MISCELÁNEA 14/09/09

* «El grito» de Guatemala es falso
Estamos celebrando el 188 aniversario de la firma del Acta de Independencia de España de las provincias de los países de Centroamérica y, entre los festejos de este año, está siendo anunciado por el gobierno de Álvaro Colom que, como una nueva modalidad, esta noche se dará en el Palacio Nacional «el Grito de Independencia». Lamento mucho tener que decir que esto será una farsa más en nuestra triste Historia. Otra farsa, más digna de la que fue, en mi opinión, la supuesta ?Acta de Independencia? que firmaron, el 15 de septiembre de 1821, un grupo de personas que vivían aquí, entre quienes no hubo ni uno sólo que fuese un Tot, Atanasio Tzul o su compañero Lucas Aguilar, sino que eran criollos, a la cabeza de los cuales estaban el tristemente recordado representante del Rey de España, Fernando VII, capitán general Gabino Gaínza, quien en esa forma instituyó en nuestra patria las sucesivas traiciones que, dolorosamente, se han venido repitiendo, a través de nuestra triste historia, encabezados tanto por militares como por civiles, a través de traiciones y golpes de Estado contra las autoridades establecidas. Fue evidente que Gaínza y los españoles que vivían aquí, junto con los criollos, que firmaron el Acta de Independencia, realmente no querían que estos pequeños países -Guatemala incluída- fuesen libres, soberanos e independientes, porque poco tiempo después de haber traicionado a la corona española, que aquí representaba y traicionó al firmar el Acta de Independencia, Gaínza traicionó a Centroamérica cuando, ya siendo independiente, la anexó a México por servilismo al primer «Emperador» de ese país, el general Agustín de Iturbide, a quien sirvió hasta el día de su muerte, ocurrida en la ciudad de México, donde murió enfermo, triste y abandonado y en la miseria.
Quienes firmaron el Acta de Independencia de Centroamérica lo que realmente querían era no seguir pagando tributos a un país europeo y, con la excusa de rechazar la invasión a España por las tropas del emperador de Francia, Napoleón Bonaparte, quien había destronado al rey Fernando VII para poner en su lugar a su hermano José Bonaparte, apodado «Pepe Botellas«, a quien rechazaba la mayor parte del pueblo español, pero lo aceptaban los llamados «gachupines», palabra con la que identificaban a los españoles traidores y serviles vendidos a Francia.
Quizás debido a que nuestra independencia de España no fue producto de una larga y sangrienta lucha armada, como la de los mexicanos, que pelearon hasta lograr derrotar a las tropas españolas, es que no la apreciamos y no tenemos héroes, y si los tenemos los negamos porque les regateamos sus méritos; y, en cambio, hay apátridas hijos de las «estrellas de la línea» que dicen que éste es «un paisito de mierda», porque, como es bien sabido, no se aprecia lo que no nos cuesta. Por eso estoy totalmente de acuerdo con lo que dijo en su discurso ante el pleno del Congreso el Alcalde de la capital, el expresidente y Alcalde capitalino Álvaro Enrique Arzú Irigoyen. Creo que aquí es urgente que se haga algo para regenarar nuestros valores e insuflar en los guatemaltecos amor a Guatemala y a todo lo que es lo nuestro. ¡Hay que regenerar todo lo nuestro porque este país es digno de mejor suerte!
Nadie me lo está preguntando, pero disiento totalmente de la opinión que expresó, hace algunos años, en su disertación en una conmemoración a la Independencia Nacional de la empresa Aseguradora General, el brillante periodista y prolífico escritor Francisco Pérez de Antón, en el sentido de que quienes firmaron la Independencia fueron unos «patriotas» y debemos estarles agradecidos de que nos hayan dado una patria. Comprendo que él cree eso porque no piensa y, sobre todo, no siente igual que la mayoría de los guatemaltecos, debido a que nació en España y es miembro de un sector económico privilegiado, aunque está nacionalizado guatemalteco, lo cual es, en mi opinión, un justo motivo de orgullo para Guatemala. Pero no debe sorprender a nadie que él no comparta la opinión de los descendientes de Manuel Tot y Atanasio Tzul, porque ellos son auténticos representantes de la mayoría de la población de este país, a quienes la firma del Acta de Independencia no ha servido para nada, absolutamente nada, porque han continuado siendo simples habitantes ignorados y discrimados de un territorio donde no se les reconoce como iguales, ni gozan de los derechos que están establecidos en la Constitución de la República.
