CONCLUYÓ EL CAMPEONATO MUNDIAL DE FUTBOL

Excelente fotografía del Cristo del Corcovado con la luna entre sus brazos 

Según algunas opiniones, el campeonato mundial 2014 de Fútbol FIFA fue el mejor de todos los que ha habido. Sin embargo, otra opinión, de un conocedor del tema me dice que tal vez el mejor fue el que se celebró en México entre el 31 de mayo y el 21 de junio de 1970, durante el gobierno del licenciado Gustavo Díaz Ordaz, en el que el último partido fue entre Italia y Brasil, ganando Brasil por 4 a 1. Por cierto que al final del campeonato se retiró Edson Arantes do Nascimiento, mundialmente conocido como Pelé, quien no iba a jugar porque el entrenador no lo había incluido alegando que estaba miope y tenía un problema en la pelvis, pero el entrenador fue destituido y se nombró otro en su lugar, quien sí llamó a Pelé. La historia de ese incidente es la siguiente: en el terreno deportivo, la Selección de Brasil era dirigida por el entrenador Joäo Saldahna. Su particular personalidad y su conocida militancia comunista durante la dictadura militar en la que se encontraba su país, provocaron diversas polémicas en torno a su figura, destacándose la que enfrentó con Pelé, que no tenía simpatías por el comunismo. Saldanha publicó en el periódico O Globo que Pelé sufría de miopía y de una lesión a la cadera, provocando la molestia del jugador y el posterior desmentido. Saldanha finalmente anunció que no convocaría al delantero para el torneo, lo que motivó que fuese relevado de su puesto y fuese reemplazado por Mario Zagallo, quien de inmediato repuso a Pelé en la nómina de jugadores y durante todo el campeonato este metió varios goles.

En el partido final, Brasil derrotó a Italia por 4 a 1, lo que permitió al seleccionado sudamericano coronarse, por tercera vez, como campeón del mundo, adjudicándose definitivamente la codiciada Copa Jules Rimet. Yo tu¡ve la suerte de verlo en persona en el Estadio Azteca

Otros opinan que el Campeonato Mundial en Sudáfrica fue mejor. Pero el caso es que este último fue excelente y produjo grandes sorpresas, como por ejemplo el equipo de México, que hizo un excelente papel y cuando regresaron a México fueron recibidos como héroes por los aficionados y el presidente Enruque Peña Nieto les recibió en su residencia oficial denominada Los Pinos.  Fue una muy grata sorpresa el equipo de de Costa Rica. No en vano los futbolistas fueron recibidos como héroes por el pueblo tico, encabezado por el Presidente de la República. Y aunque el equipo de Colombia siempre ha sido bueno, considero que el de este campeonato mundial ha sido el mejor. Y por ello los jugadores también fueron recibidos como héroes en Bogotá a su regreso. En general, debe reconocerse que el Campeonato Mundial de la FIFA 2o14 que tuvo lugar en Brasil, fue exitoso, por múltiples motivos, sobre todo porque mantuvo unidos a los pueblos de los países participantes. Y a los millones de personas en el mundo que no pudimos viajar a Brasil para ver de cerca los juegos y nos dimos por satuisfechos viéndolos por televisión. Felicito a todos los canales que transmitieron los juegos. En especial a Univisión de Miami, que lo hizo a la perfección con narradores amenos que, a diferencia de otros, no relataban comno si fuesen locutores de radio lo que se estaba viendo, y nos mantuvo muy dedicados a ver todos los juegos.

Finalmente, a mí me habría gustado que Argentina hubiese ganado es campeonato mundial, pero considero que, lamentablemente, se lo mereció el equipo de Alemania. Y es que todos sus jugadores son buenos y bestán acostumbrados a jugar en equipo en Alemania, y a acoplarse entre ellos, mientras que los equipos de otros países están compuestos por futbolistas que juegan en diferentes partes del mundo. El equipo de Brasil jugaba alrededor de Neymar y cuando éste fue puesto fuera de combate por un golpe en la espalda, les hizo mucha falta. Y el equipo de Argentina tuvo que jugar alrededor de Lionel Messi qu, lógicamente, se mantenía cubierto por los contendientes para evitar que pudiese jugar como sabe hacerlo. En resumidas cuentas, ¡muchas gracias a la FIFA y a Brasil.

