EL SOLSTICIO DE INVIERNO

Por alguna razón profundamente esotérica, que ignoro, a través de los tiempos y de las diferentes civilizaciones y sus religiones, que se han sucedido en el mundo, se han venido celebrando diferentes festividades religiosas posteriores al solsticio de invierno, el cual ocurre en los últimos días del mes de diciembre según el calendario gregoriano que nosotros observamos desde que el papa Gregorio XIII lo proclamó en 1582 por medio de la bula Inter Gravíssimas que vino a sustituir al calendario juliano instaurado por Julio César en el año 46 a. C. La reforma gregoriana nació de la necesidad de llevar a la práctica uno de los acuerdos del Concilio de Trento: ajustar el calendario para eliminar el desfase producido desde el primer Concilio de Nicea, celebrado en 325, en el que se había fijado el momento astral en que debía celebrarse la Pascua y, en relación con ésta, las demás fiestas religiosas móviles. Lo que importaba era la regularidad del calendario litúrgico, para lo cual era preciso introducir determinadas correcciones en el civil. En el fondo, se trataba de adecuar el calendario civil al año trópico. El jesuita alemán Christopher Clavius, junto con Lilio fue el miembro más destacado de la Comisión del Calendario. El cráter más grande de la Luna lleva su nombre. El desfase provenía de un inexacto cómputo del número de días con que cuenta el año trópico; según el calendario juliano que instituyó un año bisiesto cada cuatro, consideraba que el año trópico estaba constituido por 365,25 días, mientras que la cifra correcta es de 365,242189 o, lo que es lo mismo, 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,16 segundos. Esos más de 11 minutos contados adicionalmente a cada año habían supuesto en los 1257 años que mediaban entre 325 y 1582 un error acumulado de aproximadamente 10 días. En el Concilio de Nicea se determinó que la Pascua debía conmemorarse el domingo siguiente al plenilunio posterior al equinoccio de primavera en el hemisferio norte (equinoccio de otoño en el hemisferio sur). Aquel año 325 el equinoccio había ocurrido el día 21 de marzo, pero con el paso del tiempo la fecha del acontecimiento se había ido adelantando hasta el punto de que en 1582, el desfase era ya de 10 días, y el equinoccio se fechó el 11 de marzo.

Según la religión católica y las demás religiones cristianas, el 24 de diciembre se celebra la Noche Buena y el 25 la Navidad o Natividad del niño Jesús, quien al ser bautizado recibió el nombre de Emmanuel, que significa «Dios con nosotros», el cual fue concebido «sin pecado original» por la Virgen María, «por obra y gracias del espíritu santo», sin que en ello tuviese participación su esposo, San José, y a los 33 años de edad comenzó a predicar una doctrina de amor que disgustó a los sumos sacerdotes de la religión judía que le acusaron de conspirar contra el gobierno romano y fue juzgado por Poncio Pilatos y torturado en el camino al monte Calvario donde murió crucificado, pero resucitó al tercer día, desde donde reina como Dios hijo al lado de Dios Padre y Dios Espíritu Santo. Pero hay quienes afirman que no nació en esas fechas, sino que con v arios meses de anterioridad. Pero que en estas fechas es una celebración pagana.

En el marco del hinduismo, un avatar es la encarnación de Dios en la Tierra, en particular Visnú. El término sánscrito avatāra significa «el que desciende»; proviene de avatarati. Los diez avatares de Visnú, son Matsia, Kurma, Varaja, Vamaná, Krisná, Kalki, Buda, Parasuram, Rama y Narasinja; en el centro: Krisná con Radha. La palabra avatar también se utiliza para referirse a encarnaciones de Dios o a maestros que han sido sumamente influyentes de otras religiones, apartes del hinduismo, especialmente a los adherentes a tradiciones dhármicas cuando tratan de explicar a personajes como Jesucristo.