Por consiguiente, el único «grito» que Guatemala y los guatemaltecos podríamos dar esta noche, es: ?¡Ay! ¡Dios mío! ¿Hasta cuándo tendremos que soportar tanta corrupción e incapacidad? ¿Hasta cuándo vamos a poder tener un gobierno que sea eficiente y satisfactorio??
Por si ya se les ha olvidado, según datos recabados en la fabulosa Enciclopedia Libre Wikipedia, de Internet, ésta es la historia del intento de nuestra verdadera independencia que trataron de llevar a cabo unos auténticos patriotas guatemaltecos, hijos de esta tierra, como lo fueron Manuel Tot, Atanasio Tzul y Lucas Aguilar:
Tzul, y su compañero, Lucas Aguilar, encabezaron en 1820 el levantamiento colonial indígena de mayor trascendencia en el territorio conformado por los actuales países centroamericanos. El levantamiento se centró en la cabecera de la Alcaldía Mayor de Totonicapán, y estuvo íntimamente ligado con el proceso de la independencia centroamericana, los conflictos entre conservadores y liberales de la época, y la formación del Estado de los Altos.
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Según la historia oral del pueblo de San Miguel Totonicapán, Tzul era originario del Cantón Paquí, ubicado a unos pocos kilómetros al oeste del centro de San Miguel Totonicapán y, según un padrón del pueblo, en 1825 era dueño de una casa y formaba parte de una familia de jaboneros que habitaba en el Barrio Linkah.
Atanasio Tzul fue una figura política de sobrada importancia en el entonces Pueblo de Indios, San Miguel Totonicapán, con una trayectoria de participación tanto en el sistema formal de gobierno local, en el que actuó como Alcalde Primero en 1816, como también en el gobierno indígena, no oficial, que tenía como autoridades a dos Principales, representantes de cada una de las cinco parcialidades: Linkah, Pachah, Uculjuyub, Chiché y Tinamit. En 1820, actuaba, como lo había hecho anteriormente en 1803 y 1813, como Principal de la Parcialidad (o calpul) de Linkah, la más importante entre las cinco, por lo que se le llamó, en por lo menos una ocasión, el «Primer Principal» del pueblo.
Como ?Primer Principal? logró consolidar la fuerza de las cinco parcialidades en 1813 y, posteriormente, en 1820, para defender lo que parecen haber sido los intereses del pueblo de San Miguel Totonicapán, principalmente la eliminación de los impuestos eclesiásticos y el tributo. En 1813, Tzul y los otros principales de su pueblo se aliaron con el Alcalde Mayor de Totonicapán, Narciso Mallol (futuro Alcalde Mayor de Tegucigalpa), en un conflicto que se desarrolló en contra de la fuerza combinada del Jefe Político del Reino, José de Bustamante, el Arzobispo de Guatemala, Ramón Casaus y Torres, la élite ladina regional de Quetzaltenango, encabezada por Prudencio Cozar , entonces Ordenador de los Reales Ejércitos en Los Altos de Guatemala, la pequeña élite ladina de San Miguel Totonicapán, el cura del pueblo y los caciques del mismo. En Totonicapán había un gran número de caciques, diferenciados del resto de la población indígena del pueblo, ya que mantenían privilegios que se les habían otorgado originalmente por su apoyo a la conquista española. Aquella lucha, suscitada por la aplicación de la Constitución de Cádiz, ocurrió en el contexto de la extrema debilidad política y militar del imperio español, los primeros intentos para la creación de una autonomía política en Los Altos de Guatemala y una competencia entre oficiales españoles. En ella se observa por primera vez una vinculación directa entre algunos totonicapenses k?iche?s, como Atanasio Tzul, y ciertos liberales de la época, como Narciso Mallol. Esta relación se mantendría, por lo menos hasta que Morazán llegó al poder y se vio más concretamente en la propuesta realizada por representantes morazanistas, en 1829, cuando Lucas Aguilar tomó el puesto de comandante militar de los indígenas en Totonicapán.
