IDOLATRIA POR LA VIRGEN DE GUADALUPE


Sobre el Altar Mayor de la Basílica el cuadro de la Vírgen de Guadalupe y abajo de ella la bandera mexicana. Es tanta la devoción por la Virgen guadalupana que se convierte en idolatría.

Más de seis millones de personas humildes, que son tan fervientes devotos de la Vírgen de Guadalupe que caen en la idolatría, acudieron ayer a la enorme y moderna Basílica con gran cupo que sustituyó a la anterior que era más pequeña y en la que eran muchos menos los feligreses que cabían y, por consiguiente, mucho menos los ingresos económicos. Esa vieja basílica aún sigue en pie a su lado y se estaba hundiendo, pero lograron levantar la construcción con métodos hidráulicos. Desde Veracruz, Chiapas, Oaxaca y otros estados caminaron a pie largos días en su tradicional peregrinaje para ir a pedir o a agradecer  un milagro a la imagen enmarcada sobre el altar mayor del templo católico que es considerado una de las dos basílicas más visitados del mundo. La otra es la de San Pedro, en El Vaticano. A estos peregrinos les lleva hasta 15 días caminar a marchas forzadas para llegar al Distrito Federal, haciendo escalas en algunos estados que cruzan para poder comer algo. Y al llegar a su destino, el 12 de diciembre, día en el que se celebra a la Vírgen de Guadalupe, algunos de ellos llegan a pedirle algun milagro muy importrante o a agradecerle algún favor que le atribuyen a ella, hombres y mujeres de variadas edades, jóvenes y mayores, recorren de rodillas el largo atrio hasta llegar frente al altar sobre el cual está el cuadro en el que está la imagen impresa o pintada de la Virgen María que, supuestamente, quedó grabada en la tilma o delantal del indio Juan Diego, hoy elevado a los altares como San Juan Diego por el desaparecido papa Juan Pablo II. Esos peregrinos terminan con grandes llagas en las rodillas que les toma largo tiempo cicatrizar, pero son felices de haber cumplido su promesa a la Virgen de Guadalupe.