De acuerdo con los textos hindúes Puranas, han descendido incontable número de avatares en nuestro universo. Dentro del vaisnavismo, los muchos avatares han sido categorizados en diferentes tipos de acuerdo con la personalidad y el rol específico descrito en las Escrituras. No todos son reconocidos como encarnaciones completas o directas de Visnú. Algunos avatares se cree que son almas bendecidas o apoderadas con ciertas virtudes de origen divino, aunque son almas individuales. Las tres personalidades de la trinidad hindú (Trimurti) a veces son nombrados como los guna avataras, debido a que tienen el rol de controlar las tres modalidades (gunas) de la naturaleza, incluso aunque ellos no hayan descendido a la Tierra (en el sentido general del término avatar). Estos son Visnú: dios controlador de la modalidad de la bondad; Brahmá: dios controlador de la modalidad de la pasión y el deseo (rayas) y Shivá: dios controlador de la modalidad de la ignorancia (tamas). En el cristianismo, la trinidad divina la integran Dios padre, Dios hijo y Dios Espíritu Santo, en un solo Dios verdadero.

Algunos hindúes con una visión universalista, creen que las figuras centrales de varias religiones no hindúes fueron avatares, aunque los hinduistas más ortodoxos rechazan la idea de avatares fuera de su tradición. Algunas de esas figuras religiosas son: Zoroastro (siglo VII a. C.): creador del zoroastrismo; Majavirá (599-527 a. C.) creador del yainismo; Buda (563-483 a. C.) creador del budismo; Bahá’u’lláh (1817-1892) el profeta fundador de la religión bajai; sus seguidores creen que es el avatar Kalki; Mirza Ghulam Ahmad (1835-1908) fundador del movimiento ahmadiyya; decía ser el mesías prometido a los judíos, el Mahdi (profeta islámico) y el avatar de Krisná esperado por los hindúes; Ramakrisna (1836-1886) y Sarada Devi (1853-1920). Según Swami Vivekananda, su maestro RamaKrisná le dijo: «Aquel que fue Rama y fue Krisná, ahora es, en este cuerpo, Ramakrisná». Sarada Devi, quien fue casada con RamaKrisná en un tradicional matrimonio pedófilo hindú, creía ser la encarnación de la diosa Kali; Shirdi Sai Baba (1838-1918) algunos de sus seguidores creían que desde su nacimiento era un ser iluminado, que poseía la salvación y que era avatar de Dattátreia y de Shivá; Meher Baba (1894-1969) dijo que era el avatar Kalki (el último avatar de kali-iugá, que vendría sobre un caballo blanco);
Jiddu Krishnamurti (1896-1986): Annie Besant y sus seguidores ocultistas europeos creían que era una encarnación de Maitreia, hasta que Krishnamurti los abandonó, manifestando que no era ningún avatar; Sathya Sai Baba (1926-2011) declaraba ser un avatar de Shivá, Shaktí y Krisná; y Jesucristo: presunto fundador del Cristianismo, aunque hay quienes afirman que él no quiso fundar una religión y que ésta fue fundada por San Pablo.

Según la Nueva Era, los avatares pueden ser de tres tipos: Manusíacos: se consideran encarnaciones organizadoras, creadores míticos que habrían originado civilizaciones poderosas. Ejemplo de ellos podrían ser Manu, Rómulo y Remo, Mahoma, Manco Cápac, Quetzalcóatl, Zoroastro, El-lal y Fuxi. Los Bodhisátvicos (del sánscrito satua: bondad) son avatares generalmente míticos, que fundaron religiones o doctrinas espirituales. Ejemplo de ellos son Buda, Jesuscristo, Krisná, Lao Tse y Tunupa. Avatares no encarnados: serían dioses que cuidan y protegen a la humanidad sin encarnar nunca; aunque el término parece mal concebido, ya que representa una contradicción: avatar significa justamente «dios encarnado». Supuestamente, todos ellos nacieron alrededor del solsticio de invierno, entre el 20 y 26 del mes que llamamos diciembre, fueron hijos de mujeres vírgenes y murieron sacrificados en alguna forma, unos crucificados como Jesucristo. Pero todos resucitaron.