El presidente de la FIFA, Joseph Blatter, se abstuvo hoy de elogiar la organización del Mundial de Brasil 2014, mientras que los responsables y anfitriones de la cita celebraron orgullosos el «éxito» del torneo.

«¿Fue ésta la mejor Copa?», indagó un periodista, para escuchar de Blatter que el Mundial de Brasil fue «muy especial». Sin embargo, el suizo no enumeró en su contestación ni la organización ni tampoco el ambiente festivo. Se limitó a hablar del fútbol presentado en los estadios.

«Lo que hizo tan especial esta Copa fue la calidad del fútbol, la intensidad de los partidos. Desde el inicio hubo un fútbol ofensivo, lo que es algo nuevo, porque en general los equipos en la fase de grupos suelen estudiarse unos a los otros, y esta vez fue ‘bum, bum, bum’. No hubo ni un solo partido en el que no hubiese esa intensidad», expresó.

Luego, cuando le preguntaron qué nota le daría a Brasil 2014, Blatter respondió en tono de broma: «Estuvimos calculando toda la noche con nuestras computadoras para definir una nota y hemos llegado a 9,25».

«Es una evolución frente al grado nueve dado a Sudáfrica», agregó Blatter sobre el anterior mundial, una cita que tampoco dejó completamente satisfecho al ente rector.

«Pero hay que tener en cuenta de que la perfección no existe, ni en la vida ni en el fútbol», agregó, en la rueda de prensa realizada hoy en el estadio Maracaná, donde el domingo Alemania se alzó con su cuarto título al derrotar por 1-0 a Argentina en la final.

No obstante, Blatter aseguró hoy que, un día después del término del Mundial, se considera como «un hombre feliz», no sólo porque le gustó el nivel de fútbol presentado en la cita, sino también porque Brasil 2014 obtuvo una gigantesca repercusión internacional.

«Nunca un evento, ya sea cultural o deportivo, obtuvo tanta repercusión en el mundo, y por esto hay que agradecerle a ustedes, los de la prensa».

«Hemos recibido un mensaje del papa Francisco, quien dijo que fue un Mundial maravilloso que conectó a las personas. Y esto pese a que seguramente no está feliz», expresó, aludiendo a la derrota sufrida en la final por argentina, el país natal de Jorge Mario Bergoglio.

El moderado entusiasmo de Blatter contrastó fuertemente con el orgullo y alivio manifestado por los organizadores brasileños al final de un Mundial que -pese a problemas como el «apagón» de los servicios de internet en el Maracaná poco antes de la final- estuvo muy lejos de ser el desastre previsto por analistas en razón del retraso en la entrega de varios estadios.

«Tuvimos mucho fútbol y récord de goles, y no hubo la crisis que se previó en aeropuertos, movilidad urbana y telecomunicaciones. Tenemos el orgullo de decir que, además de la celebración que sólo los brasileños saben hacer, también tuvimos éxito en la organización», afirmó el CEO del comité organizador local (COL), Ricardo Trade.

Asimismo, el representante del gobierno de Dilma Rousseff en el COL, Luiz Fernandes, sostuvo que, salvo por «problemas puntuales, que no afectaron a la operación sistémica», el Mundial de Brasil «fue un éxito desde el punto de vista organizativo».

A su vez, el ministro brasileño del Deporte, Aldo Rebelo, recordó que el Mundial de Brasil estuvo rodeado de «un estado de espíritu de pesimismo y sospecha», pero sostuvo que el país superó esas dificultades y pudo realizar una Copa a la altura de lo que esperaba el mundo».

El ministro destacó como los principales problemas del Mundial las muertes en sendos accidentes automovilísticos de dos periodistas argentinos, Jorge Luis López y María Soledad Fernández: «Pedimos disculpas a las familias y a los órganos de prensa por estos sucesos».

elPeriódico ayer publicó este brillante artículo del escritor  español nacido en Perú Mario Vargas Llosa, que me permito reproducir:

MARIO VARGAS LLOSA PIEDRA DE TOQUE


La careta del gigante

El mito de la Canarinha nos hacía soñar hermosos sueños. Pero en el fútbol como en la política es malo vivir soñando y siempre preferible atenerse a la verdad, por dolorosa que sea.

