AFECTUOSO HOMENAJE A «MUSO» AYAU

Manuel Ayau
* Justo homenaje al Ingeniero Manuel («Muso») Ayau Cordón
Durante los últimos meses, el Ingeniero civil, doctorado honoris causa en Economía Manuel Ayau Cordón, ampliamente conocido por sus numerosos amigos (entre quienes tengo a honra contarme) con el apelativo de «Muso», ha venido padeciendo una grave enfermedad que le ha obligado a someterse a los cuidados médicos de especialistas en hospitales de Houston y Guatemala y le ha mantenido alejado de sus actividades normales, entre ellas escribir su leída columna dominical en el diario Prensa Libre.
En su habitual columna dominical en el diario Siglo Veintiuno, el doctor Armando de la Torre publicó este artículo sobre él la semana pasada, el cual me permito reproducir para unirme al afectuoso homenaje de admiración y afecto que éste significa y porque, sinceramente, no creo que yo podría escribirlo mejor:
Manuel Ayau ya tiene asegurado un sitial eminente en Iberoamérica y, más aún, una mención honorífica en la historia mundial de la Libertad. Nadie como él ha logrado trascender las fronteras con el mensaje ético sobre la responsabilidad de cada quien en la creación de riqueza, dentro de los cánones de las mejores tradiciones de Occidente y sobre bases rigurosamente científicas de una férrea lógica interna.
Todo germinó en aquel momento en que, como joven ingeniero civil guatemalteco, tuvo sus primeras experiencias laborales en América del Norte y, al contrastarlas con las de su natal Guatemala, se hizo la pregunta seminal: ¿por qué somos pobres?
Fue el acertijo que le ocupó durante sus primeros años de intensas reflexiones; y, por sus propias luces, halló la respuesta apropiada: «La pobreza no tiene causas; es el estado natural del hombre. La riqueza, en cambio, sí las tiene, y merecen ser escudriñadas».
Por suerte, esa inquietud le llevó a tropezar con la figura y el pensamiento de Ludwig Erhard, el padre del milagro económico alemán. Ya de antes había establecido contacto, tanto intelectual como personal, con expositores del liberalismo clásico como Henry Hazlitt, William Hutt y Leonard Read. Pero sus mentores más concluyentes habrían de ser los personajes cimeros de esa corriente de análisis económico, para entonces casi del todo apagada, que había iniciado en 1871 Carl Menger y que se conoce como Escuela Austríaca de Economía; gente como Ludwig von Mises y Friedrich August von Hayek, de quienes fue anfitrión en Guatemala, al igual que de grandes luminarias de la Universidad de Chicago, como Milton Friedman.
Manuel Ayau ha sido más que un genial y valeroso autodidacta, al estilo de Adam Smith y David Hume. Su acendrada pasión por la verdad le llevó a erguirse sobre hombros de gigantes en los más variados campos del derecho, la política, la filosofía y hasta del arte musical clásico. Más aún, ha enriquecido a economistas y juristas con matices de su propia inventiva. De ello dan testimonio su prolífica actividad de escritor, sus innumerables conferencias y debates entre lo más selecto del mundo pensante, y las numerosas distinciones que le han llovido, en particular la Presidencia de la prestigiosa Sociedad Mont Pelerin.
En Guatemala nos deja dos instituciones imperecederas: el Centro de Estudios Económicos y Sociales, popularizador de los valores y métodos del pensamiento liberal ilustrado desde 1958, y la Universidad Francisco Marroquín, fundada por él y un puñado de empresarios en 1971, encabezados por su gran amigo Ulises Dent.
En pocos años, la Francisco Marroquín se ha convertido en magneto y catalizador cosmopolita de los talentos más diversos y en punto de peregrinaje internacional para los hombres y mujeres cultos que cuidan de su autonomía personal, como recomendara en su día Immanuel Kant y lo aplicara Guillermo von Humboldt al fundar la Universidad de Berlín, en 1808.
