres torteando y hombres trabajando la tierra. Se llamaba Las Dos Erres y cuando Ríos Montt entregó el poder ya no existía. Todos sus habitantes estaban muertos. Si la desaparición de esa aldea tiene que ver con su presencia al frente del Ejército es algo que una Corte deberá decidir y con esa decisión se escribirá el final de esta historia». (Fin del reportaje)

Comento: Reitero mis calurosas felicitaciones a las magníficas reporteras Marta Sandoval y Mirja Valdés, aunque en algunas partes no estoy de acuerdo con lo que les dijeron ciertas personas interesadas y, evidentemente, ellas les creyeron. Pero, en cambio, yo viví esos episodios históricos, no me los han contado. Pero, en fin, esos son gajes del oficio.

Twitter: @jorgepalmieri