¡Viva México! ¡Viva México! ¡Viva México!

México está celebrando con impresionante pompa –y el gasto de más de dos decenas de millores de dólares– el Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución, pero realmente la Independencia de ese país no se consumó en el año 1810, hace 200 años, sino once años más tarde, en 1821. Lo cual significa que realmente es el bicentenario del inicio de la gloriosa gesta independentista y no del hecho consumado. En  la madrugada del 16 de septiembre de 1810 tuvo lugar en el atrio de la parroquia de Dolores lo que históricamente se conoce como “Grito de Dolores” que profirió el valiente y carismático sacerdote católico Miguel Hidalgo y Costilla, considerado “el padre de la patria”, con el cual dio inicio la guerra entre las fuerzas leales al virreinato y un ejército irregular compuesto de campesinos y criollos patriotas al mando del cura Hidalgo, con el grado militar de «Generalísimo»,  y del General Ignacio Allende. A pesar de que ambos solamente lograron sobrevivir menos de un año en la guerra independentista antes de ser derrotados, apresados y fusilados, Hidalgo tuvo tiempo para dejar algunas medidas trascendentales como la abolición de la esclavitud que decretó en diciembre de 1810 mientras se encontraba en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Esto tiene un enorme mérito porque gracias a él México fue uno de los primeros países de América que abolió la esclavitud, ya que en Colombia también se abolió en 1810; en Chile el 11 de octubre de 1811; en Ecuador, la manumisión de los esclavos fue proclamada el 24 de julio de 1851; en Venezuela fue en 1821, durante el Congreso de Cúcuta; en Panamá, fue abolida en 1851; en Brasil, la abolición de la esclavitud o «Ley de Vientre Libre» fue promulgada el 28 de septiembre de 1871 por el gabinete del Vizconde de Rio Branco; en Brasil, la  fue promulgada el 28 de septiembre de 1871 por el gabinete del Vizconde de Rio Branco. En Estados Unidos, la esclavitud es abolida primero en el norte industrial, siendo ésta una de las causas de la llamada «Guerra de Secesión», para finalmente abolirse en todo el territorio en 1865, al caer derrotadas las tropaa del sur por el Presidente Abraham Lincoln. Entre los últimos países en abolir la esclavitud se encuentran Cuba, bajo dominio español, en 1886, y Brasil en 1888. En América, el primer país en el que se abolió la esclavitud fue Haití, en 1803. Los historiadores guatemaltecos Alejandro Marure y Carlos Martínez Durán, afirmaban que la primacía de esta abolición en Centroamérica correspondía a Guatemala, el 24 de abril de 1824.

Miguel Hidalgo y Costilla, autor del famoso Grito de Dolores

Miguel Hidalgo y Costilla Gallaga nació el 8 de Mayo de 1753 en el rancho de San Vicente, perteneciente a la hacienda de San Diego Corralejo, del municipio de Pénjamo (hoy Guanajuato), y murió fusilado en la Ciudad de Chihuahua, Chihuahua, el 30 de julio de 1811, a los 57 años de edad. Fue bautizado con los nombres de José Miguel Gregorio Ignacio. Fue hijo de Cristóbal Hidalgo y Costilla, administrador de la hacienda, y de Ana María Gallaga Mandarte, ambos españoles. Tuvo varios hermanos y una infancia cómoda, tranquila y alegre; y desde niño se marchó a Valladolid (hoy Morelia), con su hermano José Joaquín, para estudiar la carrera eclesiástica. Ingresó al colegio de San Nicolás, de los jesuitas, donde además de sus materias, aprendió el idioma francés, lo que le permitió ampliar sus conocimientos cada vez más a través de lecturas del pensamiento europeo de su tiempo. Era un ávido lector y leyó a Cicerón y a Ovidio, así como a San Jerónimo y a San Agustín.  Sus buenas calificaciones lo hicieron sobresalir y pronto se le encargó impartir algunas cátedras, luego obtuvo el puesto de Rector del Colegio. Hidalgo luchó mucho por su pueblo y, sobre todo, porque se diera un mejor trato a los indígenas campesinos. Por eso se le considera un precursor de lo que hoy se llama «trabajo social», pero que en realidad no es más que es dar un trato humanitario y solidario a los más necesitados. Durante el relativamente corto tiempo que estuvo al mando del ejército rebelde decretó la abolición de la esclavitud. Amaba las artes, practicaba la música y la literatura y, por su trato amable, se ganó el respeto y el cariño de sus feligreses.

Una vez ordenado sacerdote, ocupó varios curatos, como el de Colima y San Felipe, hasta que a la muerte de su hermano Joaquín, ocurrida en 1802, ocupó su lugar como párroco de Dolores. Le gustaba aprender las labores del campo. El contacto con lo artesanos de su pueblo, se le facilitaba el aprendizaje de diversas artesanías, siempre le gustaba ayudar a sus feligreses. Su espíritu emprendedor lo llevó a instalar varios talleres de artesanías e industria, alfarería, curtiduría, carpintería, herrería, etcétera. Con la ayuda de sus feligreses mandó excavar una noria y plantó moreras y vides. Se preocupaba por enseñar actividades que tuvieran algún valor comercial; actividades productivas que contribuían poderosamente a elevar el nivel de vida de los habitantes más necesitados de Dolores y poblaciones vecinas, para lo cual aprovechaba los recursos naturales, cosa que nadie había hecho en esa región. En 1808 conoció al capitán Ignacio Allende y a partir de ese día asistió a las reuniones de los descontentos con la situación de la Nueva España que tenían lugar en la casa del Corregidor de Querétaro, Miguel Domínguez, y su esposa, doña Josefa Ortiz de Dominguez, llamada «La Corregidora», quien –según el historiador mexicano Francisco Martín del Campo– era amante de Allende, con quien tuvo su décimo tercer hijo, porque antes había tenido 12 con su marido. Cuando la conspiración fue descubierta, debieron adelantar la fecha del levantamiento que había sido originalmente fijado para el 1 de diciembre, pero Allende lo hizo cambiar para el 2 de diciembre alegando «razones estratégicas». Pero esa fecha tuvo que ser adelantada para la madrugada del día siguiente de haber sido aprehendida «La Corregidora» y sentenciada a vivir seis años en un monasterio, como era la costumbre en esos casos para que las damas de alcurnia no tuviesen que pasar la vergüenza de estar en prisión. Por cierto que esta señora era una mujer muy valiente, y soportó con estoicismo el encierro hasta que triunfó la guerra por la Independencia y el General Agustín de Iturbide entró triunfante a la Ciudad de México a la cabeza del «Ejército Trigarante» y se declaró Emperador. Entonces fue dejada en libertad y la esposa de Iturbide, Ana María Huarte, la invitó a formar parte de la Corte de la Emperatriz, y doña Josefa le respondió: «No gracias, prefiero ser reina de mi casa y no sirvienta de la Emperatriz». Además, después de que asumió la Presidencia el General Guadalupe Victoria, fue a visitarla a su casa y ella le pidió que se marchara porque había traicionado las promesas que había hecho. O sea que era una «vieja» (como llaman los mexicanos a todas las mujeres, sin importar la edad) no sólo calenturienta, sino muy bragada.

Hidalgo fue un sacerdote y militar que destacó en la primera etapa de la Guerra de Independencia de México, que inició con un acto conocido en la historia mexicana como «Grito de Dolores». Dirigió la primera parte del movimiento independentista, pero tras una serie de batallas, algunas de las cuales ganó pero también sufrió varias derrotas, hasta que finalmente fue capturado el 21 de marzo de 1811 y llevado prisionero a la ciudad de Chihuahua, donde fue juzgado y fusilado el 30 de julio.
En junio de 1765, Miguel Hidalgo junto a su hermano José Joaquín se fueron a estudiar al Colegio de San Nicolás Obispo, ubicado en Valladolid, capital de la provincia de Michoacán. El colegio había sido fundado en 1547 por Antonio de Mendoza y Pacheco, primer virrey de Nueva España, quien entregó a la Compañía de Jesús la universidad y el edificio en el que se aloja, donde instituyeron cátedras de latín, derecho y estudios sacerdotales. Fue en esta casa donde estudiaron los hermanos Joaquín y Miguel Hidalgo hasta el año 1767. El 25 de junio de 1767 los jesuitas fueron expulsados de los territorios del Imperio español por órdenes del Rey de España Carlos III, y su ministro, el Conde de Floridablanca. El colegio permaneció cerrado unos meses, pero en diciembre se reanudaron las clases.

