A propósito de la semana que comienza

Gracias a mi estimado amigo Enrique Moreno (llamado afectuosamente «Chacarita«), un argentino que reside en Guatemala, ha caído en mis manos el último libro del reconocido y prolífico escritor argentino Juan José Sebreli, brillante sociólogo, historiador, crítico literario con quien tuve el honor de platicar durante unos minutos hace cuatro años en el café de la famosa librería El Ateneo de Buenos Aires.
Juan José Sebreli nació en Buenos Aires en 1930. Es ensayista de temas sociológicos, de historia contemporánea, de filosofía política y de crítica literaria. En esta variedad, donde hay sin embargo una unidad, se vislumbra su tendencia a las relaciones interdisciplinarias. Su prosa comunicativa le ha permitido llegar a un público más amplio que el habitual en esta temática. Al margen de los círculos académicos y de la universidad oficial, dirigió a numerosos grupos de estudio que durante la dictadura militar formaron lo que se dio en llamar Universidad de las Sombras. Intervino en las dos revistas culturales más importantes de su tiempo, Sur y Contorno. Formó parte del primer grupo existencialista en Buenos Aires junto a Carlos Correas (1931-2000) y Oscar Masotta (1930-1979) y fue el introductor de Alexander Kojève y de Tran Duc Thao. Actualmente colabora con el diario La Nación y otras publicaciones. Entre sus obras destacan Martínez Estrada, una rebelión inútil (1960), Buenos Aires, vida cotidiana y alienación (1964), Mar de Plata, el ocio represivo (1970), Los deseos imaginarios del peronismo (1983), La saga de los Anchorena (1985), Las señales de la memoria (1987), El asedio a la modernidad (1991), El vacilar de las cosas (1994), Escritos sobre escritos, ciudades bajo ciudades (1997), y La era del fútbol (1998). Los siete últimos publicados por Editorial Sudamericana. Se han publicado traducciones de sus obras al español, italiano y alemán.
Su más reciente libro es COMEDIANTES Y MÁRTIRES, Ensayo contra los Mitos, en relación al mundialmente famoso ícono popular argentino, compositor, cantante y actor Carlos Gardel, la polémica dirigente política Evita Perón, segunda esposa del ex presidente de Argentina general Juan Domingo Perón; el célebre guerrillero Ernesto (Che) Guevara, que murió asesinado por un agente de la CIA en las montañas de Bolivia, y el popular futbolista Armando Maradona. Con este libro, Sebreli ganó el premio del concurso Debate Casamérica 2008.
Desde 1991 ha publicado varios estudios sobre el irracionalismo o el olvido de la razón. Lo ha hecho desde las perspectivas de las ideas políticas y sociales en El asedio de la modernidad y desde la estética y la sociología del arte en Las aventuras de la vanguardia. Vuelve a hacerlo en su obra El olvido de la razón, un recorrido crítico por la filosofía contemporánea.
Sabreli es doctor honoris causa de la Universidad Caece (Centro de Altos Estudios en Ciencias Exactas), de Buenos Aires. Fue el introductor en Argentina del filósofo ruso Alexandre Kojève (1902-1968) y del filósofo vietnamita Tran Duc Thao (1917-1993). Tradujo al español a la filósofa y novelista francesa Simone de Beauvoir (1908-1986), amante del filósofo existencialista Jean Paul Sartre, y al filósofo marxista Georg Lukács (1885-1971). Junto con el novelista Manuel Puig (1932-1990), el escritor Blas Matamoro (1942?) y el poeta y escritor Néstor Perlongher (1949-1992) fundó el Frente de Liberación Homosexual (FLH) que en 1973 se adhirió a la candidatura presidencial del trotskista Nahuel Moreno (1924?).
