MUCHAS GRACIAS (3)

Voy a continuar relatando lo que dije improvisadamente en el emotivo acto en el cual la Fundación Mario Monteforte Toledo me otorgó la Orden Mario Monteforte Toledo por ser el decano de los periodistas activos, el 26 de julio próximo pasado, sobre algunos episodios de mi larga experiencia periodística, sobre las cuales publiqué un primer artículo con este mismo título el 8 del mes en curso. Perdonen que me haya tomando tanto tiempo en continuar la secuencia, pero, francamente, no tenía ganas de escribir. Algunos se preguntarán qué hacía todo el tiempo para costearme la vida mientras no me pagaban los medios de comunicación, y no tengo inconveniente en explicarles que tuve que trabajar en otras actividades bien remuneradas, como llevar las relaciones públicas de algunas empresas, lo cual me era más fácil siendo un periodista muy leído y relativamente influyente, como lo fui todo el tiempo.

Cuando fui despedido del diario Prensa Libre, por medio de su director, mi viejo y «entrañable amigo»(?) Pedro Julio García, a instancias del abogado de esa empresa (de cuyo nombre no quiero ni acordarme) para marcar una distancia conmigo después de que fui declarado culpable de cometer los delitos de injuria y difamación en un juicio que se celebró el 29 de junio de 1967 en el Juzgado Sexto de Primera Instancia de lo Criminal, de parte de un malhechor internacional de nacionalidad italiana de nombre Orazio Cultreri Bucceri por haber denunciado en varios de mis artículos que un antes de caer en Guatemala había sido expulsado de numerosos países, porque el Articulo  161 del Código Penal establece que «Es  injuria  toda  expresión  o  acción  ejecutada  en  deshonra, descrédito menosprecio de otra persona«. Y el Artículo 162 agrega que «Al acusado de injuria no se le admitirá prueba sobre la verdad de la imputación», razón por la cual no me sirvieron de nada todos los informes oficiales que tenía en mi poder autenticados de parte de las autoridades de Policía y Migración de Argentina, Chile, Ecuador, Perú, Venezuela, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y México. La actitud asumida por la empresa de ese periódico fue a todas luces desleal e inconsecuente porque desde su primer número yo había venido escribiendo gratis una columna diaria (Escena por Apuntador o Buenos días firmada con mi nombre) y solo durante el último año me pagaron el ridículo sueldo de Q100 mensuales, y todo lo que yo publicaba había sido previamente revisado y aprobado por el director. Pero se sabía que detrás de perder mi juicio por la Rama Penal seguía un juicio por la Rama Civil contra la empresa del periódico demandando el pago de varios millones de quetzales por «daños y perjuicios» y por eso decidieron que les era conveniente despedirme para poder alegar que yo había sido el único responsable de lo que publiqué y la empresa del periódico era ajena a mis comentarios, a pesar de que el director siempre revisaba cuidadosamente todos mis artículos antes de que se publicaran. Por cierto que cuando se corría el peligro de que Prensa Libre perdiese la demanda, durante el gobierno del licenciado Julio César Méndez Montenegro, Cultreri fue detenido por la Policía Nacional y expulsado del país a la República Dominicana o Puerto Rico. Más tarde me enteré que en una calle de Puerto Rico había sido asesinado por la mafia. Y desde entonces en todos los periódicos se establece en las páginas de opinión que los autores de los artículos o columnas son los únicos responsables de lo que expresan, para evitar problemas a las empresas. Pero bueno, en este caso se cumplió el viejo refrán popular que dice que «así paga el diablo a quien bien le sirve». En esa situación, para poder continuar cultivando mi vocación de periodista, fui a pedir posada a Jorge Carpio Nicolle, propietario y director del diario El Gráfico y comencé a escribir –también gratis, porque se aprovecharon de que sabían lo que me había ocurrido en Prensa Libre— una columna diaria que poco más tarde no fue sólo una columna cada día, sino, además, dos páginas los domingos. Así trascurrieron varios años, hasta que por fin logré que me pagaran mensualmente la suma de Q2,000 que en aquellos tiempos era una miseria. Pero era algo y yo sentía necesidad de escribir para continuar mi vocación, por lo que acepté a regañadientes. Pero era desagradable escribir en ese periódico  por la constante censura que se ejercía, entre otras cosas porque Carpio Nicolle tenía la ambición de llegar a ser electo Presidente