Recepción en la embajada de EE.UU.

Después de haber asistido durante muchos años a la mayoría de las recepciones oficiales y diplomáticas que había en esos tiempos, lo cual hice tanto por mi calidad de periodista como por mi posición social; y de haber desempeñado durante más de tres años el cargo de Embajador de Guatemala en México, por lo cual tuve que asistir casi todos los días a recepciones oficiales y diplomáticas, hace mucho tiempo tomé la decisión de que así como no volveré a asistir a velorios ni a entierros mientras Dios me dé vida, tampoco voy a asistir a las recepciones diplomáticas, ni a las fiestas oficiales, por diversos motivos, algunos de los cuales no tengo inconveniente en repetir: en primer lugar, a mi avanzada edad es muy cansado y fastidioso estar de pie durante mucho tiempo y en esas reuniones todos los invitados deben permanecer parados porque no hay facilidades para tomar asiento. En segundo lugar, a las recepciones asisten las personas que están relacionadas con los anfitriones y éstas no siempre son de mi agrado, sino todo lo contrario, y viceversa (porque estoy seguro que a algunos de ellos también yo les caigo como patada en la espinilla), pero por educación se tiene que aceptar con una sonrisa fingida que le saluden a uno con hipocresía y responderles con esa misma actitud y aguantarse las ganas de decirles lo que realmente se piensa de ellos. En tercer lugar, por lo general lo que ofrecen para beber son jaiboles con whiskey de bajo precio, como el Etiqueta Roja de Johnny Walker, que no me gusta y me produce dolor de cabeza, pero es comprensible porque las embajadas disponen de un presupuesto limitado y no están en condiciones para poder brindar a sus invitados las mejores bebidas alcohólicas. En cuarto lugar, usualmente los bocadillos que sirven como ?boquitas? me producen malestar estomacal, pero hay veces en que el hambre domina y uno tiene que comerlas aunque sepa de antemano que le van a hacer daño; etcétera. En resumidas cuentas, aunque antes me gustaba mucho asistir a esas recepciones, a estas alturas de mi larga vida ya me parecen excesivamente fastidiosas.
Sin embargo, hay ciertas ocasiones en las que debo hacer una excepción, por algún motivo especial, como ayer -4 de julio- para asistir a la recepción del año, que tiene lugar en la residencia del embajador de los Estados Unidos de América, mi amigo James M. Derham, para celebrar el 232 aniversario de la Declaración de su Independencia y, al mismo tiempo, aprovechar la oportunidad para despedirse de Guatemala porque el 19 del mes en curso se marchará y regresará a su país para jubilarse. A esta recepción no podía negarme a asistir por el respeto, la amistad y la simpatía que me merecen los esposos Joleen y Jim Derham, así como también su país, donde estudié en tres universidades varios años.
Además, las personas que por una u otra razón participan en la vida pública de Guatemala y no asisten a esa recepción, es como si no existiesen porque asisten todas las figuras públicas del país, con la excepción del Presidente de la República en turno y algunas otras.
La invitación era a partir de las 12:30 horas y les juro que a las 12:29 ya había cola para entrar a la residencia, ubicada en la 20 calle de la zona 10. Como es natural, a la entrada habían instalaciones de seguridad contra el terrorismo, como detector de metales para impedir que alguna persona pudiese llevar consigo un arma de fuego. Y en la fila de recibo estaba a la cabeza el embajador Derham, su gentil esposa Joleen y el agregado político y mi amigo David Lindwall, el segundo de a bordo en esa misión diplomática.
Como de costumbre en esta recepción del 4 de julio, la concurrencia fue muy numerosa. En el amplio jardín instalaron una gran carpa blanca previendo lo que se creía que iba a suceder en vista de que todos los años ha llovido para esta fecha, aunque lo que no tomaron en consideración es que a pesar de la carpa la grama se encharca por la lluvia que cae a los lados y produce mucho lodo del cual se llenan las suelas de los zapatos de los asistentes, y los tacones de las señoras y señoritas quedan ensartados en la grama. Pero, milagrosamente, como una concesión de Dios, este año no llovió y la recepción pudo desarrollarse tranquilamente, sin ningún contratiempo.