Me apenó mucho la cataclísmica derrota de Brasil ante Alemania en la semifinal de la Copa del Mundo, pero confieso que no me sorprendió tanto. De un tiempo a esta parte, la famosa Canarinha se parecía cada vez menos a lo que había sido la mítica escuadra brasileña que deslumbró mi juventud y esta impresión se confirmó para mí en sus primeras presentaciones en este campeonato mundial, donde el equipo carioca dio una pobre imagen haciendo esfuerzos desesperados para no ser lo que fue en el pasado sino jugar un fútbol de fría eficiencia, a la manera europea.

No funcionaba nada bien; había algo forzado, artificioso y antinatural en ese esfuerzo, que se traducía en un desangelado rendimiento de todo el cuadro, incluido el de su estrella máxima, Neymar. Todos los jugadores parecían embridados. El viejo estilo –el de un Pelé, Sócrates, Garrincha, Tostao, Zico– seducía porque estimulaba el lucimiento y la creatividad de cada cual, y de ello resultaba que el equipo brasileño, además de meter goles, brindaba un espectáculo soberbio, en que el fútbol se trascendía a sí mismo y se convertía en arte: coreografía, danza, circo, ballet.

Los críticos deportivos han abrumado de improperios a Luiz Felipe Scolari, el entrenador brasileño, al que responsabilizan de la humillante derrota por haber impuesto a la selección carioca una metodología de juego de conjunto que traicionaba su rica tradición y la privaba de la brillantez y la iniciativa que antes eran inseparables de su eficacia, convirtiendo a los jugadores en meras piezas de una estrategia, casi en autómatas. Sin embargo, yo creo que la culpa de Scolari no es solo suya sino, tal vez, una manifestación en el ámbito deportivo de un fenómeno que, desde hace algún tiempo, representa todo el Brasil: vivir una ficción que es brutalmente desmentida por una realidad profunda.

No hubo ningún milagro en los años de Lula, sino un espejismo que ahora comienza a despejarse.

Todo nace con el Gobierno de Lula da Silva (2003-2010), quien, según el mito universalmente aceptado, dio el impulso decisivo al desarrollo económico de Brasil, despertando de este modo a ese gigante dormido y encarrilándolo en la dirección de las grandes potencias. Las formidables estadísticas que difundía el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística eran aceptadas por doquier: de 49 millones, los pobres bajaron a ser solo 16 millones en ese periodo, y la clase media aumentó de 66 a 113 millones. No es de extrañar que, con estas credenciales, Dilma Rousseff, compañera y discípula de Lula, ganara las elecciones con tanta facilidad. Ahora que quiere hacerse reelegir y que la verdad sobre la condición de la economía brasileña parece sustituir al mito, muchos la responsabilizan a ella de esa declinación veloz y piden que se vuelva al lulismo, el gobierno que sembró, con sus políticas mercantilistas y corruptas, las semillas de la catástrofe.

La verdad es que no hubo ningún milagro en aquellos años, sino un espejismo que solo ahora comienza a despejarse, como ha ocurrido con el fútbol brasileño. Una política populista como la que practicó Lula durante sus gobiernos pudo producir la ilusión de un progreso social y económico que era nada más que un fugaz fuego de artificio. El endeudamiento que financiaba los costosos programas sociales era, a menudo, una cortina de humo para tráficos delictuosos que han llevado a muchos ministros y altos funcionarios de aquellos años (y los actuales) a la cárcel o al banquillo de los acusados. Las alianzas mercantilistas entre Gobierno y empresas privadas enriquecieron a buen número de funcionarios y empresarios, pero crearon un sistema tan endemoniadamente burocrático que incentivaba la corrupción y ha ido desalentando la inversión. De otro lado, el Estado se embarcó muchas veces en faraónicas e irresponsables operaciones, de las que los gastos emprendidos con motivo de la Copa Mundial de Fútbol son un formidable ejemplo.

El Gobierno brasileño dijo que no habría dineros públicos en los US$13 millardos que invertiría en el Mundial de Fútbol. Era mentira. El BNDS (Banco Brasileño de Desarrollo) ha financiado a casi todas las empresas que ganaron las obras de infraestructura y que, todas ellas, subsidiaban al Partido de los Trabajadores actualmente en el poder. (Se calcula que por cada dólar donado han obtenido entre US$15 y US$30 en contratos).

