MUCHAS GRACIAS (y 5)

Podría escribir una interminable cantidad de artículos para agradecer a la Fundación Mario Monteforte Toledo, en general, a su actual presidenta Ana Regina Toledo de Marroquín, y a su padre, el escultor José Toledo Ordóñez (mi entrañable amigo «Pepo»), a mi inefable y admirado amigo el licenciado José Luis Perdomo, quien se encargó de hacer una brillante presentación de mi persona, la cual, francamente, me pareció inmerecida; y a todas las personas del público que acudieron al acto que tuvo lugar  en la Sala que ostenta el nombre del ilustre escritor y crítico de arte antigüeño Luis Cardoza y Aragón de la Embajada de México el jueves 26 de julio, particularmente a ciertas destacadas personalidades que me honran con su amistad, como el admirado y excelente escritor y periodista Francisco Pérez de Antón, el licenciado Alejandro Maldonado Aguirre, actual Magistrado de la Corte de Constitucionalidad, ex ministro de Educación y de Relaciones Exteriores y ex embajador en México; el licenciado Edmond Mulet, actual Subsecretario General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), quien pospuso su regreso a Nueva York para estar presente en este acto; la señora Rita Claveríe de Sciolli, viceministra de Relaciones Exteriores y reciente embajadora en México; el entonces Encargado de Negocios de México, licenciado Carlos Tirado Zavala; la Agregada Cultural de esa embajada, Sandra López; el periodista Mario Antonio Sandoval, vicepresidente y columnista de Prensa Libre, acompañado de su distinguida esposa, licenciada María Eugenia Ruiz de Sandoval, ex decana de la Facultad de Humanidades de la Universidad Rafael Landívar; el doctor Jorge Alejandro Villavicencio, ministro de Salud, acompañado de su bellísima hija Saray; el analista político Julio Ligorría Carballido; el periodista Haroldo Sánchez, director del Noticiario del canal Guatevisión; el ingeniero José Ángel Lee, ex Intendente de la Ciudad de Guatemala; el pintor y escultor Manolo Gallardo; el ingeniero Carlos Meany Valerio y su bella esposa; el licenciado Stuardo Juárez y señora; la empresaria y cantante Aura Ruiz; el escritor y editor Carlos Humberto López Barrios, quien vino de la Ciudad de México, donde reside, para participar en la Feria del Libro; el licenciado y periodista Luis Morales Chúa, columnista de Prensa Libre; el licenciado Danilo Parrinelo, ex ministro de Gobernación y actual columnista de elPeriódico; y algunos de los queridos amigos miembros de la Cofradía de los Viernes, el empresario Ernesto («Neto«) Villa Alfonso, el licenciado Eduardo Palomo Escobar; el empresario Christopher Dent, el constructor José Mynor Palacios Guerra; el licenciado  Víctor Hugo Orantes; el licenciado Ricardo Rubio; mi hijo Alejandro Palmieri Waelti y su hermano mayor Rodrigo Carrillo Waelti; y otras estimadas personas cuyos nombres lamento que no puedo recordar y algunos pocos de mis numerosos parientes, a quienes, lamentablemente, solo veo muy de vez en cuando. Pero no se preocupen ustedes, queridos lectores, porque no lo voy a hacer. De hecho, con este artículo termino esa serie. Debo comenzar a escribir nuevamente sobre los temas del momento.

Sin embargo, hoy quiero repetir la introducción de mi discurso leído y algunas de las cosas de las que hablé en mi improvisación. Lo que leí fue lo siguiente: Señoras y señores, estimados amigos. Comienzo por agradecer profundamente a la Fundación Mario Monteforte Toledo, en general, y a mi querido amigo José “Pepo” Toledo Ordóñez, en particular, porque comprendo que de su generosa amistad proviene el honor que se me otorgue este año la Orden que lleva el nombre del prolífico escritor y periodista Mario Monteforte Toledo acompañada de la escultura vanguardista de José Toledo titulada «El Ángel de las Ideas Fugitivas«.