Hidalgo fue párroco de Dolores durante los ocho años previos al levantamiento. Después de que se dio la mal llamada «Conspiración de Valladolid», en 1809, y tras su fracaso, los autores se refugiaron en Querétaro. A partir de este momento el cura Hidalgo entró en contacto con las ideas revolucionarias en las reuniones en la casa de «La Corregidora», aunque sin afiliarse a ellas. Se ignora cuándo fue exactamente que se sumó a los conspiradores, pero se cree que fue a principios de septiembre de 1810. Impulsado por «La Corregidora» y Allende, finalmente se sumó  a los independentistas. Pero la «Conspiración de Queretaro» fue denunciada y muchos de sus participantes fueron encarcelados. La noche del 15 y la madrugada del 16 de septiembre de 1810, Hidalgo convocó al pueblo de Dolores y realizó el famoso “Grito de Dolores” instando a la población a ser leal al rey Fernando VII y a levantarse en armas contra «el mal gobierno».

Se ignora desde cuándo fue que Hidalgo se sumó a la conspiración, ni en qué forma, pero el historiador Francisco Martín Moreno cree que fue por medio de la esposa del Corregidor de Querétaro, doña Josefa Ortiz de Domínguez,  llamada  «la Corregidora»,  amante de Allende, a quien éste le había confiado que quería encabezar un movimiento de insurrección para obtener la Independencia, pero ella le convenció de que sería mejor que lo dirigiese el cura Hidalgo, por su gran carisma y por tener muchos amigos influyentes y gozaba de muchas simpatías. A principios de septiembre de 1810, impulsado por Allende, Hidalgo finalmente se sumó a los independentistas. Pero la «Conspiración de Queretaro» fue denunciada por un militar traidor que había asistido a alguna de las reuniones y la mayoría de sus participantes fueron encarcelados. Cuando se el cura Hidalgo enteró  de los acontecimientos, convocó al pueblo de Dolores la madrugada del 16 de septiembre y realizó el famoso “Grito de Dolores” en el que ratificó su lealtad al rey Fernando VII e instó a la población a levantarse en armas contra «el mal gobierno».  Allende lo aceptó, aunque a regañadientes, porque no le tenía mucha simpatía a Hidalgo, a quien calificó de «cura bribón». Y confesó que pensó envenenarlo cuando las tropas a su mando habían tomado Cuautla y estaban a un paso de la capital, y él propuso continuar a la Ciudad de México, pero el «Generalísimo» se negó a se hiciera por temor de que pudiese producirse otra matanza tan sanguinaria como la de Guanajuato y le ordenó la retirada a pesar de que Allende estaba convencido de que si hubiesen seguido a la Ciudad de México, la guerra habría terminado pronto.

El «Grito de Dolores» es considerado el punto cronológico emblemático con el cual se inició la lucha por la Independencia de México. Consiste en el llamado que hizo el cura Miguel Hidalgo y Costilla a sus parroquianos en compañía de los militares al servicio de las fuerzas de la realeza Ignacio Allende y Juan Aldama, con el fin que desconocieran la autoridad virreinal de la Nueva España y se sublevaran. Este hecho tuvo lugar durante las primeras horas de  la mañana del 16 de septiembre de 1810. El llamado se hizo tañendo la Campana de Dolores, ubicada en el campanario oriental de la iglesia parroquial del entonces poblado de Dolores, hoy municipio de Dolores Hidalgo, C.I.N. (Cuna de la Independencia Nacional), ubicado en el territorio del estado de Guanajuato. Una vez estaba congregada la población frente a la iglesia, el cura Hidalgo pronunció un emotivo sermón en el cual declaró su fidelidad al rey Fernando VII, y al final del cual gritó: “¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Abajo el mal gobierno! ¡Viva Fernando VII!. En futuras correspondencias, el general Allende señaló que el nombre de Fernando VII fue usado solamente como pantalla. El texto de este grito ha sido alterado paulatinamente en el transcurso del tiempo para servir los intereses de los sucesivos gobiernos, con adiciones como “¡Viva la América española!” y “¡Mueran los gachupines!”, expresión peyorativa que realmente no fue dirigida contra todos los españoles, en general, sino particularmente contra los españoles afrancesados que apoyaron la invasión napoleónica a España; y concluye repitiendo «¡Viva México! ¡Viva México! ¡Viva México!». Esto último forma parte del tradicional “grito de independencia” que profieren los presidentes de México de turno en ocasión de las festividades conmemorativas de la Independencia, como lo hizo anoche el actual mandatario, Felipe Calderón Hinojosa, aunque es obvio que Hidalgo no pudo haberlo dicho en esa forma por no estar determinado todavía el nombre del futuro país cuando llegase a ser independiente, ni si éste sería su destino.

Cura y General José María Morelos y Pavón

Siempre se ha señalado al cura Hidalgo como el máximo exponente en la lucha por la Independencia de México, pero –en mi opinión– fue más importante y determinante en ese trascendental hecho histórico el también cura José María Morelos y Pavón, quien  durante varios años de sangrientos combates demostró tener más valor, más astucia política y gran capacidad estratégica como militar y como estadista, porque dejó varias obras sobre los objetivos sociales que se debían perseguir en favor de los criollos y del pueblo indígena que, como el de Guatemala, vivía en la miseria y como si fuese esclavo de los españoles y de los criollos y necesitaba urgentemente que se mejorase su situación.

Cuando las tropas de Napoleón Bonaparte invadieron España y obligaron a abdicar a los reyes borbones Carlos IV y Fernando VII, sucesivamente, para sentar en el trono a su hermano, José Bonaparte, los miembros del Ayuntamiento de México se negaron a reconocer a otro monarca en España que no fuese borbón, y reclamaron la soberanía de su territorio en ausencia de un rey legítimo. En realidad, ellos no perseguían la Independencia, pero pedían que se tuviesen por nulas las abdicaciones hechas por los mencionados reyes, argumentando que en la Nueva España se debía organizar un gobierno propio apoyado por el pueblo ante la falta de reyes la soberanía había vuelto al pueblo, y pidieron al virrey y a la Junta del Ayuntamiento jurar fidelidad a Fernando VII como rey de España y de la Indias. El virrey de Nueva España, José Joaquín de Iturrigaray y Aróstegui (1803-1808), apoyó la propuesta de instaurar una Junta Suprema de México por los votos de los ayuntamientos de la cual él mismo seria la cabeza conservando la soberanía mientras Fernando VII no estuviese en el trono. Algo similar a lo que hizo Gabino Gaínza en la Capitanía General de Guatemala al firmar el Acta de Independencia pero quedándose él a cargo de la presidencia y rodeado de los mismos criollos que habían apoyado al virreinato.

Los españoles realistas de la Nueva España vieron este proyecto como un paso que podría conducir a la independencia y dieron un golpe de Estado al virrey, a quien mandaron de regreso a España, y los cabecillas del movimiento, Francisco Primo Verdad y Ramos y Juan Francisco Azcárate, encabezados por fray Melchor de Talamantes, fueron encarcelados y murieron misteriosamente en la carcel.

Conducidos por Gabriel Yermo, el 15 de septiembre unos 300 españoles realistas tomaron por asalto el palacio del virrey, a quien apresaron con sus asesores porque creyeron que eran cómplices en la conspiración para una emancipación política total de la Nueva España y debían impedirlo porque temían que podrían perder sus bienes y hasta la vida. A partir de ese momento instauraron un gobierno militar cerrado a cualquier cambio. El ponente del proyecto, Primo Verdad y Ramos, uno de los criollos más renombrados de la Junta del Ayuntamiento, fue encarcelado y murió en prisión misteriosamente para dar un ejemplo de lo que esperaba a todos los que intentaran promover un cambio en el orden del poder del virreinato. Sin embargo, esto no intimidó a los grupos opositores a los realistas, sino todo lo contrario, los instó a agruparse para tomar el poder a cualquier precio.