Al llegar, el primero que me abordó fue mi estimado colega y amigo el periodista Juan Luis Font, co-director del diario elPeriódico, quien como suele hacerlo siempre me hizo algunas interesantes e inteligentes observaciones sobre temas del momento. Luego tuve el gusto de saludar a mis estimados amigos la gentil Doctora en Educación Gilda Marina Castellanos de Illescas con su amado esposo el licenciado Mario Roberto Illescas, quien después de haber desempeñado los altos cargos de Procurador General de la Nación y Jefe del Ministerio Público y Contralor General de la Nación durante el período demócratacristiano, hoy es Viceministro de Trabajo. Les acompañaban el actual Procurador General de la Nación, licenciado Baudilio Portillo Merlos, y el licenciado Julio Abelino Marroquín, ampliamente conocido por su apodo de ?Garrote?, quien desempeñó el codiciado y bien remunerado cargo de Registrador General de la Propiedad durante el gobierno del general Fernando Romeo Lucas García.
El acto que acostumbra hacer esa embajada para esta fecha comienza tradicionalmente con la marcha de tres vistosos marines uniformados de gala que portan banderas de los Estados Unidos. Esta vez fueron dos varones y una mujer. Acto seguido, se escuchó primero una grabación electrónica del Himno Nacional de Guatemala completo y cantado por un coro, y después otra grabación del Himno Nacional de los Estados Unidos de América también cantado, pero por una solista. Especifico que se escuchó nuestro Himno Nacional completo, porque, francamente, es demasiado largo y, como hacen otros países, probablemente sería bueno tener versiones más cortas para esas ocasiones. Es tan largo nuestro himno que algunas personas se ponen a hablar de cualquier cosa mientras otros lo escuchan en silencio y con el debido respeto. Atrás de donde yo me encontraba estaban platicando animadamente dos personas: una señora de origen hondureño que conozco desde hace largo tiempo y me merece simpatía, por lo cual no quiero ?quemarla?, con un hombre que nunca en mi vida había visto antes, y no pude resistir que cometieran esa falta de respeto y me volví para decirle: ?Oiga señor… éste es el Himno Nacional de Guatemala?. Como respuesta solamente asintió con la cabeza, obviamente porque comprendió que no debía hablar mientras se escuchaba. Gracias a lo cual de ahí en adelante guardaron silencio.
Después tomó el micrófono David Lindwall para anunciar el primer discurso, inexplicablemente a cargo del vicepresidente de Guatemala quien dijo hablar «en nombre del gobierno y del pueblo de Guatemala», cuyo nombre, por cierto, Lindwall había olvidado de momento porque titubeó y finalmente solo dijo ?el vicepresidente?. A continuación, el doctor Rafael Espada se posesionó del micrófono e improvisó un largo e intrascendente discurso -largo, largo, largo y aburrido-, en el que abordó varios temas que a los invitados a esa recepción les venía del Norte, en el que mencionó que él había vivido muchos años en ?los Estados Unidos de Norteamérica?, y por lo menos dos veces más llamó así al país que oficialmente se llama Estados Unidos de América, aunque les duela a quienes alegan que debería ser de «Norteamérica». Alguien debió decirle, mientras vivió allá tantos años como excelente cirujano cardiovascular del hospital Metodista de Houston, que ese gran país no se llama oficialmente Estados Unidos ?de Norteamérica?, sino Estados Unidos de América. Espero que corrija ese error para la próxima oportunidad que el Dr. Espada lo mencione.
El siguiente discurso lo leyó el embajador James Michael Derham. También fue largo, pero muy interesante y ameno. Por cierto que mientras el embajador anfitrión leía su discurso, atrás de mí estaban dos personas hablando en voz alta que no permitían escuchar lo que decía, por lo que caminé varios pasos para decirle a uno de ellos: ?Perdonen que no pongamos atención a lo que ustedes están diciendo, pero tenemos interés en escuchar lo que dice el embajador Derham?. Visiblemente apenado, me respondió: ?Disculpe usted señor?, y yo regresé a mi lugar. Pero cuando Derham terminó de hablar se me acercó para pedirme que disculpara pero estaba hablando con un señor de apellido Paiz sobre la Bienal de Cultura, y entonces le pregunté: ?¿Y usted, cómo se llama?? Él me dio su nombre, pero no lo entendí porque es francés, pero se identificó como ?el segundo de la embajada de Francia?, y me informó que ya está próximo a retirarse. Y yo le contesté que me alegra que así sea porque fue de mala educación que hablaran en voz alta mientras el anfitrión leía su discurso.