de la República y prohibía que se publicara tan siquiera el nombre de quien él creía que sería su principal contendiente, el licenciado Manuel Colom Argueta, que era mi querido amigo. Cuando los militares por fin decidieron dejar el poder en manos de los civiles, gracias al entonces Jefe de Gobierno de facto general Óscar Humberto Mejía Víctores y a su principal poderoso consejero, a quien en los círculos políticos se denominaba «monge gris», licenciado Fernando Andrade Díaz-Durán, llamado «Pelo Lindo», lo cual había tratado de hacer antes de ellos el general Lucas García, pero los dirigentes de los partidos políticos le propusieron para sucederle a otro candidato militar, el general Ángel Aníbal Guevara, quien anteriormente había sido ministro de la Defensa y, aunque realmente ganó las elecciones, provocó que un grupo de jóvenes oficiales que se oponían al general Guevara, le diesen un golpe de Estado. Antes que eso, Carpio había participado en las elecciones que ganó el candidato del partido Democracia Cristiana Guatemalteca (DCG), licenciado Marco Vinicio Cerezo Arévalo, y durante ese gobierno era evidente que detestaba a todos los demócratascristianos, especialmente al presidente Cerezo y a su principal funcionario, Alfonso Cabrera Hidalgo, que eran amigos míos, y un día que publiqué en una columna que, en mi opinión, el Congreso de la República había hecho mal en no autorizar al presidente Cerezo a salir del país para viajar al Japón, donde iba a participar en las solemnes exequias del Emperador Hirohito, porque iban a concurrir también muchas altas personalidades del mundo, en cuenta el recientemente electo presidente de los Estados Unidos de América, George Bush (padre) y reyes y príncipes, Martita Arrivillaga de Carpio, esposa de Jorge, ante varias personas me enrostró en una forma sumamente desagradable y ofensiva que lo hubiese publicado, una noche en el Teatro Nacional para la presentación de los premios Opus que serían entregados por la bellísima actriz francesa Catherine Deneuve, y me preguntó de manera ofensiva si ya me habían «concertado», lo cual equivalía a preguntarme si ya me había comprado el gobierno o si yo me había vendido. Lo cual me disgustó tanto que ni siquiera asistí a una cena privada que le ofrecían posteriormente a la estrella, aunque tenía grandes deseos de conocerla personalmente. Pero, sin pérdida de tiempo, al día siguiente publiqué un artículo denunciando ese desafortunado hecho, lo cual bastó para que un día después se me informara que ya no se iban a publicar más mis columnas. Y tuve que comenzar a pensar qué podría hacer en adelante para continuar mi actividad periodística.

Entonces fundé mi inolvidable revista La Semana, de grata recordación, con mi amigo el excelente periodista español Fernando Albert, en la que por primera vez en mi vida iba a ser quien escogiera el rumbo de mi periodismo, y, para enriquecer la revista, contraté como Jefe de Redacción a quien por entonces era mi gran amigo, el genial poeta, periodista, dramaturgo y escritor Manuel José Arce, pagándole un sueldo elevado en el país en esa época, que según me confesó emocionado, era el más alto que había recibido en toda su vida. Pero después de que quebró la revista, al cabo de algún tiempo se disgustó conmigo porque en una de mis columnas dije en son de broma o animus jodiendi que era un «cachimbiro» por usar en su automóvil una bocina con la repetitiva musiquita patriótica estadounidense «Yankee Dodle Dandy», de George M. Coham, lo cual nunca me perdonó hasta el día de su muerte prematura en Francia. Y en venganza escribió unas babosadas hirientes contra mí, primero una columna titulada «Palito con caca» diciendo que no se me podía tocar sin mancharse las manos de caca y otras pendejadas por el estilo en un librito que publicó posteriormente con el nombre «Diario de un Escribiente», diciendo, entre otras cosas, que «cuando le dio por andar en malas compañías», había escrito editoriales en la revista La Semana que firmaba el director (yo, pues), lo cual cualquiera que me conozca un poco sabe muy bien que son mentiras porque yo siempre he sido el autor de todo lo que he publicado firmado con mi nombre. Porque aunque es indudable que Manuel José Arce era un escritor genial y empleaba mucho el humorismo, pero solo para referirse a los demás, y era sumamente delicado –de esos a quienes se califica popularmente de «mirame y no me tentés» y odiaba que le hicieran alguna broma que pudiera parecer irrespetuosa, burlona, peyorativa o hiriente. Y