El levantamiento de 1820 mostró, concretamente, la pérdida del control español en Los Altos de Guatemala, manifestada en el rechazo al pago del tributo repetido de los pueblos indios desde su reestablecimiento en 1816. En 1820, los indígenas de San Miguel Totonicapán, con el apoyo directo de los pueblos vecinos de San Cristóbal Totonicapán, San Francisco El Alto y Momostenango, lograron destituir, por unas semanas, al Alcalde Mayor José Manuel Lara de Arrese, e imponer su propio gobierno. Tzul fue, sin duda, la figura más representativa del movimiento y, según fuentes contemporáneas, la vox pópuli y algunos historiadores, fue proclamado rey. Aunque no se descarta completamente la posibilidad de que haya sido coronado, resulta más probable que fuera nombrado gobernador durante una ceremonia oficial que los líderes del movimiento organizaron, haciendo propias las órdenes que había girado el Jefe Político a las autoridades locales para celebrar el restablecimiento de la Constitución de Cádiz de 1812 y, con ello, la eliminación del tributo. De cualquier manera, durante aproximadamente veinte días, entre el 9 de julio y el 3 de agosto de 1820, Tzul actuó como el representante más destacado del gobierno indígena, aunque el macegual Lucas Aguilar desempeñara un papel de igual, o posiblemente de mayor envergadura en la toma de decisiones al interior del incipiente gobierno regional.
Después de que el movimiento sufrió una represión brutal, a manos de aproximadamente mil milicianos ladinos de la región de Los Altos, Tzul y otros líderes fueron encarcelados en Quetzaltenango, donde permanecieron hasta principios de marzo de 1821, cuando fueron liberados después de una manifestación de mujeres y hombres totonicapenses en la capital del reino. A finales de marzo de 1821, Tzul, Aguilar y otros líderes recién liberados viajaron de Totonicapán a la cárcel de Quetzaltenango para exigir la excarcelación de otros de sus compañeros que permanecían aún en prisión.
La importancia de Atanasio Tzul reside en que encarna, como ningún otro personaje, con la excepción de Tecún Umán, la participación de los indígenas en la creación de la historia guatemalteca, a través de un papel activo en los conflictos de aquella época, definiendo así el rumbo político de su país. Aún vencido, el movimiento, inicialmente encabezado por Tzul y Aguilar, mantuvo su relevancia durante los siguientes veinte años y, desde una posición de relativa debilidad, con la que siempre han participado los pueblos indígenas en América Latina, impactó el destino del istmo a través de su papel primordial, por medio de la resistencia al tributo y la participación militar en apoyo a Carrera, en la desaparición del Estado de los Altos en 1840.
* El controversial discurso del Alcalde Álvaro Arzú
Algunos periodistas han expresado opiniones sumamente críticas contra el discurso que pronunció el ex Presidente de la República (1996-2000) y actual Alcalde Metropolitano, Álvaro Enrique Arzú Irigoyen, en el pleno del Congreso de la República durante la sesión solemne del 10 del mes en curso, para conmemorar el 188 aniversario de la independencia patria. No digo que todos sus críticos han sido inspirados por una permanente antipatía personal hacia el ex Presidente de la República y tres veces Alcalde Metropolitano, ni creo tampoco que a todos ellos los motiva una envidia enfermiza por el indiscutible hecho que, a todo lo largo de la historia de nuestro país, ningún otro guatemalteco ha sido primero electo popularmente Alcalde de la capital en dos elecciones, y después electo Presidente Constitucional de la República y posteriormente otras dos veces Alcalde Metropolitano, y en diciembre de 1999, antes de terminar su período presidencial, logró la firma del Acuerdo de Paz Firme y Duradera, aunque no haya gustado a algunos cómo ésta se llegó a firmar; y, después de eso, volvió a la política y ha sido electo Alcalde capitalino otras dos veces y, me atrevería a decir, que si quisiera podría ser reelecto de nuevo. Sin embargo, doy el beneficio de la duda a algunos de sus más duros críticos a quienes creo que puedan ser sinceros y realmente piensan que están en lo correcto y que sus críticas son la verdad. Pero yo no estoy de acuerdo con ellos, sino comparto lo que dijo el Alcalde Arzú, a quien felicito y aplaudo cordialmente. Y me siento orgulloso de considerarle mi amigo personal.