«La Corregidora» Josefa Ortiz de Domínguez

Esta conspiración nació en Querétaro y entre los principales participantes estuvieron doña Josefa Ortiz de Domínguez, esposa del Corregidor de Querétaro, don Miguel Domínguez, argumentando que a los criollos –y a nadie más que a los criollos– correspondía gobernar el país. Este grupo de conspiradores independencistas fue impulsado por un pequeño grupo de militares, encabezados por el capitán Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Abasolo, Joaquín Arias y otros. Las reuniones de este grupo se hacían en la casa del presbítero José M. Sánchez y a ellas acudían Allende, Altamirano, Aldama, Hidalgo y otros. El Corregidor no asistía a las reuniones, pero aparentaba que estaba de acuerdo con la idea, aunque lo discutía con su esposa, quien se reunía en su  casa con Allende para planificar el proyecto. Las reuniones estaban encubiertas con el pretexto de celebrar juntas literarias. El principal promotor de esta conspiración fue el capitán Ignacio Allende, hombre impulsivo nacido en una familia pudiente, que deseaba dirigir la rebelión pero en forma de un movimiento de la clase media criolla encabezada por militares, pero se escogió al cura Hidalgo por su gran carisma. Los españoles descubrieron la conjura por la traición de uno de los militares y doña Josefa se lo informó a Allende para que éste a su vez se lo notificara al padre Hidalgo, que se encontraba en Dolores, para que se adelantara la fecha del levantamiento que se suponía que tendría lugar en octubre, lo cual se hizo en la madrugada del 16 de septiembre al realizar su célebre «Grito de Dolores» ante a un buen número de criollos e indígenas campesinos que demostraron ser muy sanguinarios en el asalto a la Alhóndiga de Granaditas en el actual Estado de Guanajuato, donde se habían refugiado los españoles y los criollos nás pudientes. Después de varias acciones exitosas contra las tropas reales, el cura Miguel Hidalgo y Costilla, asimilado al grado de Generalísimo, fue derrotado, capturado y fusilado junto con el general Allende y otros insurgentes y sus cabezas fueron exhibidas durante 10 años en jaulas en una torre de la Alhóndiga de Granaditas de Guanajuato. Entonces se hizo cargo de continuar la lucha, el cura José María Morelos y Pavón, quien después de varios años de librar duras batallas y de haber derrotado en varias veces a las tropas reales, finalmente fue hecho presionero y fusilado, pero continuaron el general Vicente Guerrero en las montañas de la Sierra Madre del Sur y Guadalupe Victoria escondido en las cavernas de Veracruz. Éste fue el primer presidente de México cuando fue liberada del yugo de España y entró a la Ciudad de México el “Ejército Trigarante” el 27 de septiembre de 1821, encabezado por el General Agustín de Iturbide, quien se dice que antes había tratado de sumarse a la lucha de Hidalgo, pero éste se negó a darle el grado de General y entonces se pasó al ejército realista, en el que se desempeñó con saña sanguinaria contra los independencistas y eventualmente fue comisionado para combatir al general Guerrero, pero en vez de hacerlo se unió a éste cuando firmaron el «Plan de Iguala» con el que se puso punto final a los once años de lucha.

General Ignacio Allende compartió la jefatura militar con Hidalgo

La precipitación con la que convoca al levantamiento responde a que la conspiración independentista había sido recién descubierta por la autoridad virreinal. A partir de ahí iniciaría una guerra de independencia que culminaría con la firma del «Tratado de Córdoba» el 24 de agosto de 1821 y la entrada del «Ejército Trigarante» a la Ciudad de México el 27 de septiembre de 1821, evento con el cual se consumó en forma oficial la independencia de México con respecto a España. Lo cual quiere decir que, en verdad, México está celebrando el 189 aniversario de la Independencia, igual que Guatemala.

Por esta razón, el notable periodista Joaquín López Dóriga, estrella de los noticiarios de Televisa, siempre que se refiere al Bicentenario de la Independencia, recalca que se cumplen 200 del inicio de la lucha por la Independencia, lo cual fue en 1810, pero la Independencia propiamente no se obtuvo sino cuando terminó la guerra, en 1821, once años más tarde. En contraste con lo que, inexplicablemente, declaró la noche del 15 el señor embajador de México, Eduardo Ibarrola, en el programa “Sucesos”, del canal de televisión Antigua, de que “México está celebrando que ha vivido 200 años de total libertad”, lo cual él sabe muy bien que no es verdad, y si no lo sabe debería saberlo. Porque ya tiene suficientes años y es un hombre inteligente y culto, conocedor de la Historia de su país y sería censurable que lo hubiese dicho con el deliverado propósito de mentir para engañar a los guatemaltecos. No tendría justificación alguna. Además, cuando se ha vivido tantos años, como él (aunque no tantos como yo) se sabe que no es prudente decir lo que no es verdad para no correr el riesgo de que alguien nos pueda corregir… o desmentir. Y debería recordar que también México ha pasado por períodos de dictaduras, como el fallido experimento imperial de Agustín de Iturbide,  las once veces que ocupó la Presidencia de México el general Antonio López de Santa Anna, la invasion de las tropas francesas del emperador Maximiliano de Austria, los muchos años consecutivos de dictadura del general Porfirio Díaz, la “Decena Trágica” provocada por el sanguinario y nefasto asesino de indígenas de todas las etnias que hay en el país y traidor por excelencia, general Victoriano Huerta, que hizo que sus sicarios asesinaran a balazos, en plena calle, al presidente Francisco I. Madero y al vicepresidente Pino Suárez; los numerosos y sucesivos períodos de confrontaciones armadas entre los diferentes caudillos que se sucedieron; el predominio politico del general Plutarco Elías Calles y la “Guerra de los Cristeros” en la que murieron muchos miles de cristianos y devotos de la Vírgen de Guadalupe; la dictadura política partidista de 71 años del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que mereció el calificativo de “dictadura perfecta”, como la llamó el famoso escritor peruano Mario Vargas Llosa; y el poder omnímodo, tan grande como el de un emperador que ejercieron tradicionalmente sus sucesivos gobernantes; etcetera. En mi opinion, un embajador tan inteligente y prudente debe tener cuidado de no decir lo que no es totalmente verídico.

Pero volviendo al tema histórico que realmente nos ocupa, la Campana de Dolores se encuentra en la alta cornisa del balcón presidencial de Palacio Nacional, junto al ediificio del gobierno de la Ciudad de México. Cada 15 de septiembre el presidente en turno la hace sonar en conmemoración del aniversario del inicio del proceso independentista mexicano, proclamando vivas a la Independencia inspiradas en el «Grito de Dolores» de Hidalgo y que varían de año en año, aunque con partes casi invariables, como el final de la alocución con un triple ¡Viva México!, y vivas a los “héroes que nos dieron patria” y otras por el estilo.
 Durante el siglo XIX el grito era conmemorado el el 16 de septiembre, pero el presidente Porfirio Díaz cambió la celebración para la víspera, para que coincidiera con su cumpleaños, precisamente el día 15 de septiembre.

Con la idea de Primo Verdad y Ramos, del Ayuntamiento de la Ciudad de México se inició la larga y sangrienta lucha por la Independencia, la cual duró 11 años, y concluyó el 27 de septiembre de 1821 con la entrada a la ciudad de México del Ejército Trigarante que encabezaron el general Agustín de Iturbide quien anteriormente había sido oficial del ejército realista, pero traicionó al Virrey que lo había nombrado para combatir a los guerrilleros en el sur del territorio, que encabezaba el general Vicente Guerrero y, en la retaguardia, marchaba el general Vicente Guerrero, con quien firmó el Plan de Iguala con el que se puso fin a las hostilidades y por medidas sumamente astutas se erigió en “Su Alteza Real Emperador Agustín I”. Pero su imperio fue demasiado fugaz.

