ASALTO A EMBAJADA DE GUATEMALA EN MÉXICO (y 2)

Como era de esperarse, mi firme actitud de rechazo a los invasores a las oficinas de la Embajada de Guatemala en México, y la subsiguiente inmediata acción represiva de los agentes de la Policía de la Ciudad de México, provocó encontradas reacciones: la mayoría de los periódicos mexicanos de tendencia izquierdista, me criticaron muy severamente por no haber querido «colaborar» con los intrusos campesinos de Oaxaca que pretendían denunciar ciertos problemas que estaban sufriendo de parte de las autoridades del gobierno de ese Estado. En cambio, la Revista Siempre!, la más importante revista política de México, fundada y dirigida por el emblemático periodista José Pagés Llergo, publicó el siguiente editorial:

Ejemplar reacción diplomática ante una invasión

«El señor Jorge Palmieri, embajador de Guatemala en México, acaba de dar una lección de cómo se debe reaccionar ante una invasión de intrusos a una sede diplomática que debe ser inviolable de acuerdo a lo acordado en la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas al haber rechazado firmemente, con el apoyo de las autoridades de Policía de la Ciudad de México, la intrusión de un grupo de campesinos del Estado de Oaxaca, militantes de una organización política de izquierda, que iban dispuestos a permanecer en esas oficinas durante varios días. Cuando se produjo la invasión a su sede diplomática, al apoderarse de la sección del Consulado, el embajador trató de razonar con los invasores haciéndoles ver lo impropio de su actitud y lo improcedente de su pretensión. Pero a pesar de las buenas razones, todo fue inútil, pues quienes así proceden están acostumbrados a esperar resultados propicios, a encontrarse con gentes indecisas, timoratas o proclives a su causa, que se prestan al juego sin requilorios y aun con presteza. De ese modo, gobiernos soberanos se ven colocados en el trance de someterse a las exigencias de alborotadores al servicio de diversos móviles políticos y a sufrir la embestida de la propaganda internacional, debidamente sincronizada, para forzar su albedrío. Para evitarlo, el embajador optó por rechazar a los invasores y solicitar el auxilio de las autoridades mexicanas. Primero recurrió a la Cancillería y, en vista de que no fue atendido ni por el Canciller Jorge Castañeda, ni por el subsecretario Alfonso Rosenzweig, ni encontró a ningún otro funcionario de la Secretaría de Relaciones Exteriores que pudiese ayudarle, se comunicó por teléfono con el jefe del Departamento de Policía y Tránsito de la Ciudad de México, Arturo Durazo Moreno, para reportarle lo ocurrido y solicitar que los intrusos fuesen desalojados por la autoridad, dado que el gobierno receptor está obligado a garantizar la paz y tranquilidad a las misiones diplomáticas acreditadas.

Los invasores a la embajada guatemalteca no lograron su objetivo porque, a diferencia del embajador Cajal, el embajador Palmieri no se prestó para causar problemas al gobierno de México. Al cabo de pocos minutos, los invasores fueron desalojados de la sede diplomática por los policías y conducidos a los separos de Policía y después a los tribunales de justicia, donde fueron acusados de los delitos que cometieron y sentenciados a guardar prisión de acuerdo a nuestras leyes. Entiendo que desde entonces no han vuelto a repetirse las tomas de embajadas. Si hubiesen actuado en igual forma todos los embajadores, probablemente no se habrían repetido constantemente.

En su país, hace cerca de un año, unos campesinos, acompañados por una célula subversiva urbana, de la facción guerrillera denominada “Ejército Guerrillero de los Pobres” integrada por estudiantes universitarios, presuntamente por invitación previa del embajador español, Máximo Cajal, entraron a las oficinas de la embajada de España armados con pistolas y bombas molotov con el objetivo de denunciar ante la opinion pública mundial que estaban siendo víctimas de injusticias de parte del Ejército y del gobierno del general Romeo Lucas García; y declararon rehenes a todas las personas que se encontraban en las oficinas, tanto los miembros de la mision, encabezados por el propio embajador Cajal, como el ex Vicepresidente de la República, licenciado Eduardo Cáceres Lehnhoff y el ex Canciller Adolfo Molina Orantes, quienes habían sido citados a esa misma hora por el embajador Cajal, presuntamente para enriquecer el grupo de rehenes.

Desafortunadamente, el epílogo fue sumamente dramático debido a que las fuerzas policiales rodearon el edificio y, desoyendo la solicitud del embajador español y de los rehenes guatemaltecos, trataron de penetrar por la fuerza al edificio violentando las puertas y las ventanas, para desalojar a los invasores y rescatar a los rehenes, y alguno de los intrusos lanzó una bomba molotov por una apertura para rechazarles y ésta no salió sino cayó adentro y activó a las demás bombas molotov que explotaron y causaron un feroz incendio por el cual murieron 37 personas, tanto los miembros de la mision diplomática, con excepción del embajador Cajal que logró salvar la vida, como los campesinos y estudiantes invasores. Por esta razón, el gobierno español de inmediato rompió relaciones diplomáticas con el gobierno de Guatemala, alegando que el inciso 1 del artículo 22 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, suscrita el 18 de abril de 1961, que entró en vigor el 24 de abril de 1964, establece que “Los locales de la misión son inviolables y los agentes del Estado receptor no podrán penetrar en ellos sin consentimiento del jefe de la mision”. No obstante lo cual, el gobierno guatemalteco alega a su favor que el inciso 2) de ese mismo artículo 22 de la Convención de Viena dice que “El Estado receptor tiene la obligación especial de adoptar todas las medidas adecuadas para proteger los locales de la misión contra toda intrusión o daño y evitar que se turbe la tranquilidad de la misión o se atente contra su dignidad” y, era obvio que la invasion de un grupo de hombres armados con pistolas y bombas molotov constotuía una intrusion que perturbó la tranquilidad de la mission y atentaba contra su dignidad. Con lo cual trata de justificar la insólita actividad de las fuerzas policiales que desencadenó la tragedia. Si el embajador español no hubiese estado de acuerdo con los campesinos y estudiantes invasores para que hicieran esa «invasión pacífica» para denunciar los abusos que estaban padeciendo, el resultado no habría sido trágico.» (Fin del editorial)

Sin embargo, algunos periódicos de extrema izquierda publicaron artículos criticándome por no haber atendido a los invasores, como el diario La Jornada, de México, que publicó un editorial que, entre otras cosas tendenciosas, decía: «No se podía esperar otra cosa del embajador de Guatemala, representante de los gorilas que gobiernan ese país y quemaron las oficinas de la embajada de España en Guatemala, y asesinaron a 37 personas». Y un importante telenoticiario guatemalteco, cuyo director me había llamado por teléfono para pedirme información sobre lo ocurrido, dijo que yo no había tenido «la cortesía de atender a los campesinos oaxaqueños». Y durante varias semanas subsiguientes recibí constantes llamadas de teléfono anónimas amenazandóme con matarme o asesinar a los miembros de mi familia, por lo que el Jefe de la Policía de la Ciudad de México, general Arturo Durazo Moreno, insistió en enviarme una radiopatrulla con dos agentes para cuidar la residencia y custodiarme por todas partes a donde fuera.

Por otro lado, el diario de mayor circulación de Guatemala, Prensa Libre, donde yo escribí una columna diaria durante cerca de 15 años por un miserable salario, publicó un editorial muy encomiástico de mi comportamiento, aunque en toda la extensión del mismo, en ninguno de los párrafos mencionó mi nombre. Como dijo Don Quijote «Cosas veredes, Sancho amigo».

Twitter: @jorgepalmieri