luego se disgustó aún más conmigo cuando dijo que se había tenido que ir a Francia como exiliado político, y yo publiqué un artículo en el que dije que era mentira porque se había ido detrás de una mujer francesa de mediana edad, casada, con quien aquí había tenido amores y quedaron en reunirse en Francia, pero cuando él llegó se encontró con la desagradable sorpresa de que ella había vuelto a juntarse con el marido y le dijo que lo sentía mucho pero todo había terminado entre ellos dos. Como c9nsecuencia de lo cual él se deprimió mucho y no quiso regresar a Guatemala porque tendría que reconocer que no era un perseguido político, como había dicho cuando se marchó. Un año más tarde tuve serios problemas económicos porque me faltó el apoyo de los publicistas y de los anunciantes, además de que una noche fui citado (para no decir que conminado a asistir) al despacho del temible Presidente de la República en turno,  general Carlos Manuel Arana Osorio, quien me dijo muy seriamente que la G-2 o Servicio de Inteligencia Militar había «detectado» que la revista La Semana era «Antiestablishment» y eso no les gustaba porque eran tan ignorantes e intolerantes que lo interpretaban como subversión, y me aconsejó venderla antes de tener «más problemas», lo cual era sumamente peligroso en aquellos días en los que gobernaba la autollamada «violencia organizada» del partido político Movimiento de Liberación Nacional (MLN) del temible lider anticomunista internacional Mario Sandoval Alarcón, que a la sazón era presidente del Poder Legislativo y Congreso de la República. Yo le respondí que me sorprendía mucho que la Institución Armada hubiese tenido que recurrir a la G-2 o Servicio de Inteligencia Militar para poder darse cuenta de que mi revista era definitivamente «Antiestablishment», porque bastaba con leer mis editoriales para darse cuenta de que yo mismo decía que lo era. Entonces Arana me dijo muy seriamente que, además, se decía que fumábamos marigüana y eso nos «podría costar muy caro», lo cual, en esos días en los que se vivía en permanente estado de sitio, sin garantías constitucionales, era una temible amenaza. ¡Pero ese fue el fin de mi querida revista! Se la «vendí» (supuestamente) en US$30 mil al licenciado Roberto Girón Lemus, muy amigo del presidente Arana y propietario de la Editorial del Istmo, que publicaba el diario La Nación, donde durante un año también escribí una columna diaria (gratis) mientras esperaba que me pagara lo que habíamos convenido por mi revista, pero como nunca me pagaba, un día perdí la paciencia y la dulzura del carácter y lo visité en su oficina, y en cuanto nos vimos le pegué una sonora trompada en la boca. ¡Esa fue la trompada más cara que he pegado en toda mi vida! ¡Pero confieso que me causó una enorme satisfacción! Después comencé a escribir en el diario La Hora, al lado de su fundador y director, el gran periodista, escritor, historiador, polemista y político licenciado Clemente Marroquín Rojas –el periodista más emblemático de Guatemala–, quien muchos años antes había sido socio y buen amigo de mi papá en la primera etapa de ese periódico, pero ambos eran partidarios del general Lázaro Chacón y opositores de la candidatura del dis que «general» Jorge Ubico y publicaron contra él una larga serie de terribles artículos titulados «Desnudando al ídolo», por lo cual Marroquín Rojas tuvo que huir a México donde vivió en el «amargo exilio» durante los 14 años de duración de esa dictadura. En el vespertino La Hora escribí una columna diaria en la página Editorial y varios artículos en las páginas informativas, pero el licenciado Marroquín Rojas me advirtió desde el primer día que no podría pagarme porque las condiciones económicas de su periódico no lo permitían. Pero para mi lo importante era que constituía un privilegio y un honor trabajar al lado de tan insigne periodista, todo un ícono del periodismo guatemalteco. Todo marchaba muy bien, sobre todo porque día tras día aprendía mucho de Marroquín Rojas, hasta que un día sostuve una desagradable polémica con el ministro de Salud Pública, doctor Julio Benjamín Sultán, porque yo había publicado antes un reportaje sobre las pésimas condiciones en las que se encontraba el hospital de Escuintla, y esto le había enfurecido, y mandó una carta terrible contra mí, la cual publicaron, que me hizo escribir una respuesta adecuada para publicar al día siguiente, pero la gerente del periódico, la solterona Marina Marroquín Milla, hija mayor de don Clemente, era muy amiga del