Para que todos lo recuerden éste es un resumen de su historial:
Primera elección: en 1982 ganó la elección para Alcalde pero, no asumió el cargo por el golpe de estado que se vivió en contra del gobierno legalmente establecido del general Romeo Lucas García. El general Efraín Ríos Montt le ofreció nombrarlo «jefe de la alcaldía»; sin embargo, él no aceptó asumir en esa forma el cargo para el cual había sido legalmente electo antes del golpe de estado.
En 1986 participa de nuevo en las elecciones para Alcalde y vuelve a ganar la elección. Fue la segunda elección que ganó en su primer período como Alcalde para el período 1986-1990. Luego participó en las elecciones para presidente, las cuales ganó, y fue Presidente de la República durante el período 1996-2000.
Regresa a la política y en el año 2003 participa de nuevo en las elecciones para Alcalde Metropolitano, y las gana. Asume de nuevamente el cargo de Alcalde para el período 2004-2008.
Cuartas elecciones: en el 2008 participa y gana otra vez las elecciones para Alcalde y asume el cargo de Alcalde de la Ciudad de Guatemala para un tercer período de 2008 a 2012.
El discutido discurso del Alcalde Arzú
Solicité a la relacionista pública de la Municipalidad capitalina, señorita María José Salas, que me enviase por correo electrónico una copia del discurso del señor Alcalde de la Ciudad de Guatemala, Alvaro Enrique Arzú Irigoyen, el cual pronunció ante el Pleno del Honorable Congreso de la República de Guatemala durante la Sesión Solemne celebrada el 10 de septiembre en curso, en ocasión de conmemorar el 188º Aniversario de la Emancipación Política de nuestro país.
Ésta es la reproducción:

«Excelentísimo señor Vicepresidente de la República, excelentísimo señor Presidente del Congreso de la República, excelentísimo señor Presidente de la Corte, señores Diputados al Congreso de la República, Autoridades, Cuerpo Diplomático, señoras y señores:
Quiero agradecer al señor Presidente del Congreso la invitación a participar en este acto de Celebración de la Independencia de nuestro país. No hay, quizás, mejor ocasión ni lugar para reflexionar sobre el sentido histórico de nuestra independencia, y esto, es el privilegio que tengo de hacerlo en el seno mismo del Poder Legislativo, donde, día a día, se dan cita todas las instancias políticas que representan a los guatemaltecos.
Pero cuando digo que no hay mejor ocasión, no sólo me refiero a que en estas fechas celebramos nuestra emancipación del poder transcontinental; lo digo también pensando en lo difícil que es este momento por el que atraviesa nuestra Guatemala, claro está, junto a otras naciones de nuestro hemisferio.
Todas las épocas y las culturas dominantes del planeta han tenido una serie de valores que se consideraban incuestionables. En la Edad Media, por ejemplo, el pensamiento giraba en torno a la religión, y nadie, nadie se atrevía a desafiar las verdades reveladas, pues éstas servían de modelo, no sólo para la vida individual, sino también para la vida social. Hoy, en el mundo moderno, detrás de una máscara de tolerancia y libertad de opinión, también tenemos algunos valores que se consideran incuestionables. Uno de ellos precisamente, y es el que me gustaría abordar en esta oportunidad, es LA DEMOCRACIA.