Las obras mismas constituían un caso flagrante de delirio mesiánico y fantástica irresponsabilidad. De los 12 estadios acondicionados solo se necesitaban ocho, según advirtió la propia FIFA, y la planificación fue tan chapucera que la mitad de las reformas de la infraestructura urbana y de transportes debieron ser canceladas o solo serán terminadas ¡después del campeonato! No es de extrañar que la protesta popular ante semejante derroche, motivado por razones publicitarias y electoralistas, sacara a miles de miles de brasileños a las calles y remeciera a todo el Brasil.

Las cifras que los organismos internacionales, como el Banco Mundial, dan en la actualidad sobre el futuro inmediato de Brasil son bastante alarmantes. Para este año se calcula que la economía crecerá apenas un 1.5 por ciento, un descenso de medio punto sobre los últimos dos años en los que solo raspó el dos por ciento. Las perspectivas de inversión privada son muy escasas, por la desconfianza que ha surgido ante lo que se creía un modelo original y ha resultado ser nada más que una peligrosa alianza de populismo con mercantilismo y por la telaraña burocrática e intervencionista que asfixia la actividad empresarial y propaga las prácticas mafiosas.

Las obras del Mundial de Fútbol han sido un caso flagrante de delirio e irresponsabilidad.

Pese a un horizonte tan preocupante, el Estado sigue creciendo de manera inmoderada –ya gasta el 40 por ciento del producto bruto– y multiplica los impuestos a la vez que las “correcciones” del mercado, lo que ha hecho que cunda la inseguridad entre empresarios e inversores. Pese a ello, según las encuestas, Dilma Rousseff ganará las próximas elecciones de octubre, y seguirá gobernando inspirada en las realizaciones y logros de Lula da Silva.

Si es así, no solo el pueblo brasileño estará labrando su propia ruina y más pronto que tarde descubrirá que el mito en el que está fundado el modelo brasileño es una ficción tan poco seria como la del equipo de fútbol al que Alemania aniquiló. Y descubrirá también que es mucho más difícil reconstruir un país que destruirlo. Y que, en todos estos años, primero con Lula da Silva y luego con Dilma Rousseff, ha vivido una mentira que irán pagando sus hijos y sus nietos, cuando tengan que empezar a reedificar desde las raíces una sociedad a la que aquellas políticas hundieron todavía más en el subdesarrollo. Es verdad que Brasil había sido un gigante que comenzaba a despertar en los años que lo gobernó Fernando Henrique Cardoso, que ordenó sus finanzas, dio firmeza a su moneda y sentó las bases de una verdadera democracia y una genuina economía de mercado. Pero sus sucesores, en lugar de perseverar y profundizar aquellas reformas, las fueron desnaturalizando y regresando el país a las viejas prácticas malsanas.

No solo los brasileños han sido víctimas del espejismo fabricado por Lula da Silva, también el resto de los latinoamericanos. Porque la política exterior de Brasil en todos estos años ha sido de complicidad y apoyo descarado a la política venezolana del comandante Chávez y de Nicolás Maduro, y de una vergonzosa “neutralidad” ante Cuba, negándoles toda forma de apoyo ante los organismos internacionales a los valerosos disidentes que en ambos países luchan por recuperar la democracia y la libertad. Al mismo tiempo, los gobiernos populistas de Evo Morales en Bolivia, del comandante Ortega en Nicaragua y de Correa en el Ecuador –las más imperfectas formas de gobiernos representativos en toda América Latina– han tenido en Brasil su más activo valedor.

Por eso, cuanto más pronto caiga la careta de ese supuesto gigante en el que Lula habría convertido al Brasil, mejor para los brasileños. El mito de la Canarinha nos hacía soñar hermosos sueños. Pero en el fútbol como en la política es malo vivir soñando y siempre preferible –aunque sea dolorosa– atenerse a la verdad.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2014.

© Mario Vargas Llosa, 2014.

Para terminar, espero que no tendré problemas por haber reproducido este brillante artículo sin autorización previa del periodista, novelista, escritor y ensayista peruano y español Mario Vargas Llosa, merecedor del premio Príncipe de Asturias de las Letras de España en 1986 y del premio Nobel de Literatura en el 2010, a quien el rey de España confirió el título de «marqués de Vargas Llosa» ni tampoco de parte del diario español EL PAÍS.

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