General Agustín de Iturbide, primer Emperador de México

Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu nació el 27 de septiembre de 1783 en Valladolid, ciudad que corresponde a Morelia, capital del estado de Michoacán, en una familia acomodada. Y murió fusilado en una plaza pública de Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824, a la edad de 41 años. Era criollo, de buena presencia y de un valor e inteligencia poco comunes. Desde el año de 1809 estuvo en relaciones con los patriotas que luchaban por la Independencia; pero habiéndole negado el cura Hidalgo el grado de teniente general que él pedía, se pasó resueltamente al ejército español y fue el más sanguinario y encarnizado perseguidor de sus antigüos amigos, como sucede siempre en esos casos. Sus padres fueron José Joaquín de Iturbide y Arregui, oriundo de la villa de Pamplona, España, y María Josefa de Arámburu y Carrillo de Figueroa, originaria también de Valladolid, Michoacán. Ingresó en el Seminario Tridentino para estudiar gramática latina, pero abandonó los estudios cuando tenía quince años de edad, para trabajar en la administración de la hacienda de su padre. En 1797, se integró al servicio militar como alférez del regimiento provincial de Valladolid, el cual estaba bajo el mando del conde de Rul. El 27 de febrero de 1805, contrajo matrimonio con Ana María Josefa Huarte y Muñiz, hija de Isidro Huarte, también español peninsular, intendente provincial del distrito y a la vez nieta del marqués de Altamira. Josefa Huarte, con la dote recibida de cien mil pesos, compró la hacienda de Apeo en Maravatío.
 Durante la crisis política de 1808 en México, Iturbide simpatizó con el movimiento golpista encabezado por Gabriel de Yermo. En 1809, con el grado de teniente, fue partícipe en la represión de la Conjura de Valladolid, que encabezaron los conspiradores José Mariano Michelena y José María García Obeso. En octubre de 1810, durante la toma de Valladolid, hay una versión que dice que se se negó a colaborar en el alzamiento independentista de Miguel Hidalgo y Costilla, quien le había ofrecido el rango de teniente general, pero hay otra versión que dice que no se unió a Hidalgo porque éste no le concedió el grado que exigía. Ante el avance de los insurgentes, decidió huir a Ciudad de México. Tiempo después, participó en la batalla del Monte de las Cruces, bajo las órdenes de Torcuato Trujillo. Su actuación fue premiada por el virrey Francisco Xavier Venegas, quien lo nombró capitán de la compañía de Huichapan del batallón de Toluca. Su trayectoria se distinguió por sofocar varias insurrecciones de rebeldes que luchaban por la independencia de México. En 1811, fue destinado al sur del país para combatir a las guerrillas independentistas de Albino García Ramos, a quien capturó en 1812, y de Ramón López Rayón, a quien derrotó en el Puente de Salvatierra en 1813. Ese año recibió los despachos de coronel, y continuó combatiendo contra los independentistas como comandante general de la provincia de Guanajuato.
En 1815 derrotó a José María Morelos, pero fue vencido en Cóporo por Ignacio López Rayón. Sus logros le valieron el ascenso a coronel. El cura de Guanajuato, Antonio Labarrieta, lo acusó de haber destruido y monopolizado el comercio de la localidad, y de detener los convoyes acaparando la venta de lana, azúcar, aceite y cigarros, fingiendo expediciones del real servicio. Las denuncias acumuladas en su contra, sumadas a nuevas protestas de los comerciantes de Guanajuato, llevaron al virrey Félix María Calleja a destituirlo en 1816, acusado de malversación de fondos y abuso de autoridad. Aunque fue absuelto por mediación del auditor de guerra real, no regresó al mando de su ejército, sino que se retiró a sus propiedades en Michoacán. Al año siguiente, se estableció en Ciudad de México en donde estuvo inactivo por largo tiempo.
De acuerdo a lo registrado en el libro Historia de México del historiador Lucas Alamán, cuando Iturbide fue vencido en Cóporo se lamentó con el entonces capitán Vicente Filisola (originario de Italia que encabezó las tropas invasoras con la mira de anexar a Centroamérica al Imperio de Iturbide) por el derramamiento de sangre, expresando que la independencia se podría lograr con suma facilidad realizando un pacto entre los insurgentes y las tropas del rey, pero consideraba que era necesario “exterminar a los primeros”, por el gran desorden que los distinguía y después poner en planta un plan regular. Iturbide era un hombre inflexible y cruel. Cuando tuvo mando militar, sus crueldades fueron muchas. Prueba de esto fue un despacho que dirigió al virrey en 1814, en el que le comunicaba que “para celebrar dignamente el Viernes Santo” de aquel año, “había fusilado a trescientos excomulgados”, (como él llamaba a los insurgents que luchaban por la Independencia). Aunque con cierta desconfianza, por muchos motivos justificada, el virrey lo puso al frente de las fuerzas acantonadas entre México y Acapulco, concediéndole el grado de General en Jefe de las mismas.

El ex Emperador Agustín de Iturbide fue fusilado en la plaza pública de Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824, pocos días después de haber desembarcado en la playa de Soto la Marina tras desembarcar de la fragata Rawlins que lo trajo de Europa con su esposa, Ana María Huarte, y dos hijos menores. En diciembre de 1822, el General Antonio López de Santa Anna proclamó el “Plan de Veracruz”, provocando que los antiguos insurgentes de ideas republicanas e inconformes con el régimen imperial se levantaran en armas. En febrero de 1823, se firmó el “Plan de Casa Mata”, como resultado, los borbonistas y republicanos unieron sus fuerzas para apoyar el derrocamiento de Iturbide. El emperador decidió abdicar en marzo de 1823 y se exilió en Europa. Durante su ausencia, el Congreso mexicano lo declaró traidor a la patria y dio órdenes de capturarlo en caso de que volviese a pisar territorio mexicano. Sin conocer esta resolución, regresó a México a ofercer sus servicios, su sangre y su vida para combatir a la presunta invasión de la supuesta «Santa Alianza».

En diciembre de 1822, el General Antonio López de Santa Anna proclamó el “Plan de Veracruz”, provocando que los antiguos insurgentes de ideas republicanas e inconformes con el régimen imperial se levantaran en armas. En febrero de 1823, se firmó el “Plan de Casa Mata”, como resultado, los borbonistas y republicanos unieron sus fuerzas para apoyar el derrocamiento de Iturbide. El emperador decidió abdicar en marzo de 1823 y se exilió en Europa. Durante su ausencia, el Congreso mexicano lo declaró traidor a la patria, dando órdenes de capturarlo en caso de que volviese a pisar territorio mexicano. Iturbide, sin conocer esta resolución, regresó a México en julio de 1824. Al desembarcar en la playa del puerto Soto La Marina, Tamaulipas, fue arrestado y posteriormente ejecutado por un pelotón de fusilamiento en una plaza pública en la población denominada Padilla.

En 1838, sus restos mortales fueron trasladados a Ciudad de México e inhumados con honores en la Capilla de San Felipe de Jesús en la Catedral Metropolitana, donde se exhiben en una urna de cristal. Su nombre en asociación con la bandera nacional, fue conservado durante mucho tiempo en una estrofa de la letra original del Himno Nacional de México, la cual fue suprimida en 1943. Paradójicamente, el sable que utilizó Iturbide durante el desfile de entrada del “Ejército Trigarante” a la Ciudad de México, fue colocado en el salón del Congreso junto con los nombres escritos en letras de oro de los insurgentes a quienes había combatido. Cuando tuvo mando militar, sus crueldades fueron muchas. Prueba de esto fue un despacho que dirigió al virrey en 1814, en el que le comunicaba que “para celebrar dignamente el Viernes Santo” de aquel año, “había fusilado a trescientos excomulgados”, (como él llamaba a los insurgents que luchaban por la Independencia). Aunque con cierta desconfianza, por muchos motivos justificada, el virrey lo puso al frente de las fuerzas acantonadas entre México y Acapulco, concediéndole el grado de General en Jefe de las mismas.

Vicente Guerrero mantenía el fuego de la Guerra de Independencia con una guerra de guerrillas en las montañas del sur de la Sierra Madre y sus partidas, que alarmaban constantemente á las autoridades españolas, eran perseguidas por el general Armijo a quien sustituyó Iturbide. El nuevo Jefe de las fuerzas españolas, cuyos antecedentes conocemos, alimentaba en su pecho una vasta ambición, que se proponía satisfacer por cualquier medio. Ya dueño del ejército, su primer paso fue insistir en entenderse con Guerrero, el indomable jefe de los insurgentes, a quien le dirigió varias cartas que no obtuvieron respuesta y finalmente lo visitó y sostuvo una conferencia en una aldea inmediata a México, en uno de los días del mes de enero de 1821.Entendidos ya con los revolucionarios, Iturbide escribió al virrey, participándole su determinación de proclamar la independencia de Nueva España.

