LA RESIDENCIA DE LA EMBAJADA (1)

Cuando accedí a aceptar la responsabilidad de asumir el cargo de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Guatemala en México, durante el gobierno del General Fernando Romeo Lucas García, no tenía ni la menor idea de las condiciones en las que se encontraba la residencia del Embajador a quien iba a sustituir, que era mi amigo el General de la Fuerza Aérea Guatemalteca Doroteo Monterroso, pero esperaba que dichas condiciones fuesen por lo menos satisfactorias. Sabía que era una casa alquilada por el Embajador anterior al coronel Monterroso, licenciado Manuel Villacorta Vielmann, situada en la calle Goethe número 132, en la colonia Anzures, que es una de las zonas de mayor contaminación  por el smog y de ruidos ambientales que hay en el Distrito Federal porque está ubicada entre dos avenidas que tienen demasiado tránsito: Ejército Nacional y Gutenberg. Tanto así que la única otra residencia de embajada que hay en esa colonia es la de Bolivia, en esa misma calle. No obstante, creí que mis dos antecesores habían escogido bien la casa donde vivían. ¡Pero me equivoqué! ¡Vaya si me equivoqué! ¡No podía creer que fuese posible que una persona como el licenciado Manolo Villacorta Vielmann hubiese podido ser capaz de tomar en alquiler esa casa para residencia del Embajador de Guatemala! La primera impresión que tuvimos cuando la vimos fue tan desagradable que me dieron ganas de presentar mi renuncia irrevocable inmediatamente al Presidente de la República, General Lucas García. Sin embargo, pensé que sería mejor aguantarnos un poco de tiempo para informarle de esa situación, personalmente, y solicitar al ministerio de Relaciones Exteriores que me autorizara a mudarnos a una casa habitable. Realmente, la casa era tan desagradable que ni a la esposa del licenciado Villacorta, ni a la esposa del coronel Monterroso, les gustaba vivir en ella y por eso se pasaban la mayor parte del tiempo en Guatemala.

El 31 de noviembre de 1978, significativamente «El Día del Periodista» en Guatemala, volé a la Ciudad de México acompañado de mi amada esposa, Anabella, y nuestros dos hijos menores: Rodrigo y Alejandro. Cuando llegamos ya era de noche. Todo el personal de la embajada nos estaba esperando en el aeropuerto para darnos la bienvenida. Tan pronto pasamos los trámites protocolarios, el Ministro Consejero de la Embajada, Mayor Alfonso Prera Sierra, nos llevó a la residencia y al solo entrar nos dimos cuenta de que era un inconcebible desastre. Pero no fue sino hasta la mañana siguiente, con la luz del día, que nos percatamos del tamaño de aquel desastre. Anabella lloró en mi hombro y recordó que en Guatemala vivíamos mucho mejor sin necesidad de que yo fuese Embajador Extraordinario y Plenipotenciario. Y me sugirió que si no nos cambiábamos de casa lo más pronto posible, renunciara y regresáramos a Guatemala, donde era solamente un periodista.

Esto que voy a contarles podrá parecer chiste, pero les aseguro que no fue gracioso para quienes tuvimos que soportarlo. La entrada a la casa era como un pasillo al lado de una cocina estrecha, oscura, húmeda y con un lavadero de trastos, incómodo y antihigiénico, que conducía al comedor que era excesivamente oscuro y húmedo, debido a que no recibía nunca luz del sol porque lo impedían los altos edificios que la rodeaban. La cocina era tan oscura, húmeda y estrecha que la cocinera quetzalteca que había llevado me dijo a los pocos días que no le gustaba ni la cocina, ni el cuarto de servicio en el tercer piso, y por lo tanto renunciaba. Al lado derecho había un garage para dos automóviles y una escalera tanto para el segundo piso, donde estaban la sala y las habitaciones, como para el tercer piso, donde estaba el cuarto de servicio. El amueblado de la sala era muy particular, porque consistía en un largo sofá circular, pegado a la pared, y un bar con un espejo en el fondo, al lado de un medio baño. Me pareció incomprensible que al lado del bar, en la sala, hubiese un medio baño, como si fuese para el uso de la clientela en una cantina. La sala tenía un «ventanal» desde el cual se podía ver para afuera, pero la vista solamente era a la puerta de entrada, a la calle y a la casa de enfrente, porque no se veía nada más debido a que la casa estaba rodeada de casas y edificios altos que impedían ver más lejos y que llegaran los rayos de sol, razón por la cual era tan oscura y húmeda, al extremo que el «jardín» que había era un rectángulo de grama de aproximadamente 2 x 2 metros, sobre la cual no había que pararse nunca porque quien lo hacía se hundía poco a poco como si fuese un pantano o arena movediza. Un día el Embajador Monterroso invitó a otro embajador a tomar un trago y salieron al «patiecito» y se pararon sobre la grama, pero al rato salieron corriendo cuando se dieron cuenta que ya tenían parte de los zapatos hundidos en el fango. A todo lo largo del bar había un descansa-pies metálico, como los que había antes en las cantinas. Me informaron que al embajador «Manolo» Villacorta le gustó la casa por ese bar porque ahí se mantenía y recibía a sus visitantes. El papel tapiz en la pared de la sala era de plástico, de color rojo subido con escamas de pescado color negro. ¡Era algo horroroso! Parecía la decoración de un prostíbulo. Y poco tiempo después me enteré de que, en efecto, había sido una  casa de citas conocida como «La Casa de Esther», por lo cual muchas veces, en horas de la madrugada, varias personas tocaron el timbre para preguntar si estaba alguna de las prostitutas. Porue no era propiamente una casa de prostitutas en la que hubiesen habitaciones para uso de los clientes que «se ocupaban», sino una casa donde se reunían prostitutas de alta calidad para ser escogidas por los clientes que las llevaban a otras partes a saciar sus apetitos sexuales.