Janukka

La Janucá suele celebrarse alrededor del 22 de diciembre, fecha del solsticio en el hemisferio norte. Este relato explicaría el motivo central de la festividad: el encendido de luminarias, que simboliza la expulsión del invierno. La festividad de Janucá se celebra durante ocho días, del 25 de kislev al 2 de tevet (o el 3 de tevet, cuando kislev cuenta con solo 29 días). Durante esta festividad se prende una januquiá o candelabro de ocho brazos (más uno mayor). En la primera noche únicamente se prende el brazo mayor y una vela, y cada noche se va aumentando una vela, hasta el último día en el que todo el candelabro se enciende completo. Este hecho conmemora el milagro de que el aceite duró ocho días.
La liturgia indica adiciones especiales al servicio diario de oraciones, así como un agregado especial a la bendición después de las comidas.
Según la Halajá (ley judía), Janucá no es una festividad como Shabat, en el sentido de que no existe prohibición de realizar los tipos de tareas prohibidas en Shabat. Quienes observan la festividad trabajan normalmente, y no existe motivo religioso para que las escuelas cierren, aunque en Israel las mismas están cerradas desde el segundo día de la festividad y hasta su finalización.
Es costumbre reunirse con familiares o amigos para el encendido de la januquiá e intercambiar presentes. Es costumbre entre los asquenazí que los niños jueguen con un dreidel o sevivon, el cual es un tipo de perinola. También se acostumbra comer levivot o latkes y sufganiot, tortas de patata y bolitas de masa rellenas de mermelada, y otras preparaciones fritas.

Janucá, llamada «Fiesta de las Luces«, es una festividad judaica que se celebra durante ocho días consecutivos y conmemora la derrota de los invasores helenos y la recuperación de la independencia judía a manos de los macabeos sobre los griegos, y la posterior purificación del Templo de Jerusalén de los íconos paganos, en el siglo II a. C. La tradición judía habla de un milagro, en el que pudo encenderse el candelabro del Templo durante ocho días consecutivos con una exigua cantidad de aceite, que alcanzaba sólo para uno. Esto dio origen a la principal costumbre de la festividad, que es la de encender, en forma progresiva, un candelabro de nueve brazos llamado januquiá (uno por cada uno de los días más un brazo «piloto»). La festividad acontece el 25 de Kislev del calendario judío, fecha acaece entre fines de noviembre y fines de diciembre del calendario gregoriano. Existe una canción referida a la Janucá, que dice: «La Janucá llega una vez al año, trayendo historias de días antiguos; contando la historia maravillosa de cómo la lámpara (del Templo) quedó encendida durante ocho días completos aunque contenía aceite para un solo día».
La festividad de la Janucá es desde la época de la hegemonía helénica en Israel, comenzada con la conquista de Alejandro, en el año 332 a. C.; según puede leerse en los libros bíblicos de I y II Macabeos, aunque no se hace mención a ella en el Tanaj hebreo. Cuando se corona como rey de Siria a Antíoco IV Epífanes (175 y 164 a. C.), éste decide helenizar al pueblo de Israel, prohibiéndole así a los judíos seguir sus tradiciones y costumbres. Un grupo de judíos conocido como los Macabeos (dado que su líder era Yehudá Macabi), provenientes de la zona de Modi’ín, comenzaron a rebelarse contra los soldados griegos, negándose a realizar actos que iban en contra de su propia religión. Tuvieron una lucha difícil, y eran minoría contra el ejército griego; sin embargo su estrategia, decisión y fe los condujeron al milagro de Janucá: ganar pocos contra muchos.
Según el Talmud, al terminar la guerra los Macabeos regresaron a Jerusalén y encontraron el Santo Templo profanado, con la menorá apagada, y aceite ritualmente puro solamente suficiente para encenderla un día más. Tardaron ocho días en conseguir más aceite; y, sin embargo, el poco que tenían mantuvo encendida la menorá durante todo ese tiempo.
En los libros bíblicos I Macabeos y II Macabeos se puede leer sobre la institución de la Janucá. El primero narra: «Durante ocho días celebraron la dedicación del altar. Entonces Judas y sus hermanos y toda la asamblea de Israel, decidieron que la consagración del nuevo altar se debía celebrar cada año con gozo y alegría durante ocho días, a partir del día veinticinco del mes de kislev» (I Macabeos 4:56-59). De acuerdo con II Macabeos (10:6-8), «lo celebraron con alegría durante ocho días, a la manera de la fiesta de los Tabernáculos… toda la asamblea aprobó y publicó un decreto en el que se ordenaba que todo el pueblo judío celebrara cada año estos días de fiesta».