Los amigos de España habían elegido como virrey a Juan O’Donojú; pero éste se vio obligado a encerrarse en el Castillo de San Juan de Ulúa para protegerse, en donde entró en arreglos con Iturbide y firmaron los “Tratados de Córdoba”. En ellos se estipuló que el gobierno español aceptaría el “Plan de Iguala”, y que en México entraría á gobernar una Junta de 36 personas que debía reemplazar el Poder Legislativo, hasta la convocación de un Congreso. Como poder Ejecutivo, se nombraría provisionalmente una Regencia, mientras se recibía de España una respuesta acerca de la Corona que había sido ofrecida al rey o a alguno de los infantes; permaneciendo en vigor la Constitución española de 1812.

Iturbide era excesivamente astuto y para no corer ningún riesgo nombró a las 36 personas que debían componer la Junta entre sus amigos fieles y se colocó él mismo como Presidente, a la cabeza de la Regencia; uniendo a este poder las funciones de Generalísimo de Mar y Tierra y ostentando más lujo que un virrey en momentos en que la miseria pública llegaba al extremo. En febrero de 1822 se reunieron las Cortes mexicanas, la gran mayoria del Congreso era monárquica y enemiga de Iturbide, y cuando éste quiso leer su mensaje, a la derecha del Presidente, lo obligó a pasar a la izquierda y lo humilló públicamente. Iturbide se había asignado a sí mismo la cantidad de 20 mil pesos de sueldo anual y asignó ocho mil pesos a cada uno de los ministros. Exigió un contignete del ejército y exigió preferencias. Sin embargo, el Congreso trató de reducir el ejército y por ésta causa rompió con Iturbide. Los ánimos se agriaban más y más cada dia, y habiéndose recibido la noticia de que el gobierno español negaba su aprobación a los “Tratados de Córdoba” que había suscrito con el virrey O’Donojú, Iturbide dio un golpe de Estado y el 21 de mayo de 1822 se hizo proclamar por el mismo Congreso constitucional Emperador, tomando el nombre de Agustin I. Los que conocieron al novedoso Emperador de México, decían que se asemejaba en su ambición a los generales José de San Martin y Simón Bolivar, por lo reservado y en el lenguaje equívoco y arte de disimular del que se valía para todos sus asuntos. Con Bolivar tenía en común las maneras seductoras y hasta la costumbre poco franca de fijar la vista en el suelo durante una conversación; pero sin el talento y sin la ilustración de El Libertador sudamericano, fue menos modesto en el fin que se propuso y menos escrupuloso en la elección de los medios. Iturbide fue también un soldado experto y afortunado y de una constitución tan robusta que lo hacía capaz de resistir las mayores fatigas. El emperador obligó al Congreso a decretar la sucesión hereditaria de la corona a quien nombrase Principe de la Unión, a su padre, y ordenó que se le diese a éste, lo mismo que a él, el tratamiento de Alteza Imperial. El clero apoyaba el poder y el fausto del novedoso “monarca” mexicano que había instituído como “única religion” al catolicismo, pero en todo el país había muchísimo descontento. Hasta que por fin, los pueblos ya cansados de tanta farsa de monarquía, que costaba muchos millones de pesos al exausto Tesoro Nacional, proclamaron la República, uniéndose al general López de Santana que había levantado la bandera de insurrección en Veracruz. Iturbude disponía del ejército, y envió tropas a combatir al general Antonio López de Santa Anna, pero los jefes se pusieron de acuerdo con éste y el 1 de febrero de 1823 firmaron el “Convenio de Casa Mata”, por el cual se proclamó el restablecimiento del Congreso, aparentando, no obstante, dejar a salvo la persona del emperador, a quien enviaron copia de todo. El valor y la energía parecieron abandonar a Iturbide en ese lance tan supremo. Dejó pasar el tiempo sin moverse ni tomar providencias eficaces. Cuando se creyó perdido, convocó extraordinariamente el mismo Congreso que él había disuelto antes, lo abrió personalmente el 7 de marzo, y el 19 presentó su abdicación de la Corona, confesando humildemente que al subir al trono había perdido el afecto que se había grangeado cuando liberó al pueblo del yugo de los españoles. El Congreso, a pesar de que ya no tenía nada que temer, rechazó la abdicación porque de haberla aceptado implicaba el reconocimiento del derecho al trono, y declaró nula y sin ningún valor la elección de Iturbide. Iturbide abandonó México y se marchó a Europa.

Pero cuando se encontraba en Inglaterra se enteró de una supuesta “Santa Alianza” de España con la que se proyectaba una expedición para tratar de recuperar México, y escribio a los Congresistas el 13 de febrero de 1824, ofreciendose para defender al país de los invasores. El Congreso resolvió no responderle ni una palabra y, lleno de saña contra él, declaró el 28 de abril que quedaría fuera de ley y podría ser arrestado y ejecutado en el acto si volvía a pisar el territorio de Nueva España. Entretanto, Iturbide, ignorando por completo lo que estaba pasando, viajó en un bergantín inglés y desembarcó en la playa del puerto de Soto de la Marina, acompañado de su esposa y dos niños y un capellán. Una vez internado en elpaís, fue capturado y se le redujo a prisión hasta que el 19 de julio de 1824 fue fusilado en una plaza pública. Asi terminaron los dias del “libertador de México” que por su extrema vanidad se transformó en Emperador, y regresaba arrepentido de sus faltas a ofrendar su sangre y su vida en aras de la libertad de la patria.