Fachada de la residencia que encontré

La casa de Goethe 132 tiene tres pisos y en el segundo están la sala y las habitaciones de los inquilinos y en el tercero están las habitaciones para las empleadas del servicio y una terraza para tender ropa, y la cocinera y la muchacha «de adentro» usaban la misma escalera que nosotros y los diplomáticos que nos visitaban. Pero después de que nos salimos de esa casa insoportablemente inhabitable, los nuevos inquilinos pusieron una escalera metálica roja en la parte de afuera, como puede verse en la foto de arriba, para poder subir al tercer piso para que el servicio no use usen las mismas gradas. La entrada a la casa era estrecha con la cocina al lado izquierdo y un amplio garage para dos automóviles al lado derecho, donde el Ministro Consejero había almacenado en forma desordenada mi menaje de casa que había enviado con anterioridad porque había sido informado equivocadamente que la residencia no estaba amueblada. Pero estaba amueblada, aunque con muebles de muy mal gusto o ad hoc para una casa de citas o prostíbulo.

Si en alguna noche de frío durante el invierno a alguien se le ocurría alguna vez cenar en el comedor -como debe ser-, se exponía a que del techo le cayeran en la cabeza grandes gotas de agua congelada, como si fuesen estalactitas, por la terrible humedad que había como consecuencia de la falta de sol. Por lo cual generalmente mi familia y yo comíamos en la sala o en nuestras habitaciones. La habitación principal, que ocupábamos Anabella y yo, era excesivamente estrecha y fría y si acaso una persona quería entrar o salir no podía hacerlo si otra persona ocupaba el espacio que había entre la cama y la ventana con persianas venecianas. La habitación que ocupaban nuestros hijos Rodrigo y Alejandro no recibía sol en ningun momento del día y por eso era húmeda, por lo que ya comenzaban a tener problemas respiratorios. El cuarto de baño de la habitación era excesivamente pequeño donde únicamente había una regadera y cuando llegamos encontramos que había mucho salitre en los rieles metálicos de las puertas de vidrio corredizas. ¡Era un asco aquel baño que encontramos! ¡Nunca en mi vida había vivido tan mal!

Para que vean que no les estoy diciendo mentiras ni estoy exagerando, a continuación vean las fotos que fueron tomadas  durante la recepción que ofrecí después de haber presentado los originales de mis Cartas Credenciales al Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, licenciado José López Portillo el 12 de diciembre de 1978. Les aseguro que me daba vergüenza recibir a los invitados en esa sala de tan mal gusto donde estábamos amontonados sin comodidad, pero lo hice porque había que cumplir con la tradición diplomática. Vean las paredes cubiertas con tapiz de plástico color rojo subido con pequeñas escamas negras. Y vean la estrechez de la sala y el famoso sofá circular donde solías sentarse con las piernas cruzadas las prostitutas para que los clientes las eligieran y se las llevaran a un motel, hotel de paso o algo por el estilo. Y vean el ventanal desde el cual solamente se alcanzaba a ver la puerta de entrada, la calle y la casa de enfrente. ¡Esa era la única vista que tenía! Lamento no haber tomado fotos de las habitaciones y de los cuartos de baño para que vieran el desastre que eran. Pero creo que tendrán suficiente con ver la fachada de la casa y estas fotos tomadas durante la recepción que ofrecí después de presentar mis Cartas Credenciales. Era tan fea la residencia que a un embajador de un país de Centroamérica que acaba de llegar a tomar posesión de su cargo y su residencia también era alquilada, le hicieron la pregunta tradicional: «¿Cómo encontraste tu residencia!» y él respondió: «No tan buena como la de Irán, pero tampoco tan mala como la de Guatemala». En el Cuerpo Diplomático era bien sabido que el Embajafor Guatemala tenía la peor residencia.