El martirio de Hannah y sus siete hijos también ha sido relacionado con la Janucá. Según una historia del Talmud de Gittin y II Macabeos, una mujer judía llamada Hannah y sus siete hijos fueron torturados y ejecutados por Antíoco por negarse a comer carne de cerdo, lo cual habría sido una violación de la ley judía.

El Talmud y el Midrash Raba sugieren también otro origen para la festividad. Según estas fuentes, la Janucá es una manifestación de la festividad del solsticio de invierno, que es el momento en que los días dejan de acortarse y comienzan a alargarse. El Talmud relata historias de Adán, el primer hombre, que vio ponerse al sol por primera vez en su vida y entró en pánico, y conectan esta historia con la festividad del solsticio de invierno. Según el relato, el primer año ayunó durante ocho días, y luego —al comenzar a alargarse los días nuevamente— festejó durante otros ocho; pero el segundo año, al comprender que este era el orden natural, solo festejó (Talmud, Tratado de Avodá Zará, 8a). El Midrash Breshit Raba menciona también el fuego, que Dios habría regalado al hombre, dado el temor de este último a la oscuridad, relato que podría estar conectado con el mito griego de Prometeo.

El historiador judío Flavio Josefo relata en su libro Antigüedades judías XII, cómo el victorioso Judah el Macabeo ordenó, luego de reconsagrar el Templo de Jerusalén, que había sido profanado por Antíoco IV Epífanes, que todos los años se celebrase con pompas durante ocho días consecutivos. Josefo nombra a estos festejos «Festival de las Luminarias» y los relata de la siguiente manera: «Y Judah celebró el festival de la restauración de los sacrificios del Templo durante ocho días, y no omitió ningún tipo de placer; sino que los festejó con ricos y espléndidos sacrificios; y honró a Dios, y lo deleitó con himnos y salmos. Estaban tan alegres con el restablecimiento de sus contumbres cuando, luego de un largo intervalo, inesperadamente recuperaron su libertad de culto, que hicieron ley para la posteridad el guardar esta festividad, en recuerdo de la restauración de su Templo de culto, durante ocho días. Y desde ese entonces y hasta ahora es que celebramos esta festividad, y la llamamos Luces. Yo supongo que la razón fue debido a que esta libertad que estaba más allá de nuestras esperanzas se nos presentó, y por lo tanto este nombre fue dado a la festividad. Judah también reconstruyó las murallas alrededor de la ciudad, y construyó torres de gran altura en contra de las incursiones de los enemigos, y puso guardias en ellas. Y también fortificó la ciudad de Bet Sura, para que pueda servir como citadela en contra de cualquer peligro que pudiese venir de nuestros enemigos».