«El Ángel de las Ideas Fugitivas», escultura de José Toledo

Asimismo, agradezco a ustedes su presencia porque estoy seguro que el hecho de que se hayan tomado de venir significa que me distinguen con su amistad. Reitero que no soy merecedor de la Orden Mario Monteforte Toledo, ni mucho menos de la enorme cantidad de palabras elogiosas que ha expresado sobre mí el querido amigo el maestro José Luis Perdomo y demás personas que me han antecedido en el uso de la palabra. Creo sinceramente que lo único que las justifica es su amistad, que tanto me honra.  Siempre he creído y he expresado por escrito y oralmente que no deben recibir premios o reconocimientos las personas por hacer lo que les gusta hacer, por satisfacer lo que es y ha sido su vocación. Porque creo que el mejor premio es el que se lleva en la conciencia de sentir que se ha tratado de hacerlo lo mejor posible dentro del marco de sus posibilidades intelectuales y físicas. En mi caso, creo que se ha cumplido el mito que un niño se envenena con el olor de la tinta de imprenta, porque yo acompañé a mi padre muchas a las imprentas en las que se editaba un semanario que tenía, y desde entonces me he venido dedicando al periodismo. No se si para bien o para mal, pero a pesar de que me ha causado muchos problemas y frustraciones, me ha dado muchas satisfacciones. Para no aburrirles con un largo discurso que podría ser como una de esas telenovelas interminables que son llamadas «culebrones», he decidido proyectar muchas fotografías interesantes de mi paso por la vida, como si fuese un Odiseo que narra su regreso a Ítaca. Espero que no voy a fastidiarles demasiado.

En la improvisación que hice, mientras se reflejaba en una pantalla algunas fotografías de diferentes etapas de mi vida, dije que en Guatemala las empresas periodísticas explotan la vocación de los periodistas para no pagar salarios decorosos. No es de extrañar que algunos de los reporteros ignoran nuestra historia y carezcan de cultura, con los sueldos tan precarios que les pagan. Dije también que cuando se habla de la censura a la prensa y la consiguiente violación al derecho constitucional de libertad de expresión, se piensa que ésta solamente la imponen los gobiernos militares autoritarios, pero no es así, porque también la imponen las mismas empresas de los medios de comunicación donde uno escribe, ya sea por sus intereses económicos o políticos, o personales. Esto lo tuve que soportar en todos los periódicos en los que escribí, sin excepción alguna. En unos más que en otros. Quizás donde más censura sufrí fue en elPeriódico, porque el presidente de la empresa vendió muchísimas «acciones» y me impedía que pudiera tocar ni con el pétalo de una rosa a los supuestos «accionistas». Constantemente me llamaba por teléfono después de leer los originales de mis artículos, que enviaba por correo electrónico, para pedirme que quitara alguna cosa porque no convenía a sus intereses. ¡Era insoportable! A eso se debió mi salida las dos veces que dejé de escribir para ese medio. Pero afortunadamente, el primer día de la última vez que dejé de escribir ahí encontré la libertad cuando el joven empresario Christopher Dent me propuso escribir un blog por Internet y desde entonces soy libre de escribir lo que quiera y cuanto quiera, y poder reproducir YouTubes o videos hasta musicales. ¡Yo entonces ni siquiera sabía lo que era un blog! Y ahora tengo muchísimos más lectores regados en diversas partes del mundo. El primer blog que publiqué lo titulé «¡Libre al fin!». Asimismo, me referí a que actualmente los medios de comunicación ya no se dan por satisfechos con ser el «cuarto poder», sino ahora pretenden ser el primero. En una entrevista que le hizo el famoso periodista uruguayo Jorge Gestoso al periodista Ignacio Ramonet, director del Observatorio Global de los Medios y ex director de «Le Monde Diplomatic», doctor en Semiología e Historia de la Cultura por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (Escuela de Altos Estudios Sociales) de París y catedrático de la materia Teoría de la Comunicación en la Universidad Denis-Diderot (París-VII) y una de las figuras principales del movimiento anti-globalización, dijo que anteriormente se llamaba a la prensa «cuarto poder», pero después se convirtió en un «segundo poder» junto con el poder económico, pero últimamente pretende convertirse en el primer poder, el poder mediático, al criticar a los gobiernos y a los funcionarios públicos exigiendo que las cosas se hagan como ellos quieren, al extremo que pretenden normar hasta las judicaturas y cuando un juez no falla como ellos quieren le critican muy duramente. Debo decir que yo comparto esta opinión, porque estoy convencido de que hay medios de comunicación que, efectivamente, abusan de la libertad de expresión y actúan con impunidad porque suelen publicar acusaciones no comprobadas contra alguna persona, en un espacio ilimitado, y después, si acaso, publican una «aclaración», pero en un espacio insignificante y la persona que ha sido difamada queda señalada para siempre ante la opinión pública que leyó la  escandalosa acusación, pero ya no leyó la mínima aclaración. Lo cual ocurre constantemente en nuestro país, sin que nadie pueda hacer algo para impedirlo.