En la página 16 de su obra COMEDIANTES Y MÁRTIRES Ensayo sobre los Mitos, encontré el capítulo titulado MAGIA Y RELIGIÓN, en el cual aborda un tema controversial interesante que me voy a permitir compartir con ustedes, en vista de la oportunidad que ya ha comenzado la denominada ?semana santa?, que para la mayoría de quienes gozan del feriado oficial, de lo que menos tiene es de santidad. Aunque también hay muchos que se dedican a disfrazarse de ?cucuruchos? o de soldados romanos para tomar parte en las tradicionales procesiones cargando las largas y pesadas andas sobre las cuales llevan diferentes esculturas de Jesucristo, la Virgen María, María Magdalena, san Juan y otras figuras del cristianismo. Con lo cual, sin afán de ser irrespetuoso con la fe de los católicos, a mí siempre me ha parecido que se corre el riesgo de caer en la idolatría y el politeísmo pagano disfrazado de cristianismo folklórico.
En este capítulo, el doctor Sebreli escribe sobre determinados personajes argentinos que son totalmente desconocidos para quienes no somos argentinos, pero son ampliamente conocidos en su país. Pero con lo que dice me recuerda que en varios países del mundo cristiano se han establecido cultos a diferentes versiones de la Virgen María que tienen un carácter local, tales como la Virgen de Guadalupe, ?Patrona de México?
 y «Emperatriz de las Américas», y la Virgen de la Caridad del Cobre, en Cuba. Y entre los muchos que han sido declarados «santos» por la Iglesia, a quienes sus devotos suelen rezar para que hagan milagros, el indio Juan Diego, en México, subido a los altares por el papa Juan Pablo II, a quien supuestamente se apareció la Virgen María en el cerro del Tepeyac y le habló en su propia lengua natal (náhuatl), y el 12 de diciembre de 1531 dejó grabada su imagen milagrosamente en la tilma del humilde e ignorante indígena para demostrar al obispo de México, fray Juan de Zumárraga, que su aparición era verdad; el negro fray Martín de Porres, («fray Escoba») del Perú, hijo ilegítimo de un hidalgo español y de una mujer de raza negra; su mestizaje y su carácter provocaban burlas de sus compañeros de escuela, en la que sufrió muchas humillaciones, pero esos insultos y desprecios, lejos de amargarlo y despertar su odio, acrecientan sus virtudes; y el hermano Pedro de Betancourt, de Antigua Guatemala, aunque nacido en las Islas Canarias, de España.
Este es el capítulo en el libro de Sebreli COMEDIANTES Y MÁRTIRES al que me refiero:

MAGIA Y RELIGION
En el monoteísmo cristiano hubo siempre un velado politeísmo que se manifestó en el misterio de la Santísima Trinidad y en la mariolatría. El cristianismo primitivo había devuelto a lo sagrado la espiritualidad y la invisibilidad perdidas en el paganismo, pero pronto reapareció la idolatría en el culto a los santos, los ángeles y la Virgen o, peor aún, a las Vírgenes, ya que hubo una proliferación de ellas identificadas con distintas regiones que aportaron un eco de las antiguas diosas paganas.
En el Renacimiento, con el redescubrimiento de la Antigüedad clásica, la Iglesia se paganizó y su larvado politeísmo se antropomorfizó aún más. Los pintores del Renacimiento tomaron como modelos de Jesús y la Virgen a efebos andróginos y prostitutas cuyas imágenes quedaron fijadas para siempre en la iconografía cristiana y prepararon el mito moderno, donde lo trascendente aparece mundano y el más allá se transporta al más acá.
En el mundo contemporáneo, con el retorno de los mitos bajo formas populares, el politeísmo se hizo patente. Algunos pueblos del interior argentino, y de otros países, con el pretexto de una supuesta aparición, tuvieron sus Vírgenes propias, a las que, apartándose del santoral oficial, se fueron agregando otros santos profanos llamados santos populares. Alrededor de ellos se organiza aún hoy un culto informal que los transforma en ídolos. En los lugares donde habrían muerto o aparecido se multiplican los santuarios improvisados colmados de flores, velas, exvotos y ofrendas que muestran la creencia en milagros o beneficios otorgados. Los exvotos incluyen los objetos más inesperados, desde un vestido de novia hasta ?tributo a la tecnomanía?chapas patentes de automóviles. Las promesas deben cumplirse porque los santos son generosos pero también son vengativos. Los santuarios, apoyados por los gobiernos locales, se han convertido en centros de atracción turística y comercial: a su alrededor prosperan los puestos con venta de fetiches, amuletos, estampas y otros recuerdos sagrados.