General Guadalupe Victoria, primer Presidente de la República de México

Después de que el Iturbide “abdicó” de un imperio impreciso y se había marchado del país, el Congreso Constituyente se reunió y decidió adoptar un régimen republicano y eligió como primer Presidente de la República al General Guadalupe Victoria, Guadalupe Victoria, –cuyo nombre verdadero era José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix–, fue el primer presidente de México, del 10 de octubre de 1824 al 1 de abril de 1829. Nació en Villa de Tamazula, Durango, el 29 de septiembre de 1786 y murió en la fortaleza de San Carlos de Perote, (Veracruz) el 21 de marzo de 1843. Fue el primer presidente de México independiente.
Se cambió el nombre en honor de la Virgen de Guadalupe, cuya imagen abanderó el ejército insurgente en la ciudad de Oaxaca, al atravesar a nado el río Jalatlaco y tomar la plaza cuya iglesia estaba dedicada a dicha virgen. En la actualidad el río Jalatlaco está entubado y sobre él pasa la Calzada de la República. La iglesia de Guadalupe se encuentra ubicada en una de las esquinas del Paseo Juárez “El Llano” en la ciudad de Oaxaca.Al abdicar el emperador, el Imperio Constitucional contrató la fragata Rowlins para facilitar la salida del país de Iturbide. Luego se dió a la formación de la República Federal, Victoria fue elegido miembro del triunvirato de gobierno junto con Nicolás Bravo y Pedro Celestino Negrete, el cual funcionó del 31 de marzo de 1823 al 10 de octubre de 1824 aunque Victoria trabajó con ellos hasta julio de 1824, ya que estuvo al mando de las tropas veracruzanas que enfrentaban el bombardeo incesante de las tropas españolas atrincheradas en el Fuerte de San Juan de Ulúa. En esa oportunidad, negoció un armisticio para evacuar del puerto a los extranjeros. Fue diputado por Durango al Congreso Constituyente de 1824, que publicó la primera Constitución formal del México Independiente y que seguidamente lo nombró el 2 de octubre Primer Presidente Constitucional de México. Tomó posesión de la Presidencia el 10 de octubre de 1824, inicialmente con carácter de provisional hasta el 31 de marzo de 1825 y al día siguiente, 1 de abril inició el periodo constitucional de conformidad con la Carta Magna que feneció el 31 de marzo de 1829; con Nicolás Bravo como vicepresidente.
 Desde el inicio de su administración tuvo que enfrentar los graves problemas causados por la guerra de Independencia, que había dejado al país en la ruina y con un enorme ejército y una burocracia heredadas del régimen colonial. No obstante, sus obras inmediatas fueron: centralizar la hacienda pública, facilitar las actividades de la Sociedad Lancasteriana dedicada a la educación, estableció relaciones diplomáticas con Inglaterra, Estados Unidos de América, con Centroamérica y La Gran Colombia, a invitación de la cual envió un representante al Congreso Anfictiónico de Panamá (1826) y ordenó constituir la marina de guerra que le permitió su mayor logro: la total independencia de México, cuando el 18 de noviembre de 1825, el general Miguel Barragán tomó el último bastión español, la fortaleza de San Juan de Ulúa en Veracruz. Estados Unidos envió como representante diplomático a Joel Robert Poinsett, quien posteriormente jugó un importante papel en la política de México. En esa forma su gobierno volvió a decretar el fin de la esclavitud y luego delimitó la frontera con los Estados Unidos de América.
 A lo interior, sus acciones fueron eminentemente conciliadoras, intentó aplicar una política para atraer a los distintos bandos, para lo cual integró su primer gabinete con miembros prominentes de la diferentes facciones. No obstante, los conflictos que había desde los tiempos de Iturbide salieron a la superficie. Afrontó la contradicción de la intolerancia religiosa ante la libertad de expresión y prensa consagrada en la Constitución, a la que respetó escrupulosamente. Se mantenía en constante alerta ante las pugnas entre las logias, la Logia Escocesa (de la aristocracia) de 1813, y la Logia Yorquina (de extracción popular y liberal) de 1825, que pretendían influir en su gobierno, unos procuraban ventajas para las inversiones inglesas y por conservar el orden jerárquico heredado de la colonia; los otros, para las estadounidenses, y buscaban un régimen de oportunidades para todos; por otro lado estaban los hispanistas que promovieron la rebelión de Joaquín Arenas, la cual fue sofocada y despertó una oleada de indignación contra los españoles acaudalados que la habían patrocinado. El general Guadalupe Victoria pretendía expulsar a los españoles, pues corrían rumores de una posible invasión de reconquista española, y aun cuando trató de disuadirlo Lucas Alamán, quien hasta 1825 había sido su secretario de Relaciones Interiores y Exteriores, el embajador norteamericano, Poinsett lo incitó a decretar la expulsión de los peninsulares, acto realizado el 20 de diciembre de 1827, a lo que sucedió una intentona golpista por Manuel Montaño quien fue derrotado en Otumba.

En 1828, Manuel Gómez Pedraza intentó convertir la derrota electoral de la logia escocesa en una victoria de presiones, uso indebido del poder, amenazas y soborno, consiguiendo que algunas legislaturas locales lo nombraran presidente a lo que la logia yorquina respondió con el “Pronunciamiento de Perote” y la insurrección popular conocida como el “Motín de la Acordada” que obligó a Gómez Pedraza a renunciar a la Secretaría de Guerra y a sus aspiraciones presidenciales por lo que el Congreso nombró presidente al general Vicente Guerrero, a quien el general Guadalupe Victoria entregó el poder el 1 de abril de 1829, retirándose a la hacienda El Jobo en Veracruz.

En lo sucesivo, el general Guadalupe Victoria fue llamado ocasionalmente para misiones conciliatorias. Después de un largo padecimiento, murió de epilepsia el 21 de marzo de 1843 en la Fortaleza de San Carlos de Perote, Estado de Veracruz. El 25 de agosto del mismo año, el Congreso lo declaró “Benemérito de la Patria”. Su nombre está incrustado en letras doradas en el recinto de la hoy Cámara de Diputados, y ocupa un lugar preponderante en las páginas más gloriosas de la historia mexicana. Sus restos reposan en la Columna de la Independencia en la Ciudad de México.
Y como es natural, siendo su origen en una Villa sumergida en la abrupta Sierra Madre Occidental del Estado de Durango, nunca volvió a su pueblo de origen del que salió a lomo de bestia para cumplir su cita con la historia como hombre de su tiempo y convertirse en el Primer Presidente de los Estados Unidos Mexicanos. Aún la Villa que lo vio nacer, hoy Ciudad de Tamazula de Victoria, Durango, conserva la pequeña casa ubicada a la vera de dos ríos que, precisamente, se unen donde termina el límite de la que fuera propiedad de los progenitores a este personaje.

General Vicente Guerrero, segundo Presidente de la República

Vicente Ramón Guerrero Saldaña, nació en Tixtla, actual estado de Guerrero, el  9 de agosto de 1782 y murió en Cuilápam, Oaxaca, 14 de febrero de 1831. Fue un político y militar mexicano, militante de la insurgencia en la etapa de Resistencia de la guerra de Independencia de México. Ocupó la presidencia de México del 1 de abril al 17 de diciembre de 1829.Tras estallar la guerra de Independencia, en Técpan fue testigo del arribo de las tropas de José María Morelos e Isidoro Montes de Oca, siendo ahí mismo convencido de unirse al movimiento. Comenzó su carrera militar bajo las órdenes directas de Hermenegildo Galeana en el año de 1810. Con el grado de capitán, y el General José María Morelos lo comisionó para atacar la población de Taxco. Se distinguió en la batalla de Izúcar, el 23 de febrero de 1812, donde comandados por el General Mariano Matamoros derrotaron al General Brigadier Ciriaco del Llano. Continuó bajo las órdenes de Morelos y fue comisionado para combatir en el sur del estado de Puebla. Con la derrota sufrida en la Batalla de Puruarán, Morelos lo comisionó a combatir en los estados del sur de México, a donde se dirigió llevando consigo solamente a un asistente. A comienzos de 1816, con la muerte de Morelos, la mayoría de los jefes insurgentes se retiraron de la lucha y ésta declinó. A pesar de ello, Guerrero continuó su lucha en los estados del sur de México en el periodo llamado de Resistencia. Fue derrotado en la Batalla de Cañada de Los Naranjos, aunque luego venció a Zavala y Reguera en Azoyú. El 30 de septiembre de 1818 logró la victoria en la Batalla de Cerro de Barrabás ante las fuerzas realistas que eran comandadas por José Gabriel de Armijo y el 5 de diciembre de 1819 logró escapar de las fuerzas realistas después de ser derrotado en la Batalla de Agua Zarca. Estando la lucha insurgente en decadencia, Juan Ruiz de Apodaca decide ofrecer el indulto para aquellos que dejaran la lucha, siendo muchos los jefes independentistas que comenzaron a rendirse.
Su padre, Pedro Guerrero, que a pesar de la militancia de su hijo en la rebelión se había vuelto partidario del realismo español, fue enviado por el Virrey Apodaca para intentar convencerlo de que depusiera las armas y aceptara el indulto. Nada hizo cambiar las ideas del general insurgente, ni siquiera los ruegos de su padre, de rodillas y con lágrimas en los ojos, a los que Guerrero repuso: “Señores, éste es mi padre, ha venido a ofrecerme el perdón de los españoles y un trabajo como General español. Yo siempre lo he respetado, pero la patria es primero”. Con esta frase de exacerbado patriotismo ha pasado a la Historia de México. A pesarde contar con muy pocas tropas, Guerrero continuó manteniendo su foco de insurrección junto a Pedro Ascencio en la zona montañosa del estado que hoy lleva su nombre, Guerrero. Después de haber sido atacado por el ejército realista al mando de Agustín de Iturbide, que en varios encuentros no pudo derrotarlo,[cita requerida] Iturbide le propuso declarar conjuntamente la separación de España. Guerrero acepta y su acuerdo se sella con el llamado abrazo de Acatempan el 10 de febrero de 1821. Para el 24 de febrero se promulga el “Plan de Iguala” con el cual se unen los ejércitos insurgente y realista. formando así el ejército de las tres garantías o “Ejército Trigarante”. Finalmente, el 27 de septiembre de 1821, el Ejército Trigarante entra a la Ciudad de México desde diferentes rumbos, formando una columna al frente de la cual iba Agustín de Iturbide, terminando así la guerra de Independencia de México.