En la recepción con el famoso periodista Jacobo Zabludovsky, el famoso torero Silverio Pérez y el periodista de los noticieros de Televisa, Fernando Alcalá. Atrás se puede ver, sentada, a una bella rubia venezolana que era esposa del Cónsul General de Estados Unidos de América de apellido McCanish.

La señora Ana María Aragón de Yglesias, la soprano Aída Doninelli y la señora Jeanne Brammá de Samayoa, esposa del empresario Ramiro Samayoa. Atrás se puede ver el bar y al coronel Conrado Miranda, Agregado Militar. Observen el color rojo de las paredes.Observen que por falta de muebles tuvimos necesidad de alquilar mesas y sillas para la recepción.

Una nieta de Ramiro Samayoa Martínez, su esposa Jeannne y la esposa del coronel Conrado Miranda, sentadas en el sofá circular alrededor de toda la sala. Podrán apreciar el color rojo subido del tapiz de las paredes.

La soprano Aída Doninelli, Agregada Cultural Ad Honorem de la Embajada, con el industrial guatemalteco residente en México Hugo Rossbach. Sentada está «La Pachis», esposa del torero Silverio Pérez, departiendo con la esposa del Cónsul General de Estados Unidos de América.

El licenciado Ricardo García Peláez, abogado guatemalteco residente en México, con su esposa y la señorita Soto Montenegro, sentados en el sofá circular. Atrás está «el ventanal» desde el cual únicamente se podía ver la puerta de la casa, la calle y la casa de enfrente.

Las señoras Jeanne Brammá de Samayoa, la esposa del industrial guatemalteco Hugo Rossbach y mi amada esposa, Anabella Waelti de Palmieri. Atrás, de pié, el publicista Raúl Cabarga, mi compadre, porque soy padrino de su hija Renata.

Mi entrañable viejo amigo Mario Moreno «Cantinflas» y yo entre las banderas de México y Guatemala, como símbolo de fraternidad. Él fue el primero que me informó que la residencia de la Embajada de Guatemala había sido antes una conocida casa de citas denominada «La Casa de Esther».

Otra celebridad que asistió a la recepción que ofrecí fue mi entrañable viejo amigo Mario Moreno «Cantinflas», quien me dijo que tenía que cambiarme de casa cuanto antes y sacar de ahí a Anabella y a los niños porque en ella había estado antes una casa de citas conocida como «Casa de Esther» y que era una vergüenza que el Embajador de Guatemala y su familia pudiesen vivir en esa casa.

Pocos días después de haber presentado mis Cartas Credenciales viajé a Guatemala con el propósito de informar a la Cancillería y al Presidente de la República mi desagrado por la pésima residencia que había encontrado y mi propósito de renunciar al cargo si no me autorizaban cambiarme l0 más pronto posible. Y a mi amigo el Presidente de la República, general Romeo Lucas García, le mostré las mismas fotos que hoy aquí publico arriba. Él me dio la razón y me pidió que no renunciara porque íbamos a poner remedio a esa situación tan desagradable. Me dijo: «Hay que comprar en México una casa para que los embajadores de Guatemala tengan una residencia permanente. Ha sido un éxito la casa que compró en Washington el Embajador Carlos Alejos Arzú durante el gobierno del General Miguel Ydígoras Fuentes, lo mismo que la casa que compró en Nueva York durante mi gobierno el Canciller Eduardo Castillo Valdez para que sea la sede permanente del Consulado general y de la Misión ante la ONU». Y agregó: «Ya va siendo hora de que Guatemala tenga una residencia propia en México. Buscá una casa que sea lo suficientemente cómoda y pueda estar dentro de nuestras posibilidades económicas y mandá la información a la Cancillería para que te enviemos el dinero para comprarla. Voy a dar intrucciones al ministro de Finanzas, coronel Hugo Tulio Búcaro para que te proporcione el dinero que sea necesario». Le agradecí el apoyo y regresé a México con la esperanza de encontrar la casa apropiada. Desde ese día salíamos todas las tardes con mi amada Anabella a buscar casas y cuando encontrábamos alguna en venta que nos parecìa apropiada y que vendieran a un precio razonable, de inmediato mandaba la información a la Cancillería. Pero por los malditos trámites burocráticos cnsabidos primero vendían las casas antes de que me resolvieran algo en Guatemala. Así mandé información sobre por lo menos diez casas en venta, pero jamás me contestaron. Solamente en una oportunidad me preguntaron si ya había informado a la Contraloría de Cuentas. Perdimos la oportunidad de comprar una casa cuando los precios de los inmuebles todavía no estaban tan altos porque no había subido el precio del petróleo y México no se había convertido en una potencia económica. Mientras tanto, los niños ya estaban sufriendo problemas respiratorios y mi amada Anabella ya estaba desesperada. De modo que decidí presentar mi renuncia y viajé a Guatemala para decírselo al Presidente Lucas García y al Canciller Castillo Valdés.