Dr. Sultán desde hacía mucho tiempo y cometió el abuso de interceptar mi respuesta e impedir que se publicara a pesar de que ya había sido «levantada» en los  linotipos, lo cual me indignó mucho y me hizo renunciar de seguir colaborando en ese periódico tras publicar un artículo explicando las razones que tenía para irme de La Hora. De ahí pasé a escribir en el diario Impacto, propiedad del periodista Oscar Marroquín Milla, hijo de Marroquín Rojas, donde publiqué una columna (también gratis), durante poco más de un año, pero ese era un periodiquito de muy escasa circulación y pronto me retiré para escribir una columna diaria y una página dominical en el semanario Siete Días propiedad de quien entonces era mi amigo, el periodista Gonzalo Marroquín Godoy, hijo de Óscar y nieto de don Clemente, pero tampoco me pagaban nada. Entonces Jorge Carpio Nicolle me llamó por teléfono un día para pedirme que regresara a El Gráfico y me prometió que no solo iba a pagarme Q2,500 mensuales, sino, además, iba a reconocerme todo lo que no me había pagado anteriormente, lo cual no hizo jamás, al final de cuentas, por lo que lo demandé ante un Tribunal de Trabajo, pero perdí el caso porque su abogado fue más hábil que el mío. Debido a todo esto fue que dije durante el acto de homenaje que se me rindió que después de 64 años de ejercer este fascinante oficio, pero que al mismo tiempo tan incomprendido, tan mal pagado y tan peligroso, había llegado a la conclusión de que en Guatemala no se puede vivir del periodismo… ¡pero sí se puede morir un periodista por el hecho de publicar lo que uno piensa! Como se demostró con todos los periodistas que murieron asesinados, ya sea por los militares intolerantes, como le ocurrió al militante izquierdista Otto René Castillo, o por los guerrilleros izquierdistas, como fue el caso de mi querido amigo Isidoro («Chilolo») Zarco Alfasa, gerente y columnista de Prensa Libre que fue asesinado en una calle de la ciudad en una emboscada por los guerrilleros.

En el transcurso de ese largo tiempo tuve varios problemas con las autoridades intolerantes de turno, y durante el gobierno de la mal llamada «liberación nacional» del coronel Carlos Castillo Armas, fui uno de los fundadores del Partido Revolucionario (PR) que apoyaba la candidatura presidencial del licenciado Mario Méndez Montenegro, y fui detenido varias veces por distintos motivos, y en una de tantas me metieron preso e incomunicado una semana en el Cuartel No. 1 de la Policía Nacional y el tenebroso jefe de la Policía Secreta, José Bernabé Linares, me pegó personalmente una sonora cachetada en la cara que me dejó muchos días con un permanente zumbido en el tímpano. Y una noche fui sacado de la cárcel y transportado en un jeep a la frontera con México y me dejaron en el Río Suchiate, sin dinero ni documentos, y los policías secretos que me llevaban me amenazaron con matarme si no cruzaba el río y trataba regresar al territorio nacional. Afortunadamente el río no estaba crecido y me fue fácil llegar caminando a la otra orilla y, como pude, me las arreglé para llegar hasta el Distrito Federal donde solicité asilo político. En México trabajé de nuevo en la importante Revista política Siempre!, de mi querido amigo el gran periodista José («Pepe») Pagés Llergo, donde compartía el trabajo con el compatriota Mario Monteforte Toledo –con quien por entonces éramos buenos amigos y compañeros de tragos, pero se enemistó conmigo y dejó de hablarme desde que llegué de embajador del gobierno del general Romeo Lucas García–, y trabajé también en el noticiario de Televisa a cargo de mi querido amigo el licenciado y excelente periodista Jacobo Zabludovsky, y no me puedo quejar de cómo me fue durante todo ese tiempo. En realidad, debo decir sinceramente que para mí los exilios en México nunca fueron ni amargos, ni duros, ni difíciles, como han dicho otros, porque siempre logré desenvolverme muy bien y tuve éxitos, grandes satisfacciones y muchas alegrías. Por eso me ha parecido tan interesante observar los pasos de la vida, después de que fuimos primero amigos y después se enojó conmigo, ahora me concedieron la Orden que lleva su nombre. ¡Cosas de la vida! Y a diferencia de Guatemala, en México sí me pagaron bien por mis servicios profesionales. Después de algún tiempo logré obtener visa de regreso a Guatemala, pero al poco tiempo de mi regreso me encarcelaron de nuevo y me fueron a tirar esta vez al Río Paz, en la frontera con El Salvador, donde durante varios meses compartí el exilio con