Cardenal Mario Casariego y Acevedo, en su dedicatoria dice «Para Jorge Palmieri, con mi estimación y cariño y mi sincero agradecimiento. Cordialmente» porque sabía lo que yo hice para que el gobierno de Méndez Montenegro pudiese rescatarlo con vida.

Y hablé sobre algunas otras ejecutorias en mi vida, ajenas al periodismo, como el haberle salvado la vida al Arzobispo de Guatemala, monseñor Mario Casariego y Acevedo, elevado posteriormente al rango de Cardenal, cuando fue secuestrado por Raúl Lorenzana, jefe de la MANO (Movimiento Anticomunista Nacional Organizado) y yo me enteré dónde lo tenían y le informé a mi amigo el presidente Julio César Méndez Montenegro, razón por la cual tuve que huir del país y exiliarme durante un año en París (Francia) porque la MANO había ordenado mi muerte. ¡Y con eso no se jugaba! Y tuve que pasarme un año en «La Ciudad Luz» con mis queridos amigos Andre Malraux, Miguel Ángel Asturias, el cantautor argentino Atahualpa Yupanqui, el astro francés Maurice Chevalier, el genial escritor argentino-francés Julio Cortazar /(autor de Rayuela, entre otras novelas), el ingeniero Amadeo García y Manuel José Arce, quien todavía no se había disgustado conmigo cuando le llamé cachimbriro. ¡Pobre gente de Paris! ¡Cómo sufrí durante ese año!

S.S. el papa Juan Pablo II con mi amada esposa Anabella y yo durante el primer día de su primera visita a México, cuando le dije que no estábamos unidos por la Iglesia porque mi esposa era divorciada, nos tomó fuertemente con ambas manos y nos dijo: «¡Ahora lo están!» Anabella me dijo que para ella había sido como si se hubiese casado.

Y de cómo contribuí a que el Papa Juan Pablo II pudiese visitar México a pesar de que no había relaciones diplomáticas entre México y el Vaticano y lo prohibía la Constitución mexicana de 1917. Pero cuando mi amigo el Presidente López Portillo me dijo que estaba preocupado porque el papa Woytila quería visitar México, le dije que viajaría a Guatemala para informar al Presidente Lucas y le sugerí que enviara una importante delegación al Vaticano a invitar a Su Santidad a venir a Guatemala en caso de que no pudiese venir a México. Entonces el Presidente Lucas organizá una delegación compuesta por los ex presidentes general e ingeniero Miguel Ydígoras Fuentes, general Carlos Manuel Arana Osorio, general Kjell Laugerud García, el Canciller ingeniero Rafael Eduardo Castillo Valdés, el Cardenal Mario Casariego, el Obispo Auxiliar Mario Martínez de Lejarza, y el empresario agrícola Raúl García Granados, quienes viajaron de inmediato al Vaticano para hacer la invitación. Y tan pronto se enteraron de ello algunos de los diplomáticos mexicanos en Roma, se lo comunicaron a unos miembros del Senado y del Congreso de México, quienes se movilizaron para pedir al presidente López Portillo que se hicieran los arreglos legales necesarios para que el Papa Juan Pablo II pudiese entrar a México.