A estos generales les siguieron en la Presidencia de la República los siguientes: en 1829, José María Bocanegra; en 1829 Pedro Vélez;  de 1830 a 1832, Anastasio Bustamante; en 1832 Melchor Múzquiz; de 1832 a 1833, Manuel Gómez Pedraza; en 1833, Valentín Gómez Farías; de 1833a 1835, Antonio López de Santa Anna, en su primer período. Y aquí me quedo porque logró ocupar la Presidencia de México 11 (once) veces, aunque por períodos sumamente cortos porque era torpe e insoportable: 1) del 18 al 3 de junio de 1833; 2) del 18 de junio al 5 de julio 1833; 3) del 24 de abril de 1834 al 27 enero de 1835; 4) del 20 marzo al 10 de julio de 1839; 5) del 10 de octubre de 1841 al 26 de octubre de 1842; 6) del 4 marzo de 1843 al 4 de octubre de 1843; 7) del 4 de junio al 12 septiembre de 1844;  del 21 de marzo al 2 de abril de 1847; 9) del 20 mayo al 15 de septiembre de 1847; 10) del 20 de abril de 1853 al 9 de agosto de 1855; 11) del 20 de abril de 1853 al 9 de agosto de 1855. ¡Por poco completa la docena! ¿Habrá algún otro país en el mundo que soporte algo parecido? ¡No lo creo!

General Antonio López de Santa Anna, once veces en la Presidencia de la República

Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón fue hijo del notario Antonio López de Santa Anna y de Manuela Pérez de Lebrón. Nació en Xalapa, Veracruz. Ambos padres deseaban para él un porvenir tranquilo y acomodado, como correspondía a un joven de ascendencia española. Sin embargo, por su carácter aventurero y sus incontrolables deseos de sobresalir, a los dieciséis años de edad consiguió ingresar al Ejército Real de la Nueva España , el 6 de julio de 1810, como simple cadete, en el Regimiento de Infantería fijo de Veracruz. En 1811 su regimiento fue convocado para sofocar el movimiento insurgente iniciado un año antes por el cura Hidalgo, pero debido a la derrota de Hidalgo en la Batalla de Puente de Calderón, fue enviado hacia el norte. Las primeras experiencias militares de Santa Anna se desarrollaron en la provincia de Nuevo Santander y la de Texas combatiendo al ejército bajo el mando del coronel José Joaquín de Arredondo.

El 27 de septiembre de 1821, el “Ejército Trigarante” entró triunfante a la ciudad de México en diferentes rumbos, formando una columna al frente de la cual iba el General Agustín de Iturbide. El “Ejército Trigarante”, a partir de su creación el 24 de febrero de 1821, siguió combatiendo contra las tropas realistas (españolas) que se rehusaban a aceptar la Independencia de México. Estas batallas continuaron hasta agosto de 1821 cuando Iturbide, junto con el virrey Juan O’Donojú firmaron los “Tratados de Córdoba”.
 Las tropas del ejército que desfilaron, estuvieron conformadas por 16,134 hombres, de los cuales, 7,416 eran de infantería, 7,955 eran de caballería y 763 de artillería; con 68 cañones de diferentes calibres.

La carrera política de López de Santa Anna empezó en 1821, fecha en el que el “Plan de Iguala” de Iturbide consagró la independencia de la Nueva España, y su instructor fue don Joaquín de Arredondo. Iniciaría entonces una larga serie de imprevisibles adhesiones ideológicas. Enviado por el gobierno colonial a dar auxilio a la ciudad de Orizaba, que estaba sitiada por los rebeldes, los derrotó y fue condecorado por el virrey y ascendido a teniente coronel. Asimismo, fue nombrado comandante del puerto de Veracruz y horas después se levantó en armas contra el gobierno realista, uniéndose a los insurgentes gracias a la persuasión de José Joaquín de Herrera, y aunque fue derrotado en esa plaza, pero se hizo fuerte en Córdoba.
Bajo su mandato en Veracruz, logró retirar a los españoles hasta el fuerte de San Juan de Ulúa, último reducto de éstos.
Como muchos otros militares, se unió a Iturbide, sólo como una estrategia política, para obtener apoyos personales. Iturbide propuso formar un congreso con una cámara única con la representación proporcional a la importancia de clases y con elección directa, dando así predominio a los grupos privilegiados. Santa Anna y los insurgentes estaban de acuerdo con la independencia, pero no aceptaba que la dirigiera la clase alta, pues según él no eliminarían los privilegios de los peninsulares que aún quedaban en México. La Suprema Junta Provisional Gubernativa pidió una sola cámara sin separación de clases ni representación proporcional y por medio de elección indirecta, de esta manera se conformó por abogados, clero bajo y medio.
La transformacion de Nueva España a México no iba a ser fácil. España desconoció hasta 1836 la independencia de su colonia y esto hizo que aumentara el fervor de libertad en las principales ciudades. Luego de firmar Iturbide los Tratados de Córdoba, en los que México se declaró independiente, empezó la polarización de políticos y militares mexicanos. Había en el recién nombrado congreso constituyente representantes monárquicos o borbonistas, republicanos e iturbidistas.
Iturbide se coronó emperador gracias a un tumulto compuesto por el ejército y la plebe, que el 18 de mayo de 1822 pidió la corona para Agustín I, y de esa forma presionó al Congreso para instituir el Imperio como una nueva forma del Estado. La oposición republicana no tardó en exacerbarse, en Michoacán se descubrió un complot para formar la República y, en consecuencia, se detuvo a quince diputados, entre ellos a Servando Teresa de Mier y a Carlos María de Bustamante.
Iturbide disolvió el Congreso el 31 de octubre, por considerar que su ideología liberal y repúblicana era utópica; en su lugar, designó a cuarenta y cinco diputados partidarios suyos. Los antiguos insurgentes Nicolás Bravo, Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria se sintieron traicionados, Santa Anna reapareció en la vida pública, emitió el Plan de Veracruz y poco tiempo después el “Convenio de Casa Mata”, declarando ilegal la elección del emperador y pronunciándose a favor de los republicanos. Los reaistas también se unieron al levantamiento. El general Echevarri, quien fue designado para combatir la rebelión a Jalapa, también decidió unirse en contra del imperio. Iturbide sólo fue apoyado por el clero, y decidió abdicar.
Desterrado Iturbide, en 1823 y restaurado el Congreso, comienzan las pugnas entre centralistas y federalistas, a los que se unió de inmediato. En esta ocasión fracasó un levantamiento que surgió en San Luis Potosí. López de Santa Anna, como su principal comandante, es enviado a la ciudad de México para ser juzgado; por influencias que tenía en la Corte, fue absuelto.

Durante los primeros años del México independiente, los acontecimientos ayudaron a López de Santa Anna en su imparable ascenso y su firme empeño por mantenerse en el poder. Los levantamientos de 1827 le dieron la posibilidad de ponerse del lado del gobierno de forma sorprendente, puesto que la participación de su hermano Manuel en el lado rebelde, hacía suponer que López de Santa Anna se retiraría de su hacienda en Veracruz para apoyarlo. La suerte de los dos hermanos fue muy distinta a raíz de este acontecimiento: mientras Manuel era desterrado, Antonio obtenía el gobierno de Veracruz.
 Poco más tarde se le brindó una nueva oportunidad. La convocatoria a las elecciones de 1828 nacía con la controversia entre las posturas representadas por Manuel Gómez Pedraza y Vicente Guerrero. Los partidarios del primero se oponían a hacer efectiva la expulsión de los españoles restantes en el país. Apenas once días después de que Gómez Pedraza ganara las elecciones, Santa Anna se rebeló, exigiendo la sustitución del presidente electo por el general Vicente Guerrero , inaugurando con esto el inicio de las interminables guerras civiles en el país naciente.
La variedad de recursos con los que contaba López de Santa Anna para financiar su levantamiento fue amplia. Se cuenta que, necesitado de dinero, se apoderó del convento de San Francisco de Oaxaca, disfrazó a sus soldados de frailes y convocó a misa. Una vez en la iglesia, mandó cerrar las puertas y, por medio del secuestro, exigió a los ricos presentes un rescate, con lo que consiguió los fondos suficientes.
Nombrado presidente Guerrero, López de Santa Anna tomó las riendas del ejército nacional.
En 1829, una expedición española desembarcada en Tampico, comandada por el brigadier Isidro Barradas que tenía por objetivo la reconquista de México, fue derrotada por Santa Anna, que desde entonces se hizo llamar “El Héroe de Tampico.
Al ser derrocado por Anastasio Bustamante el gobierno de Vicente Guerrero, López de Santa Anna hizo un pacto con Gómez Pedraza, el presidente que había derrocado años atrás, para que éste alcanzara la presidencia de 1830 a 1833 mediante nuevos levantamientos. En 1833, López de Santa Anna llegó por fin la presidencia que tanto ambicionaba.