LA DEMOCRACIA se considera la panacea de la sociedad actual, y se ve con desconfianza y reproche a aquellas sociedades que por razones históricas, religiosas, políticas o culturales, no se ajustan a esa idea estadística de una democracia representativa. Yo siempre he propuesto que la democracia tiene sentido cuando es debidamente dirigida, cuando se dirige la democracia. La Comunidad Internacional (término un tanto vago que esconde los intereses de las grandes naciones más poderosas del planeta), al igual casi que la Santa Inquisición del pasado, se permite ?corregir? esas perversas desviaciones. Basta escuchar a muchos representantes decir que su objetivo más importante en el Tercer Mundo, o sea nuestro mundo, es la consolidación de las democracias incipientes, o sea esas democracias incipientes somos nosotros, y dicen, facilitando que allí, en el seno de nuestro subdesarrollo, se fortalezcan las instituciones democráticas del mundo libre.
Con todo el respeto que me merece la Comunidad Internacional y su ideología democrática, permítanme disentir de este «noble» propósito que, en el momento presente, se nos ha convertido más en una carga que en una ayuda para nosotros.
¿Por qué digo que es más una carga que un apoyo? Pues bien, porque la imposición externa de un modelo que no permite la expresión del carácter propio de nuestra sociedad, se convierte en lo que yo llamo casi un ?saqueo de instituciones?. Sí, un saqueo, como sucede cuando una fuerza conquistadora invade un poblado y empieza a robar y destruir lo que encuentra a su paso. Después, cuando la tormenta ya pasó, lo único que queda son ruinas, estructuras vacías, casi como un paisaje de utilería.
Como cualquier otra nación del continente americano, Guatemala, y los guatemaltecos, hemos estado en busca de nuestra propia identidad, desde el momento de nuestra independencia. Al principio nos anexamos a México, con la idea precisamente de soportar de una mejor manera los embates de las naciones que querían mantener o imponer una nueva colonia en nuestro territorio. Posteriormente iniciamos la vida independiente, pero lo hicimos de una manera muy especial: construyendo una federación republicana de naciones centroamericanas. Es claro que esta figura corregía la anexión a México en que los países centroamericanos nos sentíamos más cercanos, más identificados histórica y culturalmente. Finalmente, justo a la mitad del siglo XIX, vino la gran revolución conservadora y liberal que destruyó la Federación y surgieron los Estados que tenemos actualmente.
Ahora bien, y este es un dato interesante señoras y señores, es en este preciso momento en que surgen dos figuras fundamentales en la historia de nuestro país: Rafael Carrera y Justo Rufino Barrios. Carrera, que ha sido olvidado, es un personaje clave en nuestra historia. Fue el presidente que le dio forma al Estado Guatemalteco. Se le ha visto como un títere iletrado de los grupos conservadores, pero no era así; recientes investigaciones han mostrado que, contrariamente a lo que hemos creído, durante muchos años, Carrera fue el líder, el caudillo incuestionable de un movimiento campesino que se levantó contra las élites capitalinas. Ya en el poder, sabiamente, Carrera atendió sus demandas, combatió los abusos contra los campesinos, protegió sus tierras y abolió las adjudicaciones a extranjeros. Pero no lo hizo para cumplir con una promesa. Lo hizo porque sabía que con ello le estaba dando contenido a las nuevas estructuras republicanas, de nuestra república. Casi podríamos decir que fue Carrera quien le dio un respaldo, una realidad al modelo republicano.
Barrios, por su parte, que representa el fin de las ambiciones de unificación regional y el principio de una república liberal, modernizó al país y dio paso a un nuevo pacto social que tuvo como resultado la emergencia de una industria bastante creciente.
Pues bien, hoy en día, casi 150 años después de aquellos eventos históricos, volvemos a enfrentar, mis amigos, una crisis muy profunda. Tan profunda como para que no sea descabellado pensar que abarca prácticamente a todos los ámbitos de la vida nacional: abarca la familia la crisis, abarca a los estratos sociales, a la política, a las instituciones, a la empresa, a la religión, la comunicación social, a la prensa, a las economías tradicionales y a las economías emergentes, y un largo etcétera, imposible de poder enumerar. Hoy, como hace más de un siglo, Guatemala enfrenta el punto culminante de un proceso de debilitamiento del modelo político heredado del pasado; en nuestro caso se trata del Modelo Liberal. Los enormes cambios mundiales de finales de los años ’80s: la desaparición del bloque soviético, la emergencia de una economía global, el surgimiento de grupos minoritarios en la escena política y sus demandas de espacios de autogestión y política social, cambiaron para siempre la dinámica interna de los Estados-Nación alineados a cualquiera de los bloques hegemónicos de la Guerra Fría, que creemos ya es superada.