Agradezco este homenaje especialmente porque me siento compensado por tanta explotación que sufrí de parte de las mezquinas empresas periodísticas para poder desarrollar mi vocación. Me compensa también por tanta intolerancia de los gobiernos despóticos. Me compensa por las arbitrariedades que hay que soportar, tales como la incomprensión, la intolerancia, las persecuciones, las carceleadas, las torturas y los exilios. Me comprensa de que jamás se me haya reconocido que yo fui el Coordinador General de la Primera Feria Centroamericana de Primavera que se celebró durante el período presidencial de mi amigo el general e ingeniero Miguel Ydígoras Fuentes, para lo cual se construyó el Parque de la Industria, donde antes había un pantano y recientemente se celebró la Feria del Libro y ha servido para tantos eventos industriales, comerciales culturales y políticos. En reconocimiento habían colocado una pequeña placa con nuestros nombres, pero al poco tiempo la desaparecieron, o la escondieron. Me compensa de que jamás se me haya reconocido que gracias a mi amistad con el general Miguel Ramón Ydígoras Fuentes, Ramiro Samayoa Martínez y yo le convencimos de que el Teatro Nacional se construyera en la colina donde antes estuvo el cuartel militar San José y que se principiara su contrucción de inmediato y ahora el teatro lleva el nombre de mi querido amigo el genial ingeniero, pintor, escultor, escritor, dramaturgo y poeta Efraín Recinos, en el Centro Cultural que lleva el ilustre nombre de mi querido amigo «El Gran Moyas» Miguel Ángel Asturias, nuestro Premio Nobel de Literatura. Me comprensa de que ningún gobierno de la República jamás me haya dado ni las gracias siquiera por el hecho de que cuando fui embajador en México dejé una magnífica residencia para los embajadores de Guatemala, sin que a nuestro país le costara ni un solo centavo, gracias a que mi amigo el Presidente José López Portillo quiso donármela para que viviera bien allá. Pero cuando se produjo el golpe que derrocó al gobierno del general Romeo Lucas García y gobernaba el país un triunvirato militar, la Cancillería «canceló» mi nombramiento y me dieron un perentorio plazo de tres días para desalojar la residencia que yo había obtenido, y cuando contesté que un plazo tan corto no me sería suficiente para empacar mis pertenencias, el ministerio de Relaciones Exteriores tuvo la inconcebible mezquindad de responderme que «por razones humanitarias» me otorgaban un plazo de una semana. ¡»Razones humanitarias»! ¿Qué les parece? ¡Que hijos de la chingada! Sin embargo, pasaron muchos años antes de que por lo menos se pusiera una placa en algún lugar de la embajada reconodiendo la donación del Presidente José López Portillo durante el período que yo era embajador allá, hasta que, finalmente, lo hizo a principios de este año la anterior embajadora, señora Rita Claveríe de Sciolli.

Este reconocimiento me compensa, también, en fin, por todo lo que he tenido que soportar por atreverme a decir la verdad, o por lo menos mi versión de la verdad, así como por algunas de mis ejecutorias fuera del campo estrictamente periodístico, como mi experiencia como embajador en México, país en el que antes había sido exiliado político dos veces y al que tanto amo como si fuese una segunda patria. Este inmerecido homenaje que me han rendido al otorgarme la Orden Mario Monteforte Toledo con la escultura titulada «El Ángel de las Ideas Fugitivas«, de José Toledo Ordóñez, me compensa por todo estos gajes del oficio. Finalmente, agradezco a todos ustedes, mis queridos lectores, por su paciencia. Muchas gracias.

Twitter: @jorgepalmieri