Por otra parte, tal como les dije antes, en esta recepción me encontré unas personas que me son gratas, pero también a otras que no me son gratas. Primero saludé al Cónsul general de los Estados Unidos de América John A. Lowell. Me informó que también él se marchará pronto de Guatemala y le dije que le deseo buen viaje. Ha perdido muchas libras de peso y luce mucho más joven. Este señor compartió varios almuerzos en mi casa y, gracias a esa relación, también en casa de amigos míos, pero él nunca tuvo ni la menor reciprocidad por las atenciones que recibió.
Después se acercó a saludarme un embajador, cuyo nombre no voy a mencionar, que antes yo creí que era mi amigo, pero su comportamiento me ha demostrado que realmente no lo es, por lo cual no me alegró que se hubiese acercado a saludarme y le traté con la mayor frialdad, aunque estaba bien acompañado de una mujer bastante atractiva y con bonitas piernas. Al poco rato vino a saludarme la encantadora y culta Agregada Cultural de la embajada de México, Soileh Padilla Mayer, lo cual me dió mucho gusto. Hace pocos días dio a luz a su cuarto hijo, un varoncito que creo que nació en Guatemala, pero no podría asegurarlo. Luego vino a hablar conmigo un joven que es funcionario nuevo de la embajada. Acaba de llegar al país y, a juzgar por la serie de tonterías que dijo, estoy convencido de que no sabe absolutamente nada de Guatemala.
Pero entre las personas que sí me dio mucho gusto volver a ver estaba la diputada Rosa María Ángel Madrid de Frade, diligente promotora del controversial proyecto de ley de Acceso a la Información. Esta joven señora, ex embajadora de Guatemala en Venezuela durante el gobierno de Vinicio Cerezo Arévalo, llegó al Congreso Legislativo electa en la planilla de la Gran Alianza Nacional (Gana), que era el partido oficial durante el gobierno anterior del «Conejo» Berger, cuando ella desempeñó el cargo de Secretaria de Relaciones Públicas de la Presidencia. Pero poco tiempo después de haber sido electa renunció a ese partido y ahora es miembro del bloque independiente bancada Guatemala. Aprovecho para preguntar al Tribunal Supremo Electoral (TSE) si es permitido o es prohibido que se emplee el nombre de nuestro país en estos casos políticos.
En general, la recepción transcurrió muy bien, sin ningún contratiempo, pero, a diferencia de otras veces, en esta oportunidad mi amigo el anfitrión no le había dado a Genaro, el mesero de la embajada, las llaves del lugar donde guarda las bebidas alcohólicas, y por esa razón éste no pudo proporcionarme ni un solo whiskey de los que me gustan y tuve que estar a ley seca durante toda la recepción, igual que mi estimado compinche Ernesto («Neto») Vila, pater familia de los propietarios de la popular cadena de restaurantes Los Cebollines, especializados en platillos de la cocina mexicana. Tampoco comí ni una sóla de las ?boquitas?, porque desde hace algún tiempo no hacen los sabrosos hot-dogs que antes daban. Ni modo. En cambio nuestro amigo el licenciado Eduardo («Guayo») Palomo Escobar no le hizo el feo al Etiqueta Roja, ni tampoco a las «boquitas».
Cuando ya me iba ví que mi viejo amigo Willy Kaltschmitt, ex Comisionado de Turismo del gobierno pasado, salía acompañado de su guapa novia salvadoreña y le llamé por su nombre para preguntarle por qué fregados ahora que ya no es funcionario público no han vuelto a llamarme por teléfono ni a visitar mi casa, y me contestó alguna de esas babosadas que se suelen decir en ocasiones como ésta para salir del paso.
Después de la recepción fui informado por la atractiva y simpática amiga Carolina Moreno que también se encontraba en la recepción la guapa y valiente diputada Roxana Baldetti, a quien me habría dado mucho gusto saludarla, pero lamentablemente no la ví. ¡Qué lástima!.
Como conclusión, ratifico mi vieja decisión de no volver a asistir jamás a ninguna recepción diplomática u oficial. Espero que nunca más tendré que volver a romper este propósito.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Al llegar la hora protocolaria para despedirse, con algunos de los invitados nos dimos cita en mi casa para beber unos cuantos tragos de Etiqueta Negra o buen Tequila y a comer sabrosos chiles rellenos, con tortillas y güacamol, al estilo chapín. Y varios de los invitados a la recepción y yo nos reunimos en mi casa.

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