Todo proviene de las supuestas cuatro apariciones en el monte Tepeyac de la Vírgen María al indígena nahuatl Juan Diego, la primera el 9 de diciembre de 1531, diez años después de que había comenzado la sanguinaria «conquista» de México que todavía no había logrado terminar. Relató al Obispo Fray Juan de Zumárraga que iba rumbo al Convento de Tlaltelolco  para oír misa y que al llegar al pie del Tepeyac, de repente oyó música que parecía el gorjeo de miles de pájaros. Muy sorprendido, se paró, alzó su vista a la cima del cerro y vio que estaba iluminado con una luz muy extraña. De pronto cesó la música y en seguida oyó una voz muy dulce procedente de lo alto de la colina, llamándole por su nombre en nahuatl: «Juanito, querido Juan Dieguito, soy la Vírgen María, la madre del Dios verdadero». Juan Diego subió presurosamente al lugar de donde provenía la voz y al llegar vio a la Virgen María en medio de un arco iris, ataviada con esplendor celestial. Dijo que su hermosura y su mirada bondadosa llenaron su corazón de gozo infinito mientras escuchaba las palabras tiernas que ella le dirigió. Ella hablaba en azteca y le dijo «Soy la Inmaculada Virgen María, Madre del Verdadero Dios«; y agregó que su deseo más vehemente era tener un templo en el llano, donde iba a demostrar su amor a todos los que le fuesen a solicitar su amparo. Y agregó: «Y para realizar lo que mi clemencia pretende, irás a la casa del Obispo de México y le dirás que yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo: que aquí en el llano me edifique un templo. Le contarás cuanto has visto y admirado, y lo que has oído de mi voz. Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás que yo te recompense el trabajo y la fatiga con la que vas a procurar lo que te encomiendo. Ya has oído mi mandato, hijo mío, el más pequeño: anda y pon todo tu esfuerzo». Lo que, sinceramente, cuesta trabajo creer que la Virgen María le hablase en azteca y en esa forma. Ante lo cual, según él narró, se inclinó ante ella y le respondió: «Señora mía: ya voy a cumplir tu mandato; me despido de ti, yo, tu humilde siervo». Pero el Obispo Zumárraga no le creyó la historia y le pidió que volviera a contárselo más tarde, pero que si se le volvía a aparecer que viniera a contárselo. Ese mismo día, Juan Diego regresó a la cumbre de la colina y volvió a encontrar a la Virgen María que, supuestamente, le estaba esperando. Con lágrimas de tristeza, Juan Diego le contó a la Virgen cómo había fracasado su empresa porque no le habían creído. Entonces ella le pidió volver a ver al Obispo el día siguiente y él cumplió con la orden. Esta vez tuvo más éxito, pero el Obispo le pidió que pidiera a la Virgen alguna señal. Dice la leyenda que Juan Diego regresó a la colina, dio el recado del Obispo a la Virgen María y ella prometió darle una señal al siguiente día por la mañana. Pero Juan Diego no podía cumplir este encargo porque un tío suyo, llamado Juan Bernardino, había enfermado gravemente y tenía que cuidarlo. Dos días más tarde, el 12 de diciembre, Juan Bernardino estaba moribundo y Juan Diego se apresuró a traerle un sacerdote de Tlaltelolco. Llegó a la ladera del cerro y se fue por el lado oriente para tratar de evitar que la Virgen le viese pasar porque primero quería atender a su tío. Con gran sorpresa, la vio bajar y salir a su encuentro. Juan Diego se disculpó por no haber venido el día anterior por la enfermedad de su tío Juan Bernardino y después de oír las palabras de Juan Diego, ella le respondió: «Oye y ten entendido, hijo mío, el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esa ni ninguna otra enfermedad o angustia. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿Qué más te falta? No te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella; está seguro de que ya sanó». Cuando Juan Diego oyó estas palabras se sintió contento y le rogó que le diera alguna señal para llevar al Obispo para que le creyera. Ella le dijo: «Sube, hijo mío, el más pequeño, a la cumbre donde me viste y te di órdenes y hallarás que hay diferentes flores, córtalas, recógelas y tráelas a mi presencia». En aquella colina tan árida nunca había habido flores, mucho menos rosas, pero cuando Juan Diego subió, se asombró al ver que habían brotado muchas hermosas rosas. En sus corolas fragantes, el rocío de la noche semejaba perlas. Empezó a cortalas, las echó en su regazo y las llevó ante la Virgen María. Ella tomó las rosas en sus manos, las arregló en la tilma de Juan Diego y le dijo: «Hijo mío, el más pequeño, aquí tienes la señal que debes llevar al señor Obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu tilma y descubras lo que llevas». Cuando Juan Diego estuvo ante el obispo Zumárraga, le contó los detalles de la cuarta aparición y abrió su tilma para mostrarle las flores que había cortado y que la Virgen María había arreglado, las cuales cayeron al suelo desordenadamente. Pero, ante la inmensa sorpresa del Obispo y sus acompañantes, apareció la imagen de la Virgen María grabada con los más hermosos colores sobre la burda tela de su manto. El mismo día, 12 de diciembre, muy temprano, la Virgen María se presentó en la choza de Juan Bernardino, en ausencia de Juan Diego, para curarle de su mortal enfermedad. Su corazón se llenó de gozo cuando ella le dio el feliz mensaje de que su retrato aparecido en la tilma de Juan Diego, iba a ser el instrumento que iba a aplastar a la sanguinaria diosa Cuatlicue de la religión idólatra de los aztecas por medio de su devoción a ella.

Te-coa-tla-xope en la lengua azteca quiere decir «aplastará a la serpiente de piedra», pero cuando los españoles oyeron la palabra de labios de Juan Bernardino les sonó como «Guadalupe». Sorprendidos se preguntaron el por qué de este nombre español a la Virgen mexicana, pero así fue como la venerada imagen y el santuario adquirieron el nombre de Guadalupe, el cual ha llevado durante cuatro siglos. Sin embargo, se sabe que en Andalucía, España, ya existía un templo en el que se veneraba a la Virgen de Guadalupe, muy parecida a ésta, aunque no es morena.

Quienes no creen o ponen en duda la veracidad de la historia de Juan Diego y las supuestas apariciones de la Virgen María se basan en que antes de la llegada de los españoles los aztecas adoraban en esa misma colina a la diosa Tonantzin Coatlicue, como «la madre de todos los dioses», en un templo dedicado a ella que era muy visitado. Coatlicue significa «madre de los dioses», «la de la falda de serpientes» y  «la diosa de la vida y de la muerte, de la tierra y de la fertilidad la Madre Universal», y los aztecas le dedicaban toda su devoción. Su representación más conocida es un ídolo de piedra de una figura antropomorfa que lleva una falda de serpientes y un collar de manos y corazones arrancados de las víctimas en los sacrificios humanos. Su cabeza está formada de dos serpientes enfrentadas, símbolo de la dualidad, un concepto básico en la cosmovisión de las civilizaciones precolombinas. Coatlicue era una diosa feroz, temible, sedienta de sacrificios humanos. Sus afiladas garras en manos y pies invocan a la ferocidad del jaguar, animal sagrado para los aztecas por su violencia, y las serpientes que la cubren sustituyendo parte de su anatomía, simbolizan a la humanidad.