Pero el tema del declive de un paradigma es muy amplio. Hoy me gustaría concentrarme, si ustedes me lo permiten, en la que es quizás la más inmediata de las características más nocivas de estos tiempos de crisis. ¿Saben cuál es?: el debilitamiento de nuestras instituciones.
Nunca, me parece, habíamos llegado tan lejos en este proceso de deterioro de nuestras instituciones. Dicen los psicólogos que para superar una crisis hay que tocar fondo primero. Bueno, en mi humilde diagnóstico del estado y de la sociedad guatemalteca, un signo inconfundible de que si no hemos tocado fondo, estamos muy cerca. Y es precisamente el hecho lamentable de que las instituciones significan cada vez menos para los guatemaltecos. Y en este sentido, hay tres cosas que me gustaría puntualizar, si ustedes me lo permiten:
Primero, no cabe duda de que cualquier estrategia para salir de la crisis, tendrá que tener como objetivo básico, fundamental, la regeneración de nuestras instituciones. Y no me refiero sólo a las instituciones estatales, me refiero también a las iglesias, me refiero a la prensa, me refiero al sector privado, me refiero a los partidos políticos, me refiero a la comunidad en general; tenemos que buscar regenerarnos, y regenerarnos significa el resultado de regenerar nuestras instituciones.
Segundo, un ejemplo de cómo regenerar las instituciones, y esto hace rasgar las vestiduras a muchos y echarse cenizas sobre la cabeza, podría ser la instauración de un modelo cívico-militar en la educación. Hablaré posteriormente de eso.
Y tercero, frente a los extremos en que se mueve la política actual, léase: el gobierno global de la Comunidad Internacional y las reivindicaciones locales, una vía que podría darnos fuerza en la negociación a nivel internacional y espacio para el cultivo de la vida local, es que nos lancemos a crear Los Estados Unidos de Centro América.
¿Por qué propongo un modelo cívico-militar de educación? Pues por una razón muy sencilla, parece volver al pasado, parece retrógrado que lo proponga, pero aquí va mi razón: cuando una institución se deteriora es porque pierde autoridad, y cuando pierde autoridad, pierde potestad, pierde legitimidad, dicho de una forma más sencilla, se le pierde el respeto. Es importante recordar que los guatemaltecos, a pesar de que decimos querer mucho a nuestro país, no lo respetamos. ¿Ustedes creen que todavía se mantiene la autoridad y el respeto en muchas familias guatemaltecas donde hay hijos vinculados a las maras?, ¿ustedes creen que esas familias, muchas de ellas desintegradas, todavía pueden rescatar la educación de sus hijos y orientarlos por un camino de bien y de respeto? Yo pienso que es muy difícil, por no decir imposible. Y es allí, mis amigos, donde se hace necesario la acción del Estado, es allí donde es necesario reencauzar la vida de esta juventud. Pero a diferencia de la familia, el Estado debe inculcar también valores cívicos, valores de convivencia, los valores que promueven el respeto y la disciplina y, por ende, que restablecen la autoridad de las instituciones. ¿Creen ustedes que es casualidad que en la actual crisis las instituciones más desprestigiadas sean, precisamente, las encargadas del orden, las que representan la autoridad, el respeto a la propiedad y al derecho ajeno? No, de ninguna manera. No es ninguna casualidad.