A su regreso a Veracruz, cuando fue liberado en los Estados Unidos (después de haber pasado un tiempo prisionero en el sótano de un edificio militar hasta que aceptó ceder a la Unión Americana una buena parte del territorio de su país), el general López de Santa Anna fue destituido como presidente de México. Cuando los ciudadanos franceses exigieron al gobierno mexicano una indemnización por los daños causados por las tropas de López de Santa Anna años atrás en sus negocios, no hubo respuesta por parte del gobierno mexicano, así que en 1838 mandaron una expedición que bloqueó a Veracruz y ocupó la plaza hasta que el daño fuera pagado.
López de Santa Anna tomó de nuevo las riendas del ejército y se dirigió a Veracruz, donde hizo retroceder a los invasores hasta el muelle, pero en ese momento los barcos franceses abrieron fuego de artillería contra los mexicanos, y López de Santa Anna perdió una pierna y, por su enorme megalomania, celebró una ceremonia funeraria y entierro oficial en el cual él mismo iba a la cabeza montado en un brioso corcel. La gente se conmovió ante el sacrificio de López de Santa Anna y lo aclamó como “Héroe de la Patria”.

Esto le dio una gran publicidad, lo que le permitió ocupar la presidencia de nuevo en 1839, 1841 y 1844, anunciando ya el estilo totalitario que distinguiría su último periodo. Pero al ocupar la presidencia de nuevo, López de Santa Anna sufrió otro revés al suscitarse la cuestión texana. Cuando en 1843 Estados Unidos planteó la incorporación de Texas a su territorio, López de Santa Anna intentó zafarse de la escena política para no sufrir más descalificaciones de la opinión pública. Puso de pretexto la muerte de su primera esposa, Inés García, para retirarse de la presidencia mientras pasaba el furor popular por la anexión de Texas a los Estados Unidos. Pero volvió a casarse al cumplirse cuarenta días de duelo por su mujer, escándalo que contribuyó a aumentar su descrédito en un momento en que se le recordaba su anterior episodio en Texas y se le exigían responsabilidades. El retiro de la escena política en ese momento lo pagó con un largo exilio en La Habana (Cuba).

Durante la ausencia de López de Santa Anna, la situación interna de México estaba repartida entre constantes hostilidades y el caos político. Los Estados Unidos aprovecharon la situación para enviar sus tropas al río Bravo. Aunque el límite de Texas en ese entonces era el río Nueces, unos kilómetros más al norte, este movimiento ofensivo de parte de los Estados Unidos presionó y orilló al gobierno mexicano a defender la soberanía del territorio nacional, y dio inicio la guerra entre los dos países. López de Santa Anna fue llamado de nuevo a dirigir los esfuerzos nacionales, pero aunque logró reunir y organizar un ejército sorprendente, fue derrotado en San Antonio por su falta de sensatez en todos los enfrentamientos contra los texanos comandados por el general Sam Houston. Casi logró una victoria en la batalla de la Angostura, pero se retiró inexplicablemente a un paso de derrotar al general estadounidense de apellido Taylor. Después, en su natal estado de Veracruz, fue derrotado de nuevo en la batalla de Cerro Gordo. Después de evacuar la capital del país, se exilió de nuevo; esta vez en Colombia. Mediante la imposición de los Estados Unidos del “Tratado de Guadalupe Hidalgo”, México perdió a favor los estados de California, Nuevo México, Arizona, Nevada y Colorado, que se comprometió a pagar a México una indemnización de 15 millones de dólares. Tras esta derrota, López de Santa Anna abandonó el país después de renunciar a la presidencia que había ocupado durante la guerra. El hambre, el descontento y las pugnas políticas hicieron caer en crisis al país. Los conservadores fueron imponiéndose en la mayor parte de los estados y reclamaron de nuevo el regreso de López de Santa Anna porque era el único que había demostrado, al menos, tener la suficiente fuerza para gobernar un país tan ingobernable y que en ese momento en algunas partes estaba sumido en el caos. Así, en 1853 López de Santa Anna de nuevo fue nombrado presidente. Carente de prejuicios e inmune a las críticas de sus adversarios, instituyó una medida para obtener dinero: vendió a Estados Unidos un trozo de territorio denominado La Mesilla.
Hizo volver a los jesuitas expulsados por los españoles en la colonia, reinstauró la Orden de Guadalupe y se hizo llamar “Alteza Serenísima”, a la vez que decretaba una ley para nombrarse dictador vitalicio.
En su empeño por legislar arbitrariamente, ningún asunto político escapó de sus designios: cobraba impuestos por tener perros de compañía y por tener ventanas en las casas, dictaminó el color de uniforme de los empleados públicos, construyó innumerables monumentos autodedicados por todo el país y concentró todo el poder en su persona.

Paulatinamente creció el descontento popular y comenzaron a fraguarse los planes de rebelión. Era 1855 y el “Plan de Ayutla” de Juan N. Álvarez había dado resultado por todo el país. López de Santa Anna se vio obligado a renunciar y a tomar de nuevo camino a Colombia. Acostumbrado a los vaivenes políticos, el general se dio cuenta que esta vez su regreso le iba a ser imposible. En los acontecimientos que siguieron, se dejó oír varias veces su voz desde el exilio, publicó diversos artículos que llegaron a México convocando a una rebelión contra los liberales, la cual nunca sucedió.

Después estuvo a punto de formar parte de la Corte del Emperador Maximiliano de Austria, cuando ofreció su apoyo al ejército francés que se estaba preparando desde Europa; pero el joven archiduque no lo admitió para participar en el Segundo Imperio Mexicano. Su última vivienda en la ciudad de México se ubicó en el número 14 de la calle de Vergara, hoy calle Bolívar. López de Santa Anna falleció la noche del jueves 21 de junio de 1876 y fue inhumado sin ningún ritual en el viejo panteón del Tepeyac, de la Villa de Guadalupe-Hidalgo.

Aquí dejo los datos sobre la heróica lucha armada por la Independencia que tuvo lugar de 1810 a 1821 y de los primeros pasos de la República de México independiente. Espero que con ellos habré despertado su interés por esos episodios históricos en ese querido país vecino y hermano que tradicionalmente ha acogido hospitalariamente a los perseguidos políticos de todos los países. Incluyendo Guatemala, desde luego, porque hubo una época en la que muchos guatemaltecos nos asilamos allí. Me consta, como les consta a numerosos compatriotas y a personas de muchos otros países, porque fui asilado político en los años 1954, 1955 y 1956 cuando se produjo la intervención de la United Fruit Company (UFCo) y la Central Intelligence Agency (CIA) del gobierno de los Estados Unidos de América para derrocar al Presidente Constitucional de la República, libremente electo, coronel Jacobo Árbenz Guzmán (qepd). Y de nuevo fui asilado político en México en los años 1963, 1964 y 1965 cuando el ministro de la Defensa de Guatemala, coronel Enrique Peralta Azurdia, encabezó un vulgar cuartelazo militar contra mi querido y recordado amigo el Presidente de la República legalmente constituído, General e ingeniero Miguel Ydígoras Fuentes (qepd). ¿Cómo no voy a reconocer con inmensa gratitud a ese gran país la generosa hospitalidad que me brindó? ¡Y quién me iba a decir que después de unos cuantos años iba a regresar a ese mismo México “lindo y querido” en el que tengo tantos queridos amigos como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de mi amada patria! Además, como si fuese la guinda en el pastel, allá nació Jorge, mi hijo primogénito. Por esas razones y muchas otras que sería demasiado largo mencionar, repito con sincera emoción los reiterados vivas del presidente Calderón: ¡Viva México! ¡Viva México! ¡Viva México!