A los jóvenes estudiosos y con coraje cívico pero sin héroes a los que emular, el derrotero se lo marca hoy Manuel Ayau –para sus amigos, el Muso–. Para muchos de ellos, es la intrepidez personificada y el símbolo vivo de los valores que sustentan a su familia. Añádase también su empuje empresarial, su disciplina en el trabajo y su capacidad de quedarse solo antes que sumarse a cualquier corriente superficial de moda. Y un exquisito sentido del humor. En otras palabras: nadie como el Muso tan emblemático de lo que los griegos consideraban atributos propios de «los mejores».
Y jamás se ha recluido en torre de marfil alguna. Aparte de sus éxitos comerciales, se ha fogueado en los ámbitos cívico y político. Electo diputado al Congreso de la República y habiendo aceptado la candidatura para la Presidencia o la Vicepresidencia de la misma, nunca ha traicionado sus principios. Quizás su aporte más ejemplar y revolucionario sea el que le ha ocupado sus últimos años, en los que ha trabajado junto con estudiosos de la talla de José Luis González Dubón en la preparación de una reforma hayekiana de la Constitución guatemalteca.
A mi juicio, Ayau es, muy probablemente, junto a la figura del obispo Francisco Marroquín, el contribuyente más egregio a la moderna identidad nacional guatemalteca, en estas tierras donde floreció al máximo la cultura precolombina de los mayas.
«Nadie es profeta en su tierra», nos advierte el Evangelio; de ahí que haya carecido en Guatemala del apoyo y el aplauso que ha recibido de los más aguzados hombres y mujeres de los cinco continentes. Por eso, ahora, que libra su batalla más encarnizada contra el cáncer, quiero dejar constancia de mi agradecida admiración por este hombre de modales sencillos, humor ocurrente, creatividad brillante… y algo escéptico de su propia infalibilidad, como suele ocurrir con los sabios.
Muso Ayau
«Muso» Ayau, fundador de la Universidad Francisco Marroquín.
Mi comentario: es afortunado que este artículo haya sido escrito por el ilustre doctor Armando de la Torre, nacido en Cuba, pero guatemalteco por adopción, porque es muy difícil que un chapín reconozca públicamente su admiración por los méritos indiscutibles de un compatriota, ya que –¡dolorosamente!– en esta sufrida patria nuestra por lo general somos excesivamente exigentes, envidiosos e intolerantes con nuestros compatriotas valiosos, a quienes siempre buscamos algún defecto (o los inventamos) para descalificaros. Es por esto que en Guatemala no tenemos héroes, porque no sabemos apreciar –ni respetar– a las figuras patrias, a nuestros valores de cualquier ideología o tendencia, en cualquier campo, y quienes han logrado destacar por algún motivo ha sido porque se han ido a vivir al extranjero, algunos de ellos exiliados por los sucesivos regímenes totalitarios que hemos soportado, como el gran escritor, poeta y crítico de arte Luis Cardoza y Aragón, el poeta, escritor y diplomático Miguel Ángel Asturias, premio Nobel de Literatura, el extraordinario cuentista Augusto «Tito» Monterroso, el prolífico periodista y novelista Mario Monteforte Toledo, los poetas Carlos Illescas y Otto Raúl González, etcétera, todos ellos rechazados por una sociedad ignorante, mediocre, envidiosa e hipócrita, que hace la vida imposible o excesivamente difícil a quienes no logra comprender o a quienes se atreven a pensar en forma diferente, como el genial cronista Enrique Gómez Carrillo, el escritor y dramaturgo Manuel Galich, y el exitoso cantautor de fama internacional Ricardo Arjona.
Finalmente, deseo que el querido «Muso» logre salir con bien de este mal momento y pueda reponerse de esta terrible enfermedad, para que regrese pronto a sus habituales actividades patrióticas, culturales y docentes. Mientras tanto, hago llegar mi más afectuoso abrazo de solidaridad a su amada esposa, Olguita, y a sus seis hijos: Olga María, Carmen, Inés, Manuel, Andrés e Isabel, y toda su demás estimada familia.