En el Museo de Antropología e Historia de la Ciudad de México se puede ver al ídolo Coatlicue, que era considerado por los aztecas como «madre de los dioses» y era adorada en un pequeño templo que estaba situado en el monte Tepeyac, el cual fue destruido totalmente por los «conquistadores» españoles para edificar sobre sus cimientos el primer templo a la Vírgen de Guadalupe. O sea que sustituyeron a un ídolo pagano de piedra, que era considerado «madre de los dioses» por otra una imagen de la Madre de Dios católica, pintada o grabada sobre el manto de hilo de maguey del indio Juan Diego.

Coatlicue era la madre de todo, y de todos los dioses aztecas, como el dios de la guerra y el sol Huitzilopochtli. La leyenda dice que quedó embarazada de Huitzilopochtli cuando una pluma entró a su vientre mientras ella estaba barriendo. Esta misteriosa concepción milagrosa ofendió a sus otros 400 hijos, pues estaba establecido que una diosa solamente debía concebir con otros dioses, por lo que aconsejados por su hija, la diosa Coyolxauhqui, decidieron matarla. Así fue, le cortaron la cabeza, pero en ese mismo momento nació de su vientre Huitzilopochli, que estaba armado y mató a muchos de sus hermanos, cuyos cuerpos se convirtieron en estrellas. A Coyolxauhqui la desmembró y arrojó su cabeza al cielo, donde pasó a ocupar el lugar de la Luna, mientras que el resto del cuerpo fue a parar a la profunda y obscura garganta de una montaña, donde permanecerá por toda la eternidad. Los incrédulos han dicho que el astuto Obispo Zumárraga inventó la historia del indio Juan Diego y lo de las supuestas cuatro apariciones de la Virgen María para hacer construir un templo en el mismo cerro Tepeyac donde los aztecas adoraban a Tonantzin Coatlicue, y sustituir a ese ídolo sanguinario con una imagen de una amorosa virgen morena, como ellos, a la cual denominaron Virgen de Guadalupe. Monseñor Guillermo Schulenburg, el último abad de la Basílica durante muchos años, trató en vano de impedir que el papa Juan Pablo II beatificara primero y santificara después a Juan Diego, argumentando que no había pruebas de que él haya existido, ni, mucho menos, de las supuestas cuatro apariciones de la Virgen María; según él, la imagen de la Virgen María en esa tela no fue producto de un milagro, sino una pintura que en el transcurso de los años ha debido ser retocada varias veces, pero este hecho ha sido ocultado. La supuesta tilma de Juan Diego en la cual está impresa, grabada o pintada la imagen de la Virgen María, está hecha de fibra de maguey. Tiene 195 centímetros de largo por 105 de ancho con una sutura en medio que va de arriba a abajo. Impresa por un milagro, o pintada, en ella está la figura de la Vírgen de Guadalupe, que es considerada «emperatriz de México» y «Reina de América». El cuerpo de ella mide 140 centímetros de alto. Esta imagen es el único retrato auténtico que se tiene de ella. Su conservación en estado fresco y sin deterioro por más de cuatro siglos, debe considerarse milagrosa. Se venera en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de México, donde ocupa el sitio de honor en el altar mayor, arriba de la bandera tricolor. La imagen de la Virgen morena duró en su primera ermita desde el 26 de diciembre de 1535 hasta 1622. La segunda iglesia ocupó el mismo lugar donde hoy se encuentra la Basílica. Esta duró hasta 1695. Pocos años antes fue construida la llamada Iglesia de los Indios junto a la primera ermita, la cual sirvió entonces de sacristía para el nuevo templo. En 1695, cuando fue demolido el segundo templo, la imagen fue llevada a la Iglesia de los Indios donde se quedó guardada hasta 1709, fecha en que se dedicó el nuevo templo que todavía despierta admiración. El 12 de octubre de 1895 la  imagen de la Virgen de Guadalupe fue coronada por decreto del papa León XIII, y el 12 de octubre de 1945, en el cincuentenario de la coronación, el papa Pío XII le aplicó el titulo de «Emperatriz de las Américas». En el transcurso de los años, la Virgen de Guadalupe ha recibido varios títulos: patrona de la ciudad de México (1737); patrona de los ciudadanos de la ciudad de Ponce, en Puerto Rico (1757); patrona de la Nueva España (1746) Patronato reconocido por Roma en el año de 1754 a través del papa Benedicto XIV; Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe (12-oct-1895); patrona de América Latina (1945); patrona de los estudiantes del Perú (1951), por el papa Pío XII; Reina de México y Emperatriz de América (2000), por el papa Juan Pablo II. Nuestra Señora de Guadalupe es también la patrona de una Parroquia en Río Claro, Golfito, Puntarenas, Costa Rica, en la Diócesis de San Isidro del General.
El último abad de la Basílica durante muchos años, monseñor Guillermo Schulenburg, trató en vano de convencer al papa Juan Pablo II de que desistiera de beatificar primero y canonizar después al indio Juan Pedro, argumentando que no había pruebas de su existencia ni, mucho menos, de las supuestas cuatro apariciones de la Virgen María. En vista de que el papa insitía en elevar a los altares a Juan Diego, el 6 de septiembre de 1996 anunció que abandonaría su cargo el 31 de octubre. Ese 6 de septiembre se convirtió en el último hombre que ocupó ese puesto desde 1751. Al mismo tiempo de su retiro como abad de la Basílica, recibió el cargo de abad emérito del principal santuario mariano de América.