¿Por qué propongo una unificación de Centroamérica, y ésta a través de la creación de lo que he dado en llamar los Estados Unidos de Centroamérica?, que quizá puede empezar con Guatemala, El Salvador y Honduras, el que se debió llamar en una época ?el Trifinio?, es un triángulo, porque la historia no siempre tiene una estructura lineal, muchas veces tiene un comportamiento cíclico. Hace 150 años, ante la amenaza extranjera, ante el intervencionismo de las naciones e imperios poderosos, veíamos la necesidad de pertenecer a una región fuerte, de estar unidos, esa era la necesidad. Hoy, como ayer, estamos amenazados por esas ambiciones de intervención. Lo vemos en las políticas económicas internacionales, en el dinero político de los Derechos Humanos que compra voluntades en la sociedad civil, y en el discurso apocalíptico que se nos presenta como una profunda destrucción anticipada. Hoy, como ayer, se hace evidente que no podemos subsistir solos, pero tampoco podemos ser marionetas, sin capacidad de movimiento, en las manos de intereses de las grandes potencias. Hoy, como ayer mis amigos, la única salida que tenemos es la creación de una figura intermedia: ni el vulnerable Estado-Nación, ni el Estado Asociado a alguna fuerza internacional que sólo nos vuelve cautivos, sino el Estado-Región, sólido hacia fuera, fuerte en la negociación, y amplio en su interior, democrático, abierto a la diferenciación y al cultivo de la vida local.
¿Podemos hacerlo? Claro que sí. Nada nos lo impide. Sólo necesitamos decidirlo, y ustedes son los grandes protagonistas de esa decisión. En el mundo antiguo, el que legitimaba a los gobernantes locales era el Emperador Romano; durante la Edad Media era el Papa; hoy en día es la Comunidad Internacional; sin embargo, hoy como ayer, esta legitimidad se guía más por intereses que por ideales inquebrantables. Si no, díganme ustedes amigos ¿por qué declaran ilegítimo el gobierno que será elegido próximamente en Honduras?, ¿es porque las elecciones son convocadas por un gobierno de facto?, y si eso es cierto, ¿por qué no se declaró ilegítimo al Rey de España cuando fue citado y puesto en el trono por un gobierno de facto?, ¿por qué no fue ilegítimo también el gobierno del Presidente Suárez que continuó?, ¿y los gobiernos de Alwyn, en Chile, y todos los que le han seguido que fueron puestos por Pinochet en sus orígenes? ¿Por qué no se dijo que fueron ilegítimos los gobiernos de Juan José Arévalo, Julio César Méndez Montenegro y Vinicio Cerezo?, pero óiganme bien, y ¿Por qué no se dijo que yo mismo fui un presidente ilegítimo, si había recibido el poder de un gobernante nombrado por el Congreso de la República ante el vacío presidencial que se produjo cuando el Presidente Serrano fue ?invitado? por las autoridades militares a abandonar el país y viajar a Panamá?
No nos dejemos apabullar por velos de palabras, por ideas que flotan en el aire. Necesitamos rescatar nuestra sociedad, necesitamos rescatar a nuestro país, necesitamos rescatar a nuestra juventud, necesitamos rescatar nuestras instituciones. Volvamos a los valores que hacen legítimo el poder, los que facultan la instauración del orden y el respeto por el otro ser humano. No permitamos que nuestras familias se desangren. La política y el diálogo humano sólo debe estar al servicio de una cosa: la vida.
Y Dios está tocando a nuestra puerta, ¡abramos!
Quiero terminar con un pensamiento que me lee mi esposa todos los días, que dice así: ?Si mi vida no da frutos, qué importa que me feliciten; si mi vida da frutos, qué importa que me critiquen?.
Muchas gracias».

Mi comentario: Esta es la reproducción textual del discutido discurso, del cual haré algunos comentarios alusivos en otra oportunidad. Por de pronto reitero mi aplauso y felicitación al Alcalde Arzú porque comparto lo que él dijo. Sobre todo en lo que se refiere a que hay que regenerar a todos y en que la comunidad internacional se está convirtiendo en un dolor de huevos porque, por la ayuda que proporciona, pretende juzgar y dirigir los destinos de nuestros pequeños países a pesar de que éstos son libres, soberanos e independientes.
Pero por ahora lo único que quiero decir es ¡QUE VIVA GUATEMALA!

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