XXVIII aniversario de una tragedia

Ayer se cumplieron 28 años del trágico episodio histórico que tuvo lugar en las oficinas de la embajada de España en nuestro país la tarde del 31 de enero de 1980 y, lamentablemente, causó la muerte de 37 personas, entre ellas el ex Vicepresidente y el ex Canciller de la República, licenciados Eduardo Cáceres Lehnhoff y Adolfo Molina Orantes, respectivamente, el ministro consejero de la misión española, Jaime Ruiz del Árbol y todos los miembros del personal administrativo de la misma, así como de todos menos uno de los campesinos del Triángulo Ixil del departamento de Quiché encabezados por el dirigente Vicente Menchú, dirigente del Comité de Unidad Campesina (CUC), brazo armado de la guerrilla, y de los miembros de una célula de estudiantes universitarios subversivos que dirigían la «Operación Subida».
Una vez más, Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz 1992, hija del mencionado dirigente campesino, organizó ayer una manifestación callejera compuesta por personas que, indudablemente, son partidarias o simpatizantes de la subversión armada que, inspirada, patrocinada y entrenada por el gobierno comunista de Fidel Castro, se enfrentó a las autoridades militares y civiles guatemaltecas de aquellos días con el objetivo de derrocar al gobierno establecido para implantar un sistema comunista similar al gobierno satélite de Cuba que se estableció en Nicaragua a raíz del derrocamiento del gobierno del general Anastasio («Tachito») Somoza Debayle, hijo menor del general Anastasio Somoza García, quien cuando era Jefe de la Guardia Nacional con el apoyo de los Estados Unidos, engañó al general Augusto César Sandino, jefe del movimiento nacionalista que rechazaba la presencia de los marines norteamericanos en Nicaragua y la noche del 21 de enero de 1934, después de haber compartido una cena amistosa y conciliadora con el presidente Juan Bautista Sacasa, en Casa Presidencial, lo emboscó y asesinó y luego derrocó al presidente Sacasa, a pesar de que era su pariente político, y se convirtió en el fundador de la dinastía Somoza que gobernó Nicaragua durante 44 años en forma dictatorial hasta que su hijo menor, el general «Tachito» Somoza Debayle, fue derrocado en 1979 y se adueñaron del poder algunos de los dirigentes de una insurrección popular en la que participó el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FMLN) encabezada por Daniel Ortega Saavedra, actual presidente de ese país y heredero de Carlos Fonseca Amador, el fundador del FMLN, quien había salido herido de la emboscada y asesinato de Sandino y huyó a Honduras, de donde regresó en 1961 para fundar el FMLN que finalmente derrocó a la dinastía Somoza. Así es la Historia, tarde o temprano se revierte todo lo malo que se haya podido hacer. Un Somoza asesinó al general Sandino y un heredero de Sandino derrocó al general Somoza y algunos años después un patriota suicida mató al general Anastasio Somoza García y unos tupamaros mataron en Paraguay con un bazooca a su hijo el general Anastasio Somoza Debayle pesar de que iba en un automóvil blindado.
El general Somoza García fue asesinado antes por un opositor suicida de nombre Rigoberto López Pérez durante una fiesta del partido Liberal que se celebró el 21 de septiembre de 1956 para festejar su nueva postulación presidencial y primero le sustituyó su hijo mayor, el ingeniero Luis Somoza Debayle, y después de éste su hijo menor y favorito, el general «Tachito» Somoza Debayle, graduado en la famosa Academia estadounidense de West Point, quien gobernó con mano dura, autoritariamente y en forma por demás represiva y corrupta hasta que fue derrocado en 1979 por la subversión enla que participaba el FMLN. ¡Cosas de la vida!
Nuevamente, ayer se conmemoró de manera amañada la trágica ?toma pacífica? de las oficinas de la embajada española por un grupo de campesinos del departamento de Quiche y una célula de universitarios subversivos que los dirigían, porque en vez de referirse con ese nombre a la tragedia que causó, año tras año se la ha venido conmemorando como ?la quema de la embajada? para tratar de hacer a un lado lo que realmente la causó. Porque después de la tragedia se ha querido culpar de todo lo ocurrido solamente a las fuerzas de la Policía Nacional que acudieron a tratar de devolver el control de la casa de la embajada a quien correspondía y rescatar a los rehenes en respuesta a las llamadas telefónicas que hicieron a la Policía y a la Cancillería unos miembros de la embajada solicitando auxilio porque habían sido invadidos por personas ajenas a la embajada que les tenían como rehenes, no habría ocurrido el trágico epílogo de no haber habido antes una ?toma pacífica? (?) de la sede diplomática por un grupo de hombres armados con pistolas y «cócteles molotov» que llevaban la cara cubierta con pasamontañas y dijeron que estaban dispuestos a cualquier cosa, lo cual probaron pocos minutos más tarde.
Pero, mañosamente, desde entonces se ha venido tratando de disminuir la grave responsabilidad en la que incurieron los organizadores y protagonistas de la «Operación Subida», en la cual se basó la denominada «toma pacífica» de la embajada, comenzando por el propio embajador, el nefasto comunistoide Máximo Cajal y López, quien algunos días antes había viajado a el Quiché para entablar contacto con unos curas españoles partidarios de la guerrilla y varios militantes del CUC y planearon esa actividad para que sirviese de caja de resonancia para desprestigiar al gobierno del general Romeo Lucas García. O sea que esas personas conmemoraran la tragedia, pero olvidan cómo fue que ocurrió y qué fue lo que la causó.
Sin embargo, yo no me cansaré de repetir mientras tenga vida que lo que causó la muerte instantánea de todos (menos dos) de los ocupantes de las oficinas de la embajada de España fue que uno de los invasores se puso nervioso al ver que un policía estaba entrando a la casa y le lanzó uno de los ?cócteles molotov?, consistentes en una botella con gasolina y una mecha encendida, la cual cayó sobre la alfombra plástica que de inmediato cogió fuego y éste llegó hasta donde se encontraban todas las demás botellas con gasolina que en el acto se encendieron y estallaron, con lo cual causaron que todas las personas que se encontraban en el edificio se quedaran sin oxígeno y murieron instantáneamente por asfixia y quemados, menos dos (el imprudente embajador Cajal y uno de los campesinos que posteriormente fue asesinado por la subversión para que no pudiese dar información sobre lo ocurrido).
Esto fue lo que realmente sucedió hace 28 años en la casa que ocupaban las oficinas de la embajada de España en Guatemala, aunque Rigoberta Menchú y sus partidarios sigan diciendo otra cosa per secula seculorum y la ingenua poeta y escritora Margarita Carrera siga publicando en sus columnas de Prensa Libre sus caprichosas versiones de lo que sucedió según lo que dice el maldito Cajal en su libro titulado «Saber quién puso el fuego ahí», en el que trata en vano de justificar su violación a lo que estipula la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, que prohíbe que los embajadores se inmiscuyan en los asuntos internos del país en el que están acreditados.