Guillermo Schulenburg nació en la Ciudad de México el 12 de junio de 1916. Ingresó al Seminario Conciliar de México el 20 de enero de 1930, en donde estudió Humanidades y Filosofía. Posteriormente fue enviado a Roma al Colegio Pío Latinoamericano, donde estudió la licenciatura en Teología y bachillerato en Derecho Canónico en la Universidad Gregoriana. A su regreso a México, durante la II Guerra Mundial, dio clases en el Seminario Conciliar de la Arquidiócesis de México, tanto de latín como de griego, y posteriormente de Filosofía, Derecho Público Eclesiástico y de Ascética. Entre otros cargos se desempeñó como vicerrector y rector del Seminario Conciliar de la Arquidiócesis de México. También fungió como presidente de la Organización de Seminarios de América Latina. Mi amada esposa, Anabella, y yo tuvimos el honor y el privilegio de cultivar con él una grata amistad cuando yo desempeñaba el cargo de Embajador de Guatemala del 1 de diciembre de 1978 al 23 de junio de 1982. Vino varias veces a la residencia de la embajada a almorzar o a cenar y platicamos ampliamente sobre este tema. Me dijo que por más que había investigado minuciosamente la veracidad o falsedad de la historia de Juan Diego y las suspuestas apariciones de la Virgen María, había llegado a la conclusión de que Juan Diego no existió y que jamás ocurrieron las apariciones, pero que el Obispo Zumárraga había inventado todo esto durante la «conquista» para apaciguar a los aztecas que aún no habían depuesto las armas y se necesitaba un valor muy poderoso en común que pudiese unificar a los 6 millones de aztecas con los españoles. Y con la Vírgen de Guadalupe, como madre de Dios, destruyó hasta los cimientos el templo a Tonantzin Cuatlicue, que era «la madre de los dioses» para los aztecas, pero la sustituyó con la Virgen morena de Guadalupe. Y pronto se edificó un templo para la Virgen de Guadalupe sobre los cimientos del templo en el que se adoraba a Cuatlicue. Lo que, en mi opinión, no fue otra cosa que sustituir a un ídolo de piedra por otro ídolo de características humanas. Y desde entonces se podría decir que más que católicos, los mexicanos son guadalupanos. Aunque por otra parte, la Virgen de Guadalupe ha servido para varias causas patrióticas trascendentales para México, como que ha mantenido unido al pueblo mexicano y con un estandarte de ella en la mano, el padre Miguel Hidalgo y Costilla, en compañía de los militares Ignacio Allende y Juan Aldama, dio el famoso «grito de Dolores» y encabezó la guerra de independencia llevando siempre ese estandarte en la mano.