La civilización maya que habitó una vasta región de Mesoamérica, con una historia de aproximadamente 3.000 años, en el territorio hoy comprendido por cinco estados del sureste de México que son Campeche, Chiapas, Quintana Roo, Tabasco y Yucatán; y en América Central en los territorios actuales de Belice, Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, en la Pirámide de Kukulkán en Chichen Itzá los rayos del sol producen un prodigioso efecto el día del solsticio de imvierno. Se forman siete triángulos isósceles de luz en la escalera NE simulando el cuerpo de una serpiente durante los atardeceres equinocciales, los rayos de luz penetran por la esquina nor-poniente de los basamentos de la fachada ONO.
Los múltiples y monumentales edificios de la gran explanada de Chichén Itzá están presididos por la Pirámide de Kukulkán, llamado por muchos «el Castillo», uno de los edificios más notables de la arquitectura maya. Es una pirámide de cuatro lados que culmina en un templo rectangular. Se asienta sobre una plataforma rectangular de 55,5 metros de ancho y tiene una altura de 24 metros. Cada lado de la pirámide tiene una gran escalinata, 91 escalones por lado y 1 más que conduce al templo superior, dando 365 escalones, uno por día del año, según el calendario maya. Balaustradas de piedra flanquean cada escalera, y en la base de la escalinata norte se asientan dos colosales cabezas de serpientes emplumadas, efigies del dios Kukulkán. Es en estas escalinatas y muy particularmente en sus pretiles o balaustradas, donde se proyectan durante el transcurso del día equinoccial, las sombras de las aristas de las plataformas o basamentos superpuestos, que integran el gran edificio, configurándose así la imagen del cuerpo de la serpiente-dios, que al paso de las horas parece moverse descendiendo y rematando en la mencionada cabeza pétrea situada en la base inferior de la escalinata. Es en este juego de luz y sombra, que representa la «bajada» de Kukulkán a la tierra, como quisieron los mayas simbolizar el mandato superior de acudir a la labor agrícola, ante la inminencia de la llegada de las lluvias.

Queda evidente la íntima relación que hicieron, los inventores de semejante montaje, de su conocimiento astronómico, aplicado a la arquitectura, en un entorno religioso y para un fin estrictamente político de liderazgo de masas, que debían concurrir puntualmente a la cita de una ardua tarea de supervivencia: la del pesado trabajo agrícola de su cultivo esencial, el maíz, base de su alimentación. Se infiere, por ende, que ese espectáculo que hoy vemos como mágico, tenía que ver con la estabilidad social de los mayas.

En la religión judía, la festividad de Janucá se celebra durante ocho días, del 25 de kislev al 2 de tevet (o el 3 de tevet, cuando kislev cuenta con solo 29 días). Durante esta festividad se prende una januquiá o candelabro de 8 brazos (más uno mayor). En la primera noche únicamente se prende el brazo mayor y una vela, y cada noche se va aumentando una vela, hasta el último día en el que todo el candelabro se enciende completo. Este hecho conmemora el milagro de que el aceite duró ocho días. La liturgia indica adiciones especiales al servicio diario de oraciones, así como un agregado especial a la bendición después de las comidas. Según la Halajá (ley judía), Janucá no es una festividad como Shaba, en el sentido de que no existe prohibición de realizar los tipos de tareas prohibidas en Shabat. Quienes observan la festividad trabajan normalmente, y no existe motivo religioso para que las escuelas cierren, aunque en Israel las mismas están cerradas desde el segundo día de la festividad y hasta su finalización. Es costumbre reunirse con familiares o amigos para el encendido de la januquiá e intercambiar presentes. Es costumbre entre los asquenazí que los niños jueguen con un dreidel o sevivon, el cual es un tipo de perinola. También se acostumbra comer levivot o latkes y sufganiot, tortas de patata y bolitas rellenas de mermelada y otras preparaciones fritas. Las luminarias de Janucá se encienden al atardecer, momento en el que —según la tradición judía— comienza el día. La tradición prevaleciente es la de encender progresivamente las luminarias, una la primera noche, dos la segunda, y así hasta completar las ocho. Una luminaria extra, llamada shamash (lit. «servidor» o «cuidador») se enciende primero, y se utiliza como llama piloto para encender a las demás. El shamash tiene una ubicación distinta al resto de las luminarias, usualmente más alta, más baja o al costado de las ocho luminarias de la festividad. El propósito de esta luminaria piloto es adherir a la prohibición indicada en el Talmud, según la cual las luminarias de Janucá no pueden ser utilizadas para nada más que recordar la historia de Janucá y meditar sobre ella. En este sentido, las luminarias de Janucá difieren de las velas de Shabat, que son utilizadas para iluminar. De esta forma, si se necesitase iluminación en Janucá, el shamash cumpliría esta función y evitaría el uso de las luminarias de Janucá para iluminación, evitando infringir la prohibición.