En algunos casos el culto apócrifo se mezcla con elementos cristianos: la Virgen del Carmen protege a la Difunta Correa; la ?Cruz Gil? es el árbol donde el Gauchito Gil habría sido ahorcado.
Han sido objeto de culto personajes reales o imaginarios del folclore rural ?la Difunta Correa, de dudosa existencia, es un mito de la maternidad como sacrificio–, o arcaicos cultos indígenas como el Maruchito. Predominan los bandidos rurales ?Bairoletto, José Dolores, Mate Cocido?transformados en Robin Hood gauchescos, o en lo que Eric Hobsbawm llamó ?rebeldes primitivos?.
El Gauchito Gil, un santito en alza, era para algunos un bandido rural que robaba a los ricos para dar a los pobres; para otros, un inocente matado injustamente por la maldita policía. Existen también fetiches vinculados a al delincuencia como San La Muerte. Otra vertiente es la de los santones de sectas esotéricas: Pancho Sierra, la Madre María y algunos de fama efímera como Tibor Gordon.
Se sumaron personajes de noticias policiales o artistas populares de discutible valor como la cancionista de bailantas Gilda o el cuarteto Rodrigo, ambos muertos en accidentes; el segundo por manejar alcoholizado y a gran velocidad, una muerte típica de estos tiempos. Esta enumeración caótica es significativa de la indefinición de los mitos, esa zona oscura y ambivalente donde la religiosidad se mezcla con la superstición, la santidad con la idolatría, el mundo arcaico con la moderna sociedad de masas.
La vigencia de estos santos populares estaba limitada hasta hace unos años a las clases bajas y eran considerados por otras clases como una muestra de barbarie; hoy, debido a la influencia intelectual de lo irracional y también del esnobismo, se han plegado a su culto las clases altas y la gente del espectáculo. En los años noventa, a una señora de clase alta, María Obeid, ?se le apareció? la Virgen en Salta, lo que provocó desde entonces peregrinaciones de ricos y famosos a esta provincia. La ciencia tampoco permanece inmune: cirujanos prestigiosos se hacen tocar las manos por ?sanadores? antes de operar.
La Iglesia católica, de acuerdo con el dogma, debería combatir esos cultos como idolatría pagana, sobre todo porque, en muchos casos, los personajes idolatrados fueron criminales y sus vidas no son ejemplares ni dignas de hagiografías. Sin embargo, por impotencia o por oportunismo, ha terminado por tolerarlos, y una parte del clero latinoamericano los defiende por convicción. La propia Iglesia salió a competir, aceptando costumbres supersticiosas como el culto a san Cayetano, convertido en un santo milagrero, al que se agregó san Expedito, que soluciona las causas urgentes, y la Virgen Desatanudos, que resuelve casos difíciles. También ha incorporado ritos sectarios como las ?misas carismáticas?, y permite la práctica de los curas ?sanadores?, nombre nuevo para disfrazar la vieja superchería de los manosantas o curanderos que, a su vez, tenían su antecedente primitivo en magos, brujos y hechiceros.
Las concesiones de la Iglesia no siempre resultaron redituables para ella: la beatificación de Ceferino Namuncurá fue repudiada por los sectores más radicalizados de la comunidad mapuche porque lo consideraron ?parte del botín de guerra de la conquista?. El propio Ceferino se había ?blanqueado? al abandonar la comunidad indígena para irse a vivir a Roma, donde murió.
Algunos teólogos populistas rechazan el elemento racional del cristianismo que viene de la tradición aristotélica. Para dar lugar a los innumerables ídolos populares consideran el monoteísmo como el producto de una élite intelectual de eclesiásticos alejados de las masas e ?impuesta por la Iglesia internacional como cultura oficial o ideología hegemónica en Occidente para dar sentido a la realidad del imperio dominador?. Reivindican, en contraposición, el politeísmo instintivo de semidioses, ídolos y símbolos nacionales o locales, ligados a la tierra, porque el pueblo sería más afín a éstos que al lejano y oculto Dios único. Esta dicotomía no es nueva, se remonta a los románticos alemanes que, con Hölderlin, oponían ?el politeísmo de la imaginación? al ?monoteísmo de la razón?.

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