El supuesto indio nahuatl Juan Diego (hoy San Juan Diego) nació en 1474 en el «calpulli» de Tlayacac en Cuauhtitlán, México, establecido en 1168 por la tribu nahua y conquistado por el jefe Azteca Axayacatl en 1467. Cuando nació recibió el nombre de Cuauhtlatoatzin, que quiere decir «el que habla como águila» o «águila que habla». Juan Diego perteneció a la más numerosa y baja clase del Imperio Azteca, sin llegar a ser esclavo. Se dedicó a trabajar la tierra y fabricar matas las que luego vendía. Poseía un terreno en el que construyó una pequeña vivienda. Contrajo matrimonio con una nativa pero no tuvo hijos. Entre 1524 y 1525 se convirtió al cristianismo y fue bautizado junto a su esposa, él recibió el nombre de Juan Diego y ella el de María Lucía. La ceremonia estuvo a cargo del el misionero franciscano Fray Toribio de Benavente, llamado por los indios «Motolinia» o «el pobre». Antes de su conversión, ya era un hombre piadoso y religioso. Era muy reservado y de carácter místico, le gustaba el silencio y solía caminar desde su poblado hasta Tenochtitlán, a 20 kilómetros de distancia, para recibir instrucción religiosa. Su esposa María Lucía falleció en 1529. En ese momento Juan Diego se fue a vivir con su tío Juan Bernardino, en Tolpetlac, a sólo 14 kilómetros de la iglesia de Tlatilolco, Tenochtitlán. Durante una de sus caminatas camino a Tenochtitlán, que solían durar tres horas a través de montañas y poblados, ocurrió la primera aparición, en el lugar ahora conocido como «Capilla del Cerrito», donde supuestamente la Virgen María le habló en su idioma, el náhuatl o el azteca. Juan Diego tenía 57 años en el momento de las apariciones, ciertamente una edad avanzada en un lugar y época donde la expectativa de vida masculina apenas sobrepasaba los 40 años. Después de las supuestas apariciones, Juan Diego fue a vivir a un pequeño cuarto pegado a la capilla que alojaba la imagen, tras dejar todas sus pertenencias a su tío Juan Bernardino. Pasó el resto de su vida dedicado a la difusión del relato de las supuestas apariciones entre la gente de su pueblo. Murió el 30 de mayo de 1548, a la edad de 74 años. Fue beatificado en abril de 1990 por el papa Juan Pablo II y posteriormente fue proclamado santo el 31 de Julio de 2002.

Durante los 33 años que monseñor Guillermo Schulenburg estuvo al frente de la antigua Basílica, se encargó de la construcción de la nueva basílica, la cual encomendó al genial arquitecto mexicano Pedro Ramírez Vázquez, mismo que construyó el Museo de Antropología e Historia. Además de que encabezó los trabajos de edificación de la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe en la Basílica de San Pedro en Roma. Al principio, muchos guadalupanos de obtusa mentalidad tradicional se opusieron a la forma de la nueva basílica, porque esperaban que fuese con la misma forma y estructura que todas las iglesias católicas. Como la que vemos abajo, en la que el cupo de creyentes era sumamente limitado y, por consiguiente, también lo eran los ingresos económicos. Pero los opositores no lograron impedir que el arquitecto Ramírez Vásquez construyese la nueva basílica con una forma c¡rcular en la que caben por lo menos 100 veces más feligreses que en la tradicional. La Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe es el segundo santuario católico más visitado del mundo después de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, con más de 14 millones de visitantes todo el año en innumerables peregrinaciones desde todas las partes del país, aunque en el año 2006 superó a la Basílica de San Pedro en número de visitantes, convirtiéndose durante un año en el santuario católico más visitado del mundo.

Esta fue la antigua basílica con cupo muy limitado para los devotos peregrinos y turistas. Al fondo del callejón puede verse la tienda donde venden posters de la Vírgen de Guadalupe, medallas y toda la parafernalia alusiva a todo lo guadalupano.

Mi querida amiga Aura Ruiz («La Muñecona») y yo, de espaldas, caminando hacia la antigua basílica que actualmente todavía está en uso, la cual fue rescatada por un ingeniero genial porque se estaba hundiendo y lograron levantarla con grandes «gatos» hidráulicos similares a los de los automóviles.

Uno de los supuestos «defectos» que se le encontraba a la modernista basílica era que no tenía un reloj, como el que tiene la basílica anterior, por lo que, para apaciguar los ánimos, exaltados de los recalcitrantes tradicionalistas, el arquitecto Ramírez Vásquez tuvo que edificar lo que se ve en esta foto en el atrio para poner un reloj ajeno a la basílica propiamente.