El shamash no cuenta entonces entre las luminarias de Janucá, por lo que de hecho, la primera noche se encienden dos luminarias (el shamash y la primera luminaria), el segundo día se encienden tres, y así sucesivamente. En total, al finalizar los ocho días, se encendieron 44 luminarias (36 sin contar el shamash).

Las luminarias pueden ser velas o lámparas de aceite.29 En casos en los que una llama abierta no está permitida, se puede —y a veces se hace— utilizar luminarias eléctricas. La mayoría de los hogares judíos tienen un candelabro especial para Janucá. Las intención de las luminarias de Janucá no es la de «iluminar adentro de la casa» sino «iluminar afuera de la casa», de forma que los transeuntes puedan ver las luminarias y recordar el milagro de la festividad. Por esto, las luminarias se ubican en una ventana prominente o cerca de la puerta que da a la calle.

Entre los ashkenazi se acostumbra a que cada miembro de la familia tenga su propia janukiá, mientras que los sefardíes  tienen una para todo el hogar. En épocas y lugares donde los judíos son víctimas de persecusiones y antisemitismo, las luminarias se esconden de la vista del público. La mayoría de los grupos jasídicos encienden las lámparas en un pasillo o zaguán, no necesariamente a la vista del público. La tradición indica que las luminarias se ubican en el lado opuesto a la mezuzá, para que cuando la persona atraviese la puerta esté rodeado por la santidad de ambos preceptos.

Las luminarias de Janucá deben arder por lo menos media hora luego de que oscurezca. La costumbre del Gaón de Vilna, observada por muchos residentes de Jerusalén como la costumbre de la ciudad, es la de encender las luminarias con la caída del sol, mientras que la mayoría de los jasidim las encienden más tarde, incluyendo en Jerusalén. Muchos maestros jasídicos las encienden mucho más tarde, para cumplir con la obligación de difundir el milagro, al contar con la presencia de sus seguidores en el momento de su encendido. Es común adquirir paquetes de 44 velas de Janucá, que arden aproximadamente media hora, por lo que en la mayoría de los casos el precepto se cumple encendiendo las luminarias cuando ya está oscuro.  La noche del viernes, sin embargo, representa un problema. Dado que las luminarias de Janucá no pueden encenderse en Shabat, las mismas deben ser encendidas antes de la caída del sol. Sin embargo, deben permanecer encendidas al menos media hora después de que oscurezca, por lo que las velas de Janucá comunes no alcanzan. Una solución simple es la de utilizar velas más largas o las tradicionales lámparas de aceite. A fin de no infringir con la prohibición de encender fuego en Shabat, las luminarias de Janucá se encienden antes que las de Shabat.

Para los cristianos, no ha habido en la historia del mundo ningún otro avatar tan grande como Jesucristo. Comprendo que los mahometanos, los hinduístas y los budistas dicen lo mismo de sus respectivos avatares –Mahoma para los mahometanos, Visnú para los hinduistas y Buda para los budistas– pero, sin menospreciarles a ellos, ésta es mi sincera opinión.

Como bien se sabe, Jesús fue un judío que nació en Belén, fruto de un humilde hogar integrado por María y su esposo José, un sencillo carpintero. A partir de los 33 años de edad sufrió el más inhumano calvario por sus prédicas de amor y fue juzgado y torturado hasta que fue clavado en una cruz. Durante estos días hemos venido celebrando la llamada Semana Santa para conmemorar ese cruel episodio.