Ya para entonces habíamos hecho una buena amistad personal con el licenciado José López Portillo, y un día me dijo que un presidente de México no podía asistir a una embajada porque si lo hacía tenía que asistir también a todas las demás, y por eso él nunca lo hacía. Sin embargo, me dijo que le extrañaba que yo nunca le hubiese invitado a comer un tamal de Guatemala, que a él le gustaban mucho porque su esposa, la señora Carmen Romano Nolk, de ascendencia venezolana, estaba emparentada con la familia Nolk de Guatemala, también de ascendencia venezolana, y antes de que él fuese Presidente había venido varias veces y comió tamales. Yo le dije que con mucho gusto le traería unos estupendos tamales de los que hacía mi hermana Graciela, pero que no le podía invitar a comerlos en la residencia porque esa casa me daba vergüenza. Y él me respondió: «¡Que no te de vergüenza, invítame en cuanto tengas los tamales!». Y así lo hice. Era diciembre y le pedí a mi hermana Graciela que me diera unos tamales de los que hacía para Noche Buena, como solo ella sabía hacerlos, y llevé algunos a México. Cuando ya los tenía se lo informé al Presidente López Portillo, quien me dijo que sin hacer mucho ruido iría alguna noche a cenar en la residencia para comer un tamal. ¡Algo insólito! Naturalmente, comprendí que ese era un gran honor que me hacía. En efecto, tres o cuatro días más tarde me llamó el General Godínez, su Jefe del Estado Mayor Presidencial, para preguntarme qué noche era propicia para que López Portillo llegara a comer un tamal. Quedamos en la fecha y, en efecto, sin hacer mucho ruido, llegó a la residencia de la Embajada sin escolta, acompañado solamente de su Jefe de Estado Mayor. Subimos a la sala, en el segundo piso, a tomar un trago en el bar y cuando ya era hora de comer el tamal le dije que mejor comiéramos en la sala, o se pusiera una babushka, de esas que usan los rusos como sombrero, de las cuales yo tenía varias, porque de lo contrario se exponía a que le cayera del techo una estalactita. López Portillo se rió pero no me creyó. Me dijo: «¡No creo que sea para tanto! Vamos a exponernos a las estalactitas». Y bajamos al comedor. No teníamos ni diez minutos de estar comiendo los ricos tamales cuando a él le cayó una gota de agua helada sobre la cabeza y entonces vio para el techo y se dio cuenta de que había muchas gotas de agua congelada a punto de caernos en la cabeza. Entonces me dijo: «Dame una de tus babushka o nos vamos a la sala porque ya me di cuenta de que tienes razón. ¡Aquí no se puede estar! Sobre todo ahora en el mes de diciembre, cuando hace mucho frío.» Y nos subimos a la sala a terminar el tamal. Entonces le informé que por todas esas incomodidades y por el hecho de que en esa casa había habido antes una casa de citas iba a presentar mi renuncia y nos íbamos a regresar cuanto antes a Guatemala. Y él me respondió: «¡Ah, eso sí que no! Creo que esta es la primera vez que Guatemala nos manda un embajador que es amigo nuestro, y ahora te quieres ir. ¡De ninguna manera! Y viendo a mi esposa Anabella le dijo: «busquen la casa que más les guste que yo la voy a comprar y se las voy a regalar. ¡Pero no vayas a renunciar! Además, lamento mucho que la estén pasando tan mal en México.» Terminamos de comer el tamal y cuando él ya se estaba retirando me reiteró: «Te repito: busquen una casa que les guste y me avisas para que yo la compre y se se las regale». Y al despedirse en la puerta insistió: «El Embajador de un país amigo, como Guatemala, no debe vivir en México en una casa tan mala como ésta. ¡Mucho menos si se trata de un buen amigo personal, como tú!» Y de nuevo dijo: «No estoy bromeando, Jorge, te estoy hablando en serio, busquen la casa que más les guste para que yo la compre inmediatamente para regalárselas». (Continuará)

Twitter: @jorgepalmieri