Este es el interior de esa vieja basílica donde cabían tan pocos feligreses y, por consiguiente, los ingresos económicos eran más limitados en comparación con los recursos que hoy se perciben en la actual basílica.

A la entrada de la vieja basílica está esta estatua de Juan Pablo II porque dejó un recuerdo tan grande en México que se le explota con limosnas como si ya hubiese sido elevado a los altares por el Vaticano. Y a su lado hay una caha como alcancía para que los devotos echen sus limosnas.

La actual monumental Basílica de la Virgen de Guadalupe de la Ciudad de México que despertó fuertes críticas de parte de los católicos tradicionalistas que se resistían a aceptar una basílica modernista que no fuese similar a las iglesias católicas y a las basílicas anteriores. Pero actualmente todos en general admiran y aplauden la monumental obra del arquitecto Pedro Ramírez Vásquez.

Mi querida amiga y compañera de viaje Aura Ruiz (a quien llamamos «La Muñecona») ante la Basílica de Guadalupe. Viendo a los sufridos peregrinos que entraban de rodillas a la basílica, ella comentó (de broma por supuesto) que para que a ella le sean perdonados todos sus pecados tendría que entrar arrastrada.

El licenciado Stuardo Juárez posando ante la Basílica de Guadalupe pocos minutos antes de ir a la tienda donde venden posters de la Virgen guadalupana, medallitas y toda la parafernalia que se vende a los devotos peregrinos y turistas, negocio que produce muy fuertes ingresos.

El interior de la actual Basílica. Aquí no se menciona a Dios, ni tampoco a Jesucristo, porque todo se circunscribe a la Vírgen de Guadalupe. Lo único que recuerda a Jesús es una cruz en lo alto del Altar Mayor. Pero no hay ni una sola escultura o figura de bulto o imagen de él, ni de ninguna de las tantas santas o tantos santos.

El altar mayor durante una misa de las muchas que se celebran diariamente a las que siempre asisten muchos miles de devotos guadalupanos que, en el momento dado de la misa, pasan varias personas recogiendo los aportes económicos de los devotos.


Los negocios que hay afuera del templo son restaurantes para explotar a los peregrinos y numerosas ventas como ésta de retratos de la Virgen de Guadalupe y de toda la parafernalia alusiva. Alguien me comentaba que si Jesús volviese a venir seguramente volvería a echar a los comerciantes del templo. La verdad es que repugnan éste y otros muchos comercios similares que hay frente a la Basílica.

Muchos millones de católicos veneran a la Virgen de Guadalupe, entre ellos la inmensa mayoría de los mexicanos que, más que católicos, son profundamente guadalupanos. Más que venerar a la Virgen de Guadalupe, caen en la idolatría. Como, en mi opinión, es idolatría ponerse de rodillas y orar ante las esculturas de santas y santos y cargarlos en hombros por las calles en las famosas procesiones. Que me perdonen los fanáticos católicos, pero a esta conclusión he llegado al cabo de mis 83 años de vida. Esto me recuerda el histórico episodio de Moisés al bajar del Monte Sinaí después de haber recibido esculpidos en piedra los 10 mandamientos de la Ley de Dios y se llevó la desagradable sorpresa de ver a los judíos adorando al bellocino de oro. Todos los años, el 12 de diciembre se celebra El Día de la Virgen de Guadalupe, y desde el 11 a la media noche, muchos famosos artistas de cine, teatro o televisión se reunen frente al altar mayor de la Basílica para cantarle «Las Mañanitas» en su cumpleaños. Algunos le cantan canciones profanas de amor como si fuese una persona humana y no de la madre de Jesucristo. Este año asistieron a la serenata artistas famosos como el cantautor Marco Antonio Solís «El Bucky», la actriz y cantante María Victoria y la bella Aracelly Arámbula, la cantante y actriz Lucero, el tenor clásico Fernando de la Mora, la cantante popular Guadalupe Pineda, el actor y cantante Fernando Allende y otros cuyos nombres no recuerdo. Se dice que algunos de ellos lo hacen más que por una sincera devoción guadalupana, con el propósito de promocionarse porque no sólo les escuchan los devotos que se encuentran en la basílica y demás peregrinos, sino también millones de televidentes de muchos países porque sus actuaciones son transmitidas por Televisa.

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