Aunque él no creó ninguna religión, alrededor de sus enseñanzas se creó el cristianismo y de ella se formaron con el tiempo las diferentes iglesias cristianas, entre ellas la Iglesia Católica, que le consideran hijo único de Dios y que es uno de los integrantes de la trinidad que conforman el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tanto así que, para ellos, Jesucristo fue Dios hecho hombre. Pero, sin dármelas de teólogo, o cosa parecida, para mí es al revés. Fue hombre hecho Dios.

Creo esto porque supongo que, si en verdad él hubiese sido Dios, cuando unos cuantos soldados romanos llegaron al Monte de los Olivos a capturarle y para que lo identificaran Judas besó en la mejilla a su maestro, Dios lo habría impedido con una legión de ángeles y arcángeles. Creo que Dios no habría permitido de ninguna manera que trataran tan mal a su hijo, sino lo habría protegido con el ejército celestial de las acechanzas de los sacerdotes judíos que se sentían desplazados y pidieron a Herodes que le declarara culpable y a Pilatos que se lavara las manos y le condenara a ser crucificado en el Monte Calvario. Por lo menos eso es lo que yo habría hecho un ser humano en ese caso, de haber estado en el lugar de Dios.

Ayer tuve oportunidad de ver y escuchar por televisión una solemne ceremonia que tuvo lugar en la Iglesia San Pedro del Vaticano, en la que hubo un derroche de ostentación impresionante y tomó parte el papa Benedicto XVI, a quien también se conoce como “el vicario de Cristo” y «el representante de Dios en la Tierra». Y les digo sinceramente que me pareció que Jesucristo no ha de estar muy de acuerdo que digamos con la ostentación de tanta riqueza, mientras por todas partes del mundo hay muchísimos seres humanos que se mueren de hambre, no tienen qué comer ni tienen un techo que les proteja.

Pero en todas las diferentes religiones estas fechas se emplean para meditar, para verse a uno mismo en forma introspectiva, para «ponerse en bien con Dios» a través de ponerse en bien con uno mismo. No son festividades paganas en las que priva el desborde del comercialismo en el que se idolatra a un tal Santa Claus y se goza de todo lo material como orgías en banquetes y en bebidas. No deberían ser días dedicados a ir de paseo a los balnearios para asolearse, comer con gula y beber hasta ponerse borrachos.

Tampoco estoy muy seguro que a Dios le pueda gustar ese desvergonzado derroche de riqueza en la sede de la Iglesia Católica alrededor de su hijo Jesucristo que, en contraste, durante toda su vida fue un paradigma de humildad y sencillez. Jesucristo no vistió jamás esas túnicas tan finas y costosas, bordadas en oro, con las que lo visten en las procesiones y demás ritos idolátricos de Semana Santa. No se cómo, pero Dios debería hacerles saber que esas cosas que rayan en la idolatría no son de su agrado.

Hace pocos años, cuando unos antropólogos estaban escarvando en la Plaza Mayor de la ciudad de México en el lugar donde estaba edificado el templo mayor de los aztecas, debajo de la Catedral católica, encontraron una piedra labrada de regular tamaño que, según ellos, simboliza a la diosa azteca Tlalticutli y comprueba, una vez más, que la cultura azteca era idolátrica. Que los aztecas adoraban ídolos. Dios quiera que si alguna vez en el futuro distante alguna civilización que sustituya a la nuestra escarva debajo de sus propios templos y encuentra los templos católicos con esculturas de Jesucristo, de la Virgen María o de cualquier santo de la «corte celestial», se vaya a creer que también nuestra civilización fue idolátrica. Olvidando que Dios le dijo a Moisés en el Monte Sinaí que no se debía adorar a ninguna figura delante de Él. Y todos sabemos que Dios no tiene figura alguna porque es infinito e indescriptible.

Nota: para obtener muchos de estos datos consulté a la Enclopedia Libre Wikipedia, la Enciclopedia Libre.

Twitter: @jorgepalmieri