el gran poeta quetzalteco Otto René Castillo, autor del emotivo poema que comienza diciendo «Vamos patria a caminar, yo te acompaño», y ambos gozábamos todos los días de la grata compañía y entrañable amistad del genial poeta y escritor salvadoreño Roque Dalton García, a quien durante el gobierno de mi buen amigo el general e ingeniero Miguel Ydígoras Fuentes, yo hospedé en mi casa, aquí en Guatemala, según creía yo estaba escondido para que no se enteraran las autoridades, debido a que había tenido que huir de la represión militar de El Salvador, porque le acusaban de ser comunista, cuando en realidad no no era, tanto así que posteriormente fue cobardemente asesinado por los guerrlleros comunistas bajo el mando del comandante guerrillero Joaquín Villalobos. Por cierto que yo creía que nadie estaba enterado de que tenía «escondido» en mi casa a Roque Dalton García, pero un día de tantos el presidente Ydígoras Fuentes me dijo como en secreto: «Mire Jorgito, sería bueno que le diga a su huésped Roque Dalton que se regrese pronto a El Salvador, porque aquí ya se sabe que es su huésped». ¡Ese general Ydígoras Fuentes era un hombre simpatiquísimo y de una extraordinaria ilustración y tenía un excelente sentido del humor! Además de haber sido mi gran amigo y permitirme siempre que le hablara con toda franqueza. A tal grado que por un consejo mío, del que después nos arrepentimos, más él que yo, después de la insurrección del 13 de noviembre, cuando destituyó del cargo de ministro de la Defensa al coronel Rubén González Siguí (apodado «Puñalada») y me enteré que en su lugar iba a nombrar a su Jefe de Estado Mayor, coronel Gildardo Monzón Peulvé, con quien yo no tenía buenas relaciones, y le sugerí que mejor nombrara al coronel Enrique Peralta Azurdia, apodado «El Pollino», porque gozaba de una excelente reputación en el Ejército, y el presidente Ydígoras me hizo caso y lo nombró. Al día siguiente me visitó en mi casa el coronel Peralta Azurdia para darme las gracias por haberle sugerido al presidente que lo nombrara. Pero algún tiempo más tarde, el Presidente Ydígoras Fuentes fue derrocado por su propio ministro de la Defensa, coronel Enrique Peralta Azurdia, quien en «agradecimiento» por haberle apoyado para que lo nombraran ministro de la Defensa, me tuvo en el exilio en Nueva York y México durante la mayor parte de su gobierno, y ordenó a los cónsules en esos lugares me dieran visa para regresar al país con el absurdo pretexto de que yo «había sido muy amigo del presidente Ydígoras Fuentes». Obviamente, olvidaba que gracias a esa amistad él había llegado a ser nombrad0 ministro de Defensa. Y al asumir la jefatura de Estado giró órdenes terminantes  a los consulados en Nueva York y México que no me dieran visa para regresar a Guatemala, pero en El Salvador yo conseguí que mi amigo el Cónsul (conocido como «Cabrerita») me diera visa porque a él no le habían dado instrucciones de no otorgármela. Por lo que logré regresar al país por tierra, solo y manejando mi carro por la carretera de la costa, pero al llegar a mi casa cometí el error de llamar por teléfono al jefe de Migración, que era el hijo mayor del coronel Peralta Azurdia, y a quien también yo le había conseguido ese empleo cuando su papá se había disgustado con él por haberse casado con una abogada que le desagradaba como nuera, y yo creí ingénuamente que aún me lo agradecería y me ayudaría a arreglar mi permanencia en el país, pero su «agradecimiento» consistió en mandar aun montón de policías a catear la casa de mi mamá, donde yo vivía, para que me detuvieran y me expulsaran del país. Pero mi querido amigo Manuel Zeceña Diéguez me aconsejó no confiar en él y que me escondiera y me llevó primero a dormir en una oficina en la 10a. calle de la zona 1 y al día siguiente me llevó a su casa, donde permanecí dos semanas escondido en el tapanco, pero cuando supe que todos los días llegaba la Policía a catear la casa de mi mamá y le hacían la vida muy desagradable, accedí a marcharme del país por consideración a ella y tomé un avión de Taca a México el 22 de noviembre de 1963, el mismo día que fue asesinado el Presidente estadounidense John F. Kennedy en Dallas, Texas, de lo cual los pasajeros nos enteramos por el piloto que lo anunció por el micrófono. Por eso tuve que vivir otro período en el exilio, de nuevo en México. ¡Por eso es que le guardo tanta gratitud y agradecimiento a ese gran país que tanto admiro y tanto amo y lo considero mi segunda patria! (Continuará)

